A votar que chocan los planetas

Cristina Kirchner junto a Tolosa Paz y el presidente Alberto Fernández
Cristina Kirchner junto a Tolosa Paz y el presidente Alberto Fernández

Las elecciones, tan anheladas y tan temidas de los dos lados del muro, ofrecen al observador curtido -desde su ventana de pensar un rato- estímulos entretenidos. Las campañas, en una paleta que brinda mucho para el tipo en el sillón con un destello del río distante. Algo de circo -del deprimente- donde los payasos son todos el señor Hollywell (ver “It”, película o libro) oportunistas, señores y señoras con sus generalidades, reflejos condicionados para emocionar, buenos debates en ocasiones. Así suelen ser. No es que el observador curtido se queje. No se espanta, ni se queja, no va con su manera: ve.

El voto joven.

Se proponen objetivos difusos o muy generales, sobreactuaciones, latiguillos de agencia de propaganda política, que los hay muy audaces y capaces de dar vuelta la tortilla y la verdad problemática para convertirla en virtud de marketing: “Dicen que soy aburrido”, recuerdan. Y cuestiones de territorio, feudos, en fin, nada que asombrarse. Pero sí hay datos alarmantes: pandemia, pobreza y miseria, violencia en la calle, educación en crisis y en quiebra, al punto en que argentinos llegan a la universidad con dificultades para leer un texto y entenderlo, pasan a buena altura, como drones.

Se ve que ha de ser mejor poner frases cortas y sonoras o caras. Ha pasado el tiempo en que los partidos políticos proponían sus programas en caso de llegar al gobierno. No serían leídas, de cualquier manera, piensa el pensador curtido. Son esas cosas que no se leen, como los libros demasiado gordos para un esternón común, las encíclicas en detalle o los prospectos de medicamentos (con excepción de los lectores de baño sin otra cosa a mano). Entonces se registran los viajes de campaña y se agudizan estrategias sectorizadas. En ese orden, no faltaron incidentes de interés.

Al podio fue Victoria Tolosa Paz, a la cabeza del Frente de Todos en la provincia de Buenos Aires. Vino en su auxilio -enérgica, dirigente, mona, echada para adelante, sin timidez, huésped de los programas políticos- pasar de evocar el recuerdo deshilachado de un vago personaje urdido por Alberto Migré para una telenovela, a difundir mejor su figura y nombre a la caza jadeante del “voto joven”.

Un mundo de 7 millones de votantes potenciales que ya pueden poner la urna desde los 16 en adelante. Pasó por el universo web, para probar, donde conversó con unos personas para nada sospechosas de meritócratas y pronunció su parrafada. Acicateada por los interlocutores entre la bufonería y el bochorno, se enganchó a un decreto no escrito que indica ser feliz de ahora en adelante. Al suponer, ya en situación, exaltó el baile -baile permanente como señal de juventud- y libertad sexual tipo canilla libre. Allí, firmó desde la historia la frase que le infló popularidad, identidad, espacio: “En el peronismo siempre se garchó”. Verán como hoy, supone el observador curtido, se hablará también de mil maneras.

“Sexo y peronismo” podría ser un ensayo o una revisión que en una de esas alguien se pondrá a indagar y escribir. El punto de partida está servido: Perón y el grupo que aupó al poder, oficiales, fundó un gran movimiento de masas con proximidad a la Iglesia entre quienes irrumpieron en ese momento clave de la Argentina. Se puso la materia religión en los colegios. Los alumnos no católicos podían ocupar su hora en la correspondiente a “Moral”. Así hasta la ruptura entre el líder popular y la jerarquía eclesiástica.

Por dar un salto, las formaciones que dieron o acompañaron a los tremendos años del setentismo peronista se organizaron de modo militar y se guardó especial cuidado en sancionar el adulterio, la diversidad sexual -la homosexualidad, con mayor claridad- entre quienes las integraron. De manera que, Victoria, asegurar ese aspecto en materia tan decisiva de conducir al país, no fue nada que la frase tan traída y llevada pueda sostener como de ejercicio exclusivo. Que para eso sirve estudiar a veces algunas cosas. Las relaciones sexuales no eran como las actuales. En el inicio y bastante después, alguna forma de aproximación ardiente era escenario para las clases medias en luchas largas de palier o del auto, y los trabajadores hacían lo que podían contra las paredes o en las plazas.

Justo todo lo contrario es dar en la tecla, reclamar para sí la vastedad y variedad peronista como forma de atraer al llamado voto joven, porque hace rato que adolescentes y en camino de lo que sucede no tienen que seducir a nadie con el baile interminable y la tierra prometida de garchar, verbo que en cada caso no puede evitarse como una vulgaridad incómoda. No da en la tecla porque en tal asunto los jóvenes no tienen el menor problema. Ya tienen, Victoria, con gran facilidad. No hay nada que sorprender y seducir porque los jóvenes tan buscados tienen sexo para hacer dulce. Tanto, que no es preeminente ni un objetivo central y puede incluirse algún desgano al respecto. Si ganara Victoria -tiene probabilidad en terreno muy abonado, aunque nunca se sabe- no será por el voto garcha.

El sexo, el deseo, crece con la prohibición, con las religiones, con la censura. Lo vedado sube la temperatura. Hay mucho por ver y leer en ese tema. Al azar, ahí tenemos “La edad de la inocencia”, novela de Edith Wharton escrita en los veinte y filmada por Scorsese en el 69, con Michelle Pfeiffer, Daniel Day-Lewis y Winona Ryder, cuyo centro es el amor sexual y comprimido por una sociedad que proscribe concretarla sin normas y reglas establecidas. No es lo que pasa ahora.

Fuera del tarro, pues, tentar a la sortija del sexo -perdón, de la garcha– con un fruto pasado, anticuado para tantos jóvenes que sí se sienten desorientados, con poco trabajo, mucha delincuencia, dificultad para ver bien en la niebla. No alcanza con posar que se está al tanto y que se conoce bien a L-Gante, o cómo funcionan la risa y el hambre para tomarse dos kilos de Freddo sin parar con la pareja después de un puchito, con polvete erizado y barroco de lo más recreativo. Hay algo más. Si algo aborrece la juventud -lo fue siempre- es ser cortejada y manipulada. Por eso se pertrechen en jergas propias que cierran el paso, sin ir demasiado lejos. Es un careteo estúpido y una pérdida de tiempo. Como en los libros de Agatha Chistie, aquella vieja sagrada, alguien ha cometido un error.

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Fuente: InfoBae

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