La dibujó antes de conocerla: Jairo y Teresa Sáinz, 50 años de un amor incondicional hasta el final

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Jairo y Teresa Sáinz. La primera caminata juntos nevaba. Medio siglo después, él le tomó la mano hasta el último momento

Antes de conocerla, la dibujó mil veces. ¿O acaso era la cara de uno de los hijos que vendrían la que no podía parar de garabatear en esas primeras tardes madrileñas? Cuando sus amigas se reencontraron con Teresa Sáinz de los Terreros en la fiesta de ex alumnas del colegio, lo notaron de inmediato: los ojos grandes y azules, la mirada inquieta, las manos en los bolsillos, despreocupadas. “Se parece mucho a tu dibujo”, le dijeron después a Mario Rubén González, que para entonces acababa de lanzar su primer disco y pasaría a ser conocido, a ambos lados del Atlántico, como Jairo.

“Es un niño, no una niña”, dijo primero él a sus amigas sobre el protagonista de sus bocetos. Pero le dio curiosidad cuando supo que la habían invitado, para que se vieran, a la fiesta que iban a organizar en su casa el 25 de diciembre, para Navidad.

Era 1970, Marito tenía 22 años, y había llegado de Córdoba a España de la mano de Luis Aguilé y con la potencia de una voz destinada a hacer historia, esa que hasta Mercedes Sosa consideró “la mejor de la Argentina”. Pero a Teresa, esa chica de familia aristocrática, con todo y abuela marquesa, la conquistó, antes que con sus canciones, con aquel dibujo. No es que ella no supiera quién era, no. Quince días antes lo había visto en la televisión, en su primera presentación internacional. Estaba sentada a la mesa con sus padres y hermanos, y el padre pidió silencio y subió el volumen: era realmente extraordinario.

Esa noche casi no hablaron. Las celestinas insistían: “Pero dile algo”. Y ellos, ni una palabra, nada. Como si necesitaran tiempo para estudiarse el uno a la otra. La verdad es que Teresa no sólo se parecía al dibujo de Jairo sino también a él, como si replicara en sus ojos azules el azabache infinito de los suyos. Finalmente, él se acercó a saludarla y le preguntó si podía acompañarla de vuelta hasta su casa. Tenía 20 años y, no lo sabía, pero iba a pasar con ese hombre hasta el último segundo de su vida, su casa, desde entonces, sería él.

jairo Teresa Sainz de los Terreros
Se casaron en Madrid el 9 de mayo de 1972

En Madrid nevaba. Ella le preguntó por qué hablaba tan poco, y él no supo qué contestar. La verdad era que ella era demasiado linda y él muy tímido. Pero juntó coraje. “En la puerta de la casa me animé y le dije: ‘Yo mañana tengo que ir a un programa de radio que transmiten en directo desde la plaza de Santa Ana, y me gustaría que me acompañes’”, recordó el artista el año pasado en una entrevista. Y aunque no estaba convencida, al final dijo que sí. Tal vez por aquello que había dicho el padre cuando lo vieron por televisión: “Déjenme escuchar a este chaval que canta muy bien”. Lo que siguió fue una historia de amor que duró medio siglo y fue más fuerte que el dolor y la enfermedad: “La pasé a buscar a las 10 de la mañana, fuimos al programa, después tomamos algo con los otros cantantes y, a partir de ese momento, nos vimos todos los días”.

Durante un año y medio fueron novios “sin ser novios”. Los Sáinz de los Terreros eran una familia “tradicional, monárquica”, y un cantante no era lo que esperaban como candidato de su hija. Sin embargo, estaban encantados con la amistad de Jairo y Teresa, y la madre insistió incluso para que el chico empezara a quedarse a comer con ellos porque le daba pena verlo tan flaquito. En esa casa, Jairo encontró también un nido, un lugar en donde sentirse protegido a kilómetros de la patria. No necesitaba formalidades, como en la canción que iba a dedicarle muchos años más tarde, estaba enamorado de la belleza y la fuerza de esa chica que se distinguía en todas partes por su personalidad. Así que fue el primero en sorprenderse cuando, en una comida familiar, ella dijo que iba a hacer un anuncio importante: “Jairo y yo nos vamos a casar”. Según él, fue el empujón que necesitaba: estaba feliz.

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El chico de Córdoba y la hija de una familia tradicional de España. Un amor incomprobable que fue más fuerte que la muerte (@jairo.cantante)

Pero con su carrera apenas comenzando, parecía una decisión audaz y apresurada. Escucharon todas las precauciones del caso. “¡Son muy jóvenes!” “¿De qué van a vivir?” Una cosa era segura: sabían que ya no podrían separarse. Y además, en ella Jairo había encontrado a su musa. Es difícil imaginar ahora qué hubiera sido de su recorrido artístico sin Teresa, pero en toda una vida compartida, Jairo siempre repitió que sin esa mujer que pronto se convertiría en la madre de sus hijos, jamás hubiera alcanzado el éxito: “Fue mi musa”.

Se casaron el 9 de mayo de 1972, en Madrid, y pronto llegaron los años más felices, “en Francia, con la crianza de los chicos”, según le contó el músico a María Julia Oliván en una reciente charla grabada para la segunda parte del ciclo Confesiones de Infobae, aún inédita. Iván nació en febrero de 1973 casi para terminar de descifrar algún mensaje del Universo: el niño de los ojos grandes que Jairo tanto había dibujado por fin estaba entre ellos. Le siguieron Yaco (45), Mario (43) y Lucía (36). “En esa época, yo salía de gira y volvía a los tres meses. Llamaba todos los días por teléfono, pero ella se ocupaba de todo sola, sobre todo de la formación de los chicos. Nunca me voy a cansar de repetir que todo lo bueno que tienen mis hijos en su vida, su mentalidad, su educación y su cabeza, se lo deben a ella”, dijo conmovido.

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Jairo, Teresa y sus cuatro hijos: Iván, Yaco, Mario y Lucía

En París vivieron en Saint Germain en Laye, y aunque Jairo volvió del exilio para cantar en el cierre de campaña de Alfonsín, en el 83, recién se instalaron definitivamente en la Argentina en 1994, en la casa de Vicente López en la que además de un estudio de grabación, tiene un atelier en el que dedica horas a la pasión que lo unió a la mujer de su vida: la pintura.

En esa casa se resignó al deterioro inexorable de esa “compañera extraordinaria” que lo vio crecer, cuando le diagnosticaron EPOC Gold 1, y ese cuadro respiratorio de base se complicó además con un cáncer de mama y uno de boca. “En la pareja nuestra, se suponía que yo era más débil. Porque ella es una persona muy fuerte, tiene un carácter muy fuerte, una personalidad importante. Es una mujer culta, fantástica. Hablar con ella es una maravilla. Ahora, hace largos meses que no puede hablar, no tiene sonido su voz”, le confió Jairo a Oliván en la entrevista de Infobae que pronto estará disponible.

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Enamorados en Londres. Durante 50 años, Jairo y Teresa fueron incondicionales

Hacía diez años que sobrellevaban la enfermedad con internación domiciliaria y se habían acostumbrado a ser cómplices incluso en las peores circunstancias: “Cuando no me entiende, le hablo igual y ella me escribe o se hace entender. Antes se ponía mal cuando no la entendía, ahora se muere de risa, como diciéndome: ‘Mirá que fácil lo que te estoy diciendo’”. Hasta el final, Jairo eligió “ni pensar” en cómo iba a ser su vida cuando ella no estuviera. Sentía que las formas habían cambiado: ya no podía entrar en la cocina que ella había diseñado y verla cocinar, ni sentarse a comer con ella, ni viajar, ni salir a caminar como al principio. Pero el amor estaba intacto: “Fue mi primera novia y mi primera y única mujer. Y no habrá otra. Nuestro amor es irrepetible”.

Eso que ya no podrían hacer, se lo cantó despacio, hace un mes, con el mismo caudal que la conmovió aquel mediodía en Madrid mucho antes de imaginar que iba a ser la voz que oiría en su despedida. Jairo editó Los enamorados en 2009 pensando en su relación “más pura y más perfecta”, y por eso le dio un aire francés, el de sus mejores momentos. “Los enamorados se miran de frente/ Caminan despacio, se besan de lado/ Se tocan el pelo, se cuentan los dedos/ Se besan las manos”. Era la noche del 28 de julio pasado y habían pasado cincuenta años, cuatro hijos y siete nietos desde la primera caminata bajo la nieve, cuando los grandes ojos azules que el artista dibujó antes de conocerla siquiera, se cerraron finalmente “tras años de lucha conmovedora y desigual”. Sin soltarle la mano, siguió tarareando: “No me dejes nunca, no me dejes solo, no me dejes…”

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Fuente: InfoBae

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