Se fue a Italia por 250 euros y una bicicleta, se convirtió en un basquetbolista multicampeón, fue modelo y encabeza un proyecto solidario en África

Bruno Cerella
Bruno, con algunos de los chicos con los que trabaja en África

“Cuando decidí irme a Italia tenía 18 años. Estaba pasando por un difícil momento personal, mis padres se habían separado y yo estaba perdiendo mi amor por el básquet… Salía mucho de noche con amigos y, de repente, se presentó la chance de irme a jugar a Italia, a un equipo de sexta división en Massafra, en el sur del país. En realidad, era más ir a vivir una experiencia de vida que otra cosa. Y la tomé, gracias al apoyo de mi familia y amigos. Pero, claro, ni en los mejores sueños pensé que me iba a ir como me fue hasta hoy…”. Bruno Cerella vuelve 17 años atrás para recordar cómo comenzó todo, aquel momento de quiebre en su vida. El escolta de 1m94, de a poco y casi sin proponérselo, se fue haciendo un lugar en la élite del básquet europeo y ahora, a los 35, goza del reconocimiento como obrero esencial de ocho títulos con dos equipos italianos distintos –cinco con el famoso Milano y tres con su actual club, el Reyer Venezia-.

Pero, claro, este bahiense ha trascendido por mucho más que su carrera en el básquet. Fue modelo de distintas marcas top, sobre todo Armani, y se convirtió en el líder de una movida solidaria que en la actualidad tiene presencia en cuatro continentes. En esta entrevista desandaremos la historia de este pibe que salió de un club de barrio en la Capital del Básquet –Pueyrredón, en Bahía Blanca- escaló desde la sexta división hasta ser convocado a la selección italiana y, en el camino, creó la fundación Slums Dunks (slums significa barrios marginales y el nombre es una distorsión del famoso término slam dunk) que motoriza un proyecto que usa al básquet como vehículo para mejorar la calidad de vida de las personas, promoviendo el deporte, la educación y la salud en algunas de las áreas más degradadas social y económicamente, especialmente de África. Hoy tiene academias en Zambia, Kenia, Camboya y acaba de estrenar una cancha en el norte de Milán, sin descuidar a su querido Pueyrredón, donde ayuda a la distancia con diversas acciones sociales.

“Realmente en este momento de mi vida, de plena madurez, siento un enorme orgullo y felicidad por el camino transitado, como deportista y persona. Nunca pensé que podría lograr tanto con el básquet, pero a la vez me siento pleno por lo que hemos podido conseguir con el deporte como herramienta. Realmente hay muchos deportistas que han ganado mucho, que han dejado una gran huella a nivel talento, títulos, números, pero yo estoy muy contento de haber realizado algo distinto, único diría… Porque, a los 22 años, cuando inicié este camino con Slums Dunk, son muy pocos los que están dispuestos a donar tiempo a un proyecto semejante, que nació de la nada y hoy tiene responsabilidades en cuatro continentes, con la misión de ayudar a la gente y hacer más cortas las distancias entre distintas culturas. Me siento muy feliz de tener algo en las manos que es precioso, un proyecto que ayuda a muchas personas, sin tener un solo sponsor, por ejemplo. Yo he sido la máquina que empuja todo, pero estoy lejos de estar solo. Hay miles de personas, muchas invisibles, que me han acompañado en este difícil pero hermoso camino. Hemos creado una comunidad y eso es tan lindo como haber podido transformar la vida de algunas personas en lugares con tantas carencias”, explica desde la concentración que realiza en plena pretemporada con Reyer Venezia, a la espera de lo que será su decimocuarta temporada en la Lega.

-Para quienes no te conocen, ¿quién dirías que es Bruno Cerella?

-(Piensa) Uf, qué difícil. Diría que sigue siendo el mismo chico que creció jugando al básquet en el club Pueyrredón, con sus amigos del barrio, que siguió una ilusión hasta Italia y ahí pudo realizar los sueños más increíbles, muchos de lo que nunca pensó que serían posibles…

-Arranquemos cronológicamente, por tus inicios en Bahía.

-Yo empecé jugando de pequeño en el club Estudiantes, pero a los pocos meses me cambié a Pueyrredón, por Pablo González, un amigo de la familia que me acercó al club. Y allí conocí a mi otra familia, los entrenadores y compañeros con quienes sigo teniendo una gran amistad pese al paso del tiempo y la distancia. En definitiva, ahí viví buena parte de los momentos más importante de mi vida.

-¿Por qué te fuiste tan joven a Italia, sin debutar en la Liga Nacional ni tener claro qué podía pasar con vos allá?

-En esa época sentía que estaba perdiendo el entusiasmo del deporte, estaba bastante de joda, que es algo común para la edad, pero se notaba mucho porque muchos de mis amigos, que estaban en selecciones de la ciudad o de provincia, ya dedicaban mucho tiempo y energía a cuidar el físico, la mente… Y yo un poco iba a contramano, justamente cuando me llegó la oportunidad. La tomé como una experiencia de vida y caí en Massafra, ciudad ubicada bien al sur, en la bota del país, y tuve la suerte de vivir con Dante Richotti –sobrino de Marcelo, ex figura de la Liga y jugador de Selección- en aquel primer año que fue hermoso.

Bruno Cerella
El basquetbolista, de pequeño, con la indumentaria de Pueyrredón de Bahía Blanca, club con el que sigue colaborando a distancia

-¿Y cómo fueron aquellos comienzos en Italia? Porque no siempre es fácil llegar a otro país, con 18 años y tener que jugar en una categoría del ascenso, con todo lo que eso conlleva.

-Sí, difícil más que nada porque dejás tu zona de confort. Yo en Bahía vivía en una familia que estaba bien, tenía mi autito, mis amistades y tenía todo organizado, las salidas, asados, el club, las vacaciones en Monte Hermoso… Y en Italia se cortó todo eso, tuve que hacerme responsable, vivir con 250 euros por mes y una bici, que era lo que me daba el club, y en una ciudad donde había muy poco para hacer para un adolescente. Pero, de cualquier forma, resultó un gran aprendizaje. Yo siempre voy a aconsejarle a un chico que se anime a vivir una experiencia lejos de casa, porque te responsabiliza, te hacer crecer como persona. Uno debe adaptarse a otra forma de vivir, a un nuevo idioma, otra cultura, con cosas lindas y no tan lindas. Pero siempre es para el crecimiento personal. Yo, por suerte, cada año fui mejorando de categorías y contratos, hasta que al cuarto llegue a la serie A y a la Selección italiana. Fueron 15 o 20 partidos en la Mayor, pero me divertí y, a partir de eso, pude dar el salto de calidad como jugador hasta consolidarme en la Lega A.

-Te fuiste siendo apenas un buen jugador en Bahía. ¿Pensabas o fantaseabas con hacer algo de lo que después lograste en Italia?

-No, jamás. Todo lo que viví superó lo que creí o soñé.

-¿Y cómo lo hiciste entonces?

-Siempre pensé y lo sigo creyendo hoy, a los 35 años, que lo distinto que he tenido yo, a diferencia de muchos otros atletas a nivel mundial, es la fuerza mental. Siempre supe encontrar mi rol en cada equipo. Yo, básicamente, fui siempre un jugador muy defensivo, pero en las categorías más bajas también fui un anotador: promedié 20 puntos en tercera, 15 en segunda y la Lega, con Teramo, creo que llegué a 13. Pero, a medida que avancé, me fui dando cuenta de que no me alcanzaba con jugar mucho minutos o sumar estadísticas. Yo quería ganar, ser protagonista, estar en equipos con mejores jugadores que yo. Me obsesioné con eso, con ser parte de algo grande. Y, entonces, me especialicé en hacer las pequeñas grandes cosas que hay en los partidos. Y cuando llegué a Milano estuve listo para ese rol. Fueron cinco años increíbles, donde me divertí, tocó ganar cinco títulos y me consagré como jugador. Y lo mismo me pasó cuando decidí salir de Milano a ir a Venezia, buscando lo mismo, querer siendo parte de algo importante. Y acá volví a encontrarlo. El ser parte de grupos construidos para competir a alto nivel me motivó mucho.

-Hay una anécdota que refleja esa mentalidad de la que hablás, aquella vez cuando te operaron un sábado de meniscos y el domingo estuviste en la cancha, para jugar algunos minutos de la final de la Copa Italia y ser campeón con Milano.

-Sí (se ríe). Recuerdo que pasé de estar triste aquel viernes, luego de lesionarme en el partido de cuartos, a estar exultante, levantando el trofeo, menos de 48 horas después. Recuerdo que en el mismo quirófano, cuando me estaban operando, el cirujano me dice ‘¿qué tenés que hacer mañana?’. Y yo le dije ‘Voy a ir a ver la final si el equipo pasa la semi hoy’. Y me responde ‘vos mañana podés jugar si querés’. Le pregunté si estaba loco, si me estaba cargando y él me respondió que, conociéndome, él creía que yo podía bancarla, que no había contraindicaciones médicas, que si yo me animaba a sentir un poco de dolor, podía hacerlo. Y así fue. Invité a todos los que estaban ese día en el quirófano y me fueron a ver. Me tomé un antiinflamatorio y fui a jugar. Fueron pocos minutos, creo que seis, pero suficientes para ayudar al equipo. Recuerdo que, cuando entré, se cayó el estadio, esa energía ayudó a cambiar el partido, más cuando me vieron que me puse a presionar al otro base. La rodilla la tenía inflamada, pero la banqué y el título fue el premio. Fue una de las satisfacciones deportivas más grandes de mi carrera.

-¿Algún otro logro o gran recuerdo que resuma tu carrera?

-Difícil elegir porque tuve la suerte de que el deporte me ha regalado muchos momentos increíbles. En categorías menores, por ejemplo, metí el doble del ascenso a la tercera división, un momento que me ayudó mucho en la confianza. Además la convocatoria a la Selección italiana por parte de Carlo Recalcatti, aquel gran entrenador que llevó a Italia a la final olímpica ante Argentina en 2004. Otro es el primer título con Milán, también cuando gané con Venezia, cuando pensé que ya no iba a ser campeón… Pero, más allá de todo, me quedó con la cantidad de personas que conocí en el mundo, que en realidad es lo más importante porque un día el deporte se va a terminar y queda eso, con las experiencias de vida.

-¿Y cómo fue jugar en la selección italiana? Imagino que lo decidiste porque era muy difícil entrar a nuestro seleccionado en épocas de Generación Dorada. ¿Tuviste un debate interno o no para aceptar?

-No hubo debate. Cuando me convocaron lo primero fue recordar a mi abuelo italiano, quien me regaló el pasaporte cuando tenía 13 años. Recuerdo que me dijo “éste te va a servir, me los vas a agradecer en el futuro”. Y así fue. Me acuerdo que Doménico, así se llamaba, había fallecido hacía poco cuando me llamaron y acepté la citación sobre todo pensando en él. Lo hice y se lo dediqué a él, un visionario.

Bruno Cerella
Con la camiseta del Reyer Venezia, donde se convirtió en referente

-¿Y ahora, a los 35, en Venecia, en qué momento estás?

-En un momento de disfrute, dentro de un equipo que ha sido Top 3 en los últimos 10 años en Italia, algo que para mí es fundamental. Me gusta seguir viviendo el básquet, ir a entrenar, disfrutar del vestuario, tal vez ahora sin tanto protagonismo deportivo pero sí con un mayor aporte a nivel humano y de grupo. Acá soy un poco la conexión entre los extranjeros y los italianos, me gusta organizar salidas en familias, tener una charla con un compañero cuando no lo veo tan bien, el intervenir en momentos delicados de la temporada porque cuando todo va bien, es simple. El tema es cuando no pasa eso. Acá, por suerte, en los peores momentos, siempre hemos estado unidos y eso ha sido parte esencial de por qué siempre hemos terminado ganando algo.

-Sos una persona con muchas inquietudes. ¿Qué lugar ocupa el básquet en tu vida?

-El básquet es una parte fundamental en mi vida, por ser mi trabajo, el que disfruto y hago con la misma pasión de antes, pero no es lo único, claramente. Vivo de muchas otras emociones.

-Sos un apasionado del buceo, por ejemplo.

-Sí, me encanta ir a bucear a los lugares extremos, con tiburones, ballenas, de todo… Voy solo por el mundo a sitios que el turismo no llega tanto, como Malasia, Indonesia, las Maldivas, Sudáfrica, Micronesia, Papúa Nueva Guinea. Soy buzo certificado, en categoría Dive Master, un paso antes de ser instructor. Puedo igual sacar a bucear gente conmigo, dependiendo de los lugares y metros de profundidad.

-¿Y qué más te apasiona?

-Yo vengo de una familia de constructores y acá empecé con eso. Una forma de planear mi futuro para cuando deje de jugar porque seguramente no seguiré ligado al básquet y mi principal ocupación hoy es lograr la mejor posible gestión del tiempo para disfrutar de otras cosas luego de 20 años dedicado al deporte.

-¿Te vas a quedar a vivir en Italia o volverás al país?

-No, ya tengo mi vida acá armada, desde los 18 años. Sigo disfrutando de ir de vacaciones a la Argentina, pero mi futuro está en Italia.

-También has trabajado mucho de modelo. ¿Cómo fue esa experiencia?

-Sí, fue una cosa que se fue dando, algo casi normal en un país que vive de la moda y el éxito del deporte te pone en un lugar visible. Se fueron presentando diversas oportunidades de trabajo, de distintas marcas, en especial de Armani, y me divertí, aunque nunca me interesó demasiado. Fue una experiencia de vida más.

-Lo más importante, dentro de lo extra basquebolístico, ha sido sin dudas tu proyecto solidario, que arrancó hace 10 años en África y ha crecido hasta llegar a cuatro continentes. ¿Cómo arrancó esta idea?

-Yo creo que algo así se lleva adentro desde que nacés y que se va profundizando a medida que uno vive distintas experiencias que lo van marcando. Pero esto viene de mi familia, de mis amigos, del barrio, de los valores con los que uno se forma… Esto nació como una forma de agradecer, de devolver al deporte que tanto me dio, a la gente… Pero es verdad que, puntualmente, hubo un libro que me regaló mi tía Adriana (“El Despertar del líder”, de Kevin Cashman) que me dio ese empujón para dar ese paso más que necesitaba. Ahí fue cuando escribí el proyecto y se lo presenté a distintas organizaciones mundiales, buscando conocer nuevas culturas y poder usar el básquet como vehículo para ayudar a los jóvenes. Este proyecto realmente cambió mi vida.

Bruno Cerella
Charla con Luis Scola, con el que coincidió en la Liga italiana

-¿Y por qué empezaste por África?

-Porque lógicamente quería ayudar en los lugares donde más se necesita y, puntualmente, elegí Kenia como primer lugar, porque se habla inglés y sabía del amor que allí tienen por el deporte.

-¿Y cómo fue esa primera experiencia?

-Inolvidable, intensa, movilizante… El primer viaje a Nairobi fue con mi amigo italiano Tommy e íbamos de villa en villa jugando al básquet… Encontramos una realidad muy difícil, con mucha marginalidad, pobreza, enfermedades, criminalidad, prostitución… Todo lo que te puedas imaginar está en esos lugares de África. Pero, cuando nos sentamos a hablar, coincidimos que si podíamos construir, en esos barrios, canchas de básquet, podríamos ayudar. Alrededor del deporte pasan cosas lindas, se potencian los vínculos humanos y se pueden formar personas. Y en ese sentido tuvimos claro que el vehículo serían los entrenadores. Formar a personas del lugar que fueran maestros, le dieran vida a las actividades y llevaran adelante el día a día con los chicos. En mi vida fueron muy importantes, me enseñaron mucho y sentía que serían parte esencial de este proyecto, como ha sucedido.

-Y una cancha tiene más chance de sacar a los chicos de la calle.

-Claro. Allá, para la gente más pobre, hay sólo escuela primaria, porque luego, para ir a un secundario, tenés que pagar y para la mayoría de las familias es inalcanzable. Una familia de seis personas vive con un euro por día y se come una vez al día. ¿Cómo hacen para financiar un colegio secundario? Entonces los chicos están en las calles, con todos los flagelos de los que hablamos… En cambio, si pueden salir e ir a la cancha, a hacer deporte, a estar en contacto con personas que los guíen y aconsejen, puede cambiar una realidad. Por eso, con el tiempo, nos asociamos con organizaciones locales que nos proveen de la parte de salud y educación y así nos complementamos. Pero bueno arrancamos de la nada…

-Lo difícil que habrá sido construir algo así en lugares tan complejos.

-Sí, siempre vas a tener dificultades en lugar así, tan pobres y con tanta falta de educación. Pero bueno, la idea era intervenir en lugares donde realmente pudiéramos contribuir y crear oportunidades porque es mentira que todos nacemos con oportunidades. En esos lugares no es así. Son países con expectativas de vida de 40/45 años, con problemas de desnutrición, con embarazados de menores, con mucho HIV, sin acceso a la educación… Con villas, como las de Mathare, que tiene una población conjunta de 500.000 habitantes y que sólo conociéndolas podés darte cuenta de cómo se vive ahí. Recuerdo que uno de los entrenadores que capacitamos viajó a Brasil y conoció las favelas. “Pero estos viven como reyes, tienen baño y wifi. No hay comparación”, nos dijo.

-¿Cuándo empezaste a notar que el proyecto caminaba, cuándo se dio el click, el avance que te hizo ilusionar?

-El cuarto año fue importante, cuando completamos los cursos para entrenadores y pudimos hacer campus de verano, cuando compramos los terrenos y pudimos hacer nuestra primera cancha, así comenzando a formar distintas categorías. Ese fue el primer paso importante, porque eso nos permitió poder replicar el modelo en otras ciudades del mundo. Es clave hacerle ver a los locales lo que podíamos hacer. “Esto podemos hacer acá”, pudimos decirle y visitarlos con los entrenadores que habíamos formado en el país anterior. También cuando los jugadores empezaron a ser buenos y a competir en ligas nacionales. Hoy, por ejemplo, tenemos 61 chicos y chicas con becas deportivas. ¿Sabés lo que significa? Que el deporte les da una oportunidad de estudiar, educarse… Si hubiésemos logrado que uno lo logre y cambie su vida, estaríamos contentos, imagínate hoy con 61. Poder mejorar condiciones de vida a través del deporte era nuestro sueño y lo estamos logrando.

-Porque además lo han extendido a otros países.

-Además de Nairobi, tenemos academias en Kisumu, también Kenia, en Ndola, Zambia, arrancamos en Nom Pen, la capital de Camboya, e hicimos cosas en mi club de Bahía y hace poco construimos una cancha en el norte de Milán. En cada lugar nos adaptamos a las necesidades. Por ejemplo, en Pueyrredón dimos cursos de primeros auxilios, boca a boca, con desfibriladores, porque hoy los clubes deben preocuparse por ser un punto de referencia social, para niños y familia, apuntalar desde los valores, porque los chicos forjan su personalidad en las instituciones.

Bruno Cerella
Slums Dunk, el nombre de la fundación que ya tiene incidencia en cuatro continentes

-¿Qué es lo más loco o emocionante que te pasó, me imagino que debes haber vivido situaciones terribles, dramáticas, de todo?

-Es impactante ver chicos que, cuando llegaron a las academias, tenían muy pocas posibilidades, comían una vez por día y hoy están en un college o una universidad de Estados Unidos con una beca. O ver a uno de esos chicos ser MVP del Básquet Sin Fronteras de la NBA, como pasó en Sudáfrica en 2018. Ese chico, de nombre Javan, ya se vino a Italia, le conseguí una familia que lo alojara y su vida cambió radicalmente. Hoy, más allá de jugar al básquet y querer ser profesional, sueña con ser médico, además de voluntario de nuestra organización. Es el ejemplo de cómo, con oportunidades, esos chicos pueden tener otro futuro.

-¿Mucha gente se debe preguntar cómo hacen sin sponsors y hasta cómo puede ayudar cada uno, si tiene ganas?

-Vivimos de que 200.000 personas donen un euro, no de una que dona 200.000. No nos gusta que haya un mecenas o una empresa porque si se va, se cae todo. Acá si una persona no sigue, quedan 199.999 más. El secreto está en hacer sentir a las personas parte de los proyectos. No es fácil, pero con el tiempo lo hemos logrado, creamos una comunidad. Y lo que hemos conseguido transmitiendo lo que creemos y hablando en primera persona, haciendo sentir parte al otro. Y en relación a la ayuda, pueden entrar a la nuestra web, ver el proyecto (www.slumsdunk.org) y hacer una donación, si lo creen conveniente e importante.

-Desde hace años, África se ha convertido en una cantera basquetbolística, de muchos países europeos y de USA, de sus universidades y hasta de la NBA. El africano es cada vez más buscado porque su biotipo es ideal para el jugador versátil de hoy. ¿Vos lo viste venir? ¿Notás que hay mucho talento? ¿Qué se puede para potenciarlo?

-Claro, es así. Ahora crearon la Liga Africana y creo que tendrá mucho éxito porque detrás hay empresarios que la financian, como Barack Obama, que es amante del básquet y tiene origen keniata en su familia. Los africanos tienen otro ADN y no hay con qué darle… Hace poco, en nuestra cancha, estuvo Masai Ujiri, el presidente de los Raptors, de ascendencia nigeriana que últimamente ha sido determinante en el reclutamiento y las oportunidades para los africanos en la NBA. Estuvo con nosotros, viendo nuestro proyecto, algo muy especial.

-Un reconocimiento a un trabajo.

-Sí, claro, como haber sido campeones U14 en Kenia. Imaginate, los pibes de la villa ganándoles torneos a los mejores clubes del país. Muy emocionante. Y también una inyección de confianza para los chicos, porque el ganar crea motivación, entusiasmo, alegría…

-¿Y vos qué sentís al mirar para atrás?

-Mucha felicidad y orgullo, obviamente, por intentar dar cada día nuestra mejor versión como personas. Ayudar es especial, se siente distinto. Cuando arrancamos, no teníamos el objetivo de crear semejantes cosas, pero tuvimos la paciencia, un valor agregado para superar momentos difíciles, para saber construir en el tiempo sin acelerar los procesos. También entendimos que el dinero sirve, pero más sirven las ideas y que, en estos casos de ayuda social, las personas crean en lo que hacen, en los valores que querés promover.

Bruno Cerella
«El secreto está en hacer sentir a las personas parte de los proyectos», dijo sobre su participación en en la ayuda social

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