Qué es y dónde queda el paraíso, ese estado de perpetua felicidad que prometen las religiones

Adán y Eva -que toma la manzana- en el paraíso
Adán y Eva -que toma la manzana- en el paraíso

Para los que siguen esta columna, en entregas anteriores hablamos del infierno, de los ángeles, del Diablo y ahora nos toca pensar sobre el paraíso. El paraíso, ese lugar donde todos queremos ir después de morir, ese lugar donde van lo buenos, ir al “cielo”. No obstante iremos aclarando términos que utilizamos coloquialmente antes de llegar a como definen las diferentes religiones el “cielo”.

En primer lugar debemos aclarar que el cielo donde van los espíritus de los difuntos no es un lugar. Según la RAE, lugar es el “espacio ocupado o que puede ser ocupado por un cuerpo cualquiera.” Y acá ya tendríamos un problema, no hay cuerpo; por tanto no es un “lugar” sino un estado del espíritu, que no se encuentra en ningún “lugar”. Claramente que hay que saber diferenciar el uso coloquial del término. Cuando fallece alguien muy bueno solemos decir que se fue al cielo. A nadie se le ocurría ante un hecho factico del morir realizar un discernimiento coloquial sobre el estado del espíritu del difunto. Nos es muy difícil comprender un espacio donde van los espíritus, que no es ni un lugar y no hay tiempo. Esta dificultad surge porque movemos en espacio dimensionales. Por tanto, cualquier pensamiento sobre otro tipo de espacio, nos cuesta comprenderlo.

Otro término que utilizamos coloquialmente, es la palabra “alma” en lugar de “espíritu”. Todos los seres vivos poseen alma, pero solo los seres humanos poseemos espíritu. La palabra alma proviene del latín “ánima” es decir que poseen movimiento, es lo que nos anima (mueve) a realizar cosas. De allí proviene la palabra “animal”. Gran estupor causó cuando en enero de 1990 el papa Juan Pablo II aseveró que: “los animales poseen un soplo vital recibido por Dios… la existencia de las criaturas depende de la acción del soplo-espíritu de Dios, que no sólo crea, sino que también conserva y renueva continuamente la faz de la Tierra”. Ese mes estalló la prensa con titulares como: “el Papa abrió el paraíso a los animales” y cosas similares, pero el padre Luigi Lorenzetti, director de la revista italiana “Teología moral”, dió la explicación que el concepto de alma para los animales es sólo “analógica”, ya que los animales no poseen una conciencia como el hombre. (Aunque les confesaré algo: el día que me vaya de este mundo, espero encontrarme nos solo con mis seres queridos, sino también con mis mascotas queridas.)

Adán y Eva expulsados del Paraíso
Adán y Eva son expulsados del Paraíso después de cometer el pecado original

Entonces ¿qué es el “espíritu”? Leemos en el libro del Génesis 2:7: “Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz el aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.” Dios sopla sobre el hombre e infunde lo que en idioma hebreo se denomina Ruah, que significa soplo, fuerza, soplo de Dios, espíritu de Dios. El Ruah es el viento que procede de Yahvé. Ruah (viento) es Dios, es el Espíritu de Dios en acción que interviene. Por tanto el hombre posee “alma” (lo que hace que hagamos cosas, lo que hace que nos movamos) y “espíritu” (lo que nos convierte en criaturas de Dios). Decimos “Espíritu Santo” y no “Alma santa” en referencia a la tercera persona de la Trinidad. Por tanto es nuestro espíritu el que va al “Cielo”.

Y acá viene otro tema peliagudo, que es el “cielo” o el “Paraíso”. Las mayorías de las religiones poseen un lugar donde van los justos, un estado de perpetua felicidad y eterno gozo. El profeta Isaías 11. 6-9 nos describe como sería ese estado ideal de beatitud al fin de los tiempos: “El lobo morará con el cordero y el leopardo se echará con el cabrito; el becerro, el leoncillo y el animal doméstico andarán juntos, y un niño los conducirá. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas y el león como el buey comerá paja. El niño de pecho jugará junto a la cueva de la cobra y el niño destetado extenderá su mano sobre la guarida de la víbora. No dañarán ni destruirán en todo mi santo monte, porque la tierra estará llena del conocimiento de Dios como las aguas cubren el mar.” El mismo Jesús se refiere a este tema en el evangelio de Juan 14.2 “En la casa de Mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, se lo hubiera dicho; porque voy a preparar un lugar para ustedes” y en la 1era carta a los Corintios 2.9, leemos: “Recuerden la Escritura: Ni ojo vio, ni oído oyó, ni por mente humana han pasado las cosas que Dios ha preparado para los que lo ama”.

oasis en el desierto
En la desértica región que habitaban quienes escribieron los Testamentos, es lógico que el Paraíso sea asociado a la imagen de un oasis (Getty Images)

El termino Paraíso también es usado con frecuencia. Esta palabra proviene del persa y su significado original hace referencia a un jardín extenso y bien arreglado, que se presenta como un lugar bello y agradable, donde además de árboles y flores se ven animales enjaulados o en libertad. Acordémonos que el paraíso original del cual son expulsados Adán y Eva, era un jardín lleno de frutos y animales. Y esa es la concepción también de paraíso o del cielo, un hermoso lugar. También debemos comprender la geografía de donde nacen estas analogías; Irán, Irak, Israel, etc.: son regiones desérticas y un jardín al lado de un rio o laguna, es decir un oasis, es un lugar maravilloso y bienvenido para descansar luego de atravesar largos y áridos desiertos. Jesús mismo prometerá al buen ladrón que estaría en el paraíso junto a él como leemos en Lucas 23:43, “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. También leemos en 2da. de Corintios 12.2-3: “Conozco a un seguidor de Cristo que hace catorce años fue llevado al tercer cielo (no sé si en el cuerpo o fuera del cuerpo; Dios lo sabe). Y sé que este hombre (no sé si en el cuerpo o aparte del cuerpo; Dios lo sabe) fue llevado al paraíso y escuchó cosas indecibles que a los humanos no se nos permite expresar.”

Este hermoso jardín será el lugar de reposo de los espíritus de los justos para diversas religiones. Por ejemplo, los campos de Aaru egipcios o los campos Elíseos griegos, al igual que para el zoroastrismo. Pero para los judíos había diversas interpretaciones. Los dogmáticamente conservadores saduceos mantuvieron su creencia en el Sheol (el lugar donde van los muertos) y los fariseos apostaron su creencia en un cielo y un infierno. En el islam los justos van a La Yanna que es el paraíso islámico. La palabra árabe yanna significa simplemente jardín, y, según la escatología islámica las almas residirán allí desde la resurrección que ocurrirá tras el Yawm al-Qiyama. Los musulmanes creen que el tratamiento que cada uno recibirá estará de acuerdo a sus hechos en la vida terrenal. Según la creencia musulmana, todo lo que uno puede desear se encontrará allí. La Yanna está descrita en el Corán: consta de siete niveles y el más alto es el séptimo: el Firdaws donde morarán los profetas, los mártires y la gente más veraz y piadosa. En contraste con la Yanna, las palabras yahannam y Nār se utilizan para referirse al infierno.

Paraíso terrenal
En el Paraíso -dice el profeta Isaías- no habrá más daño ni destrucción

Pero si bien todas las religiones Abrahámicas -entre otras- aceptan el cielo como premio a los justos y el infierno como castigo a los réprobos, la Iglesia católica y la Iglesia copta añaden otro estadío del espíritu en su escatología: la del purgatorio. Se define como un estado del espíritu transitorio de purificación y expiación en el que después de la muerte, las personas que han muerto en estado de gracia sufren la pena temporal que aún se debe a los pecados perdonados y, tal vez, expiar sus pecados veniales no perdonados para poder acceder a la visión beatífica de Dios.

Entre los textos del Antiguo Testamento, que tanto la Iglesia copta y la Iglesia católica interpretan como relacionados con la expiación tras la muerte en un purgatorio, se podrían citar: “Muchos serán purificados, emblanquecidos y refinados; los impíos procederán impíamente, y ninguno de los impíos comprenderá, pero los entendidos comprenderán”. Daniel 12,10. “A este tercio lo meteré en el fuego, lo fundiré como se funde la plata, lo probaré como se prueba el oro. Él invocará mi nombre, y yo lo oiré. Yo diré: ‘Pueblo mío’. Él dirá: ‘Yahveh es mi Dios’”. Zacarías 13,9. “Pero él presumía que una hermosa recompensa espera a los creyentes que se acuestan en la muerte, de ahí que su inquietud fuera santa y de acuerdo con la fe. Mandó pues ofrecer ese sacrificio de expiación por los muertos para que quedaran libres de sus pecados”. 2 Macabeos 12:45-46. Por supuesto que este estado no es, como muchos creen, un “infierno pequeño” con fuego y tormentos horribles y que causan dolor inimaginable y que sirven para purgar las culpas dado que, como está escrito en el libro de Apocalipsis 21:27: “No entrará nada manchado (impuro)” en la presencia de Dios”. Acá la imaginación colectiva basadas en una mala enseñanza sobre lo que dice la Iglesia católica es fundamental y si sumamos a esto a Dante Alighieri y su “Divina Comedia” creamos una combinación perfecta. La imagen del purgatorio del Dante, nos acompaña día tras día, a tal punto que a la Virgen del Carmen se la representa muchas veces, librando a las “benditas almas del Purgatorio” elevándolas al cielo por sobre un mar de fuego, al mejor estilo iconográfico del infierno.

Para aclarar este punto, el compendio del catecismo de la Iglesia católica, no advierte en los puntos 210-211: “El Purgatorio es el estado de los que mueren en amistad con Dios pero, aunque están seguros de su salvación eterna, necesitan aún de purificación para entrar en la eterna bienaventuranza. En virtud de la comunión de los santos, los fieles que peregrinan aún en la tierra pueden ayudar a las almas del Purgatorio ofreciendo por ellas oraciones de sufragio, en particular el sacrificio de la Eucaristía, pero también limosnas, indulgencias y obras de penitencia.” Y también leemos: “Durante nuestra vida terrena, siguiendo la exhortación evangélica a ser perfectos como el Padre celestial (cf. Mt 5, 48), estamos llamados a crecer en el amor, para hallarnos firmes e irreprensibles en presencia de Dios Padre, en el momento de ‘la venida de nuestro Señor Jesucristo, con todos sus santos’ (1 Ts 3, 12 s). Por otra parte, estamos invitados a ‘purificarnos de toda mancha de la carne y del espíritu’ (2 Co 7, 1; cf. 1 Jn 3, 3), porque el encuentro con Dios requiere una pureza absoluta. Hay que eliminar todo vestigio de apego al mal y corregir toda imperfección del alma. La purificación debe ser completa, y precisamente esto es lo que enseña la doctrina de la Iglesia sobre el Purgatorio. Este término no indica un lugar, sino una condición de vida. Quienes después de la muerte viven en un estado de purificación ya están en el amor de Cristo, que los libera de los residuos de la imperfección.”

Santa Teresa de Avila intercediendo por las almas en el Purgatorio (Peter Paul Rubens)
Santa Teresa de Avila intercediendo por las almas en el Purgatorio (Peter Paul Rubens) (Picasa/)

Para Martin Lutero y las Iglesias Ortodoxas no hay tal cosa como el purgatorio estrictamente y dogmáticamente hablando.

En el islam existen conceptos parecidos de manera superficial con esta doctrina, como el Barzaj, el lugar, período o secuencia de trámites por los que el alma espera el Juicio Final, en lo que el Profeta Mahoma describe como “las peores horas de la vida de un hombre”. La idea de que las almas que van al infierno pueden sufrir allí la purificación y alcanzar el cielo, permite a algunos opinar que el Infierno de los musulmanes es más parecido al purgatorio de los católicos; que al infierno cristiano.

En la Navidad de 1983, mi amigo Sandro Barella, reconocido escritor y poeta contemporáneo, me obsequio un libro de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares llamado “Libro del Cielo y del Infierno” (una verdadera joya) el que recomiendo con gran vehemencia que lo lean. En un fragmento del breve prólogo nos advierten: “Hemos buscado lo esencial, sin descuidar lo vívido, lo onírico y lo paradójico. Tal vez nuestro volumen deje entrever la milenaria evolución de los conceptos de cielo y de infierno; a partir de Swedenborg se piensa en estados del alma y no en un establecimiento de premios y otro de penas.” Y cierro esta nota con un pensamiento extraído de ese libro: “He nacido como nacen todos, he vivido como viven todos; por tanto deseo ir después de esta vida donde van todos…”.

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Fuente: InfoBae

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