Mano a mano con Luis Islas: el día que Maradona lo designó como “sus ojos” en México y el error de Bilardo que lo dejó afuera del Mundial del ‘90

Luis Islas
Luis Islas junto a Diego Maradona durante su etapa en Dorados de Sinaloa. Foto: REUTERS/Henry Romero

Luis Islas forma parte de la historia del fútbol argentino. Desde que debutó en Chacarita demostró un talento notable bajo los tres palos que pronto lo depositaría en Estudiantes, donde consiguió la gloria por primera vez en el Nacional del 83 junto a figuras de la talla de Alejandro Sabella, Miguel Russo, Julián Camino y todo el staff que en el futuro se haría cargo de la Selección en el Mundial de Brasil.

Si bien en su etapa como arquero solo tuvo dos experiencias internacionales en México y España (además de los torneos que jugó con el representativo nacional), desde que escogió la faceta de entrenador se convirtió en un trotamundos para trasladar su experiencia por los diversos destinos en los que se aventuró. Desde la altura de Bolivia, la humedad de Paraguay, el calor de los Emiratos Árabes Unidos, el frío de Viedma o el riesgo de Sinaloa.

Justamente Culiacán le regaló uno de los mejores recuerdos que tiene en el fútbol. Durante aquella etapa trabajó como asistente de Maradona, a quien considera “absurdo” definirlo como jugador porque “no hay palabras que puedan describir al mejor de todos los tiempos”. Islas fue compañero y rival del Pibe de Oro en su juventud, pero también lo acompañó en los exóticos destinos en los que el Diez trabajó como líder de grupo. “Diego tenía la grandeza de los número uno. Lo digo y me llena de emoción. Un día me agarró la cara con firmeza y como es mucho más chiquito que yo, levantó la mirada y me dijo: Vos sos mis ojos. Cuando me tiró esa me temblaron las piernas”, reveló el ex Independiente en diálogo con Infobae. Su convivencia con Pelusa, su pasado en la Selección, el sueño de dirigir al Rojo y el temor que le genera la inseguridad social en Argentina fueron algunos de los temas más destacados que abarcó el estratega de Sol de Mayo.

¿Cómo fue que se dio esta nueva aventura en Viedma?

—Es parte de mi vida. Yo soy así. El fútbol es mi trabajo y lo que me mantiene la ilusión desde hace 38 años, desde que debuté como arquero hasta el día de hoy como entrenador. Es la profesión que uno eligió. Y dentro de esa profesión se abren oportunidades laborales en los Emiratos, Dorados, Bolivia o Viedma… Lo tomo con mucha seriedad y compromiso. Y feliz, porque uno sigue teniendo este tipo de posibilidades que mantienen la pasión para dar lo máximo, como lo hice siempre.

Hay una gran capacidad de adaptación a los distintos destinos en los que te toca trabajar. Imagino que no es lo mismo vivir en Asia, Culiacán o el interior del país, ¿cómo hacés para convencer a la familia?

—Ellos saben que también es parte de su vida. Siempre mi familia me acompañó a todos lados. Estuvimos juntos en Sinaloa, Bolivia, Paraguay y los Emiratos. Hoy están en Viedma conmigo, porque es un estilo de vida que elegimos. Para mí es muy importante tener el apoyo familiar, porque es necesario en esta profesión que tiene mucho sacrificio. Nos estamos acostumbrando a lo que nos toca vivir hoy, sabiendo que el día de mañana tal vez tengamos que hacer las valijas y el bolso para ir a otro país. Es algo que ya no nos sorprende. Mis hijas estudiaron un año en los Emiratos, otro año en México, otro en Paraguay y ahora están acá. Para algunos no será algo normal, pero es lo que nos toca y lo hacemos muy a gusto.

¿Cómo hicieron para adaptarse a una cultura como la de los Emiratos Árabes Unidos que es tan diferente a la nuestra?

—Fue una experiencia fantástica. Volvería a dirigir ahí, aunque es obvio que uno se tiene que acostumbrar a las normas de vida que tienen ellos. Por ejemplo, a mí me pasaba que me tenía que adaptar a los jugadores que rezaban cinco veces por día. Cuando estábamos en una actividad durante algún entrenamiento teníamos que parar la práctica, porque el plantel se detenía para hacer ese rezo durante 8 o 10 minutos. Al comienzo me llamó la atención porque los jugadores se sacaban los botines, las medias, los guantes, se lavaban los pies y las manos y hacían su ritual. Después se volvían a vestir y seguíamos con el trabajo. Cuando uno se encuentra con esa religión y esa cultura, después va descubriendo que es un país fabuloso. Con el tema de la vestimenta también nos tuvimos que adaptar, porque los hombres van de blanco y las mujeres de negro. Nunca vi a una pareja de árabes caminando de la mano por la calle, por citar otro caso. Son cosas que llaman la atención, pero cuando uno agarra el ritmo de vida puede ir caminando con su mujer de la mano. No hay nadie que te lo impida.

Puede parecer algo insignificante, pero ¿cómo hizo tu esposa para adaptarse a las altas temperaturas sin poder usar un short o una pollera?

—En Dubai, que es una ciudad muy turística, te encontrás de todo y las mujeres van con escotes, bermudas o polleras y no pasa nada. Ahora, cuando vas a ciudades como Fujairah, que fue en la que estaba trabajando, si la mujer se viste con una pollera seguramente si quisiera entrar a un shopping alguien de seguridad le pedirá que se tape y se ponga una ropa más larga. Son costumbres a las que si uno se adapta, se encuentra con un lugar maravilloso. Durante toda nuestra estadía nadie nos tocó nada, yo dejaba a mis hijas en un centro comercial y sabía que no les iba a pasar nada, porque nadie las iba a tocar. Esa tranquilidad no tiene precio, entonces me encantaría volver a trabajar ahí.

Y esa seguridad social que tenías en Asia, ¿también la tenías en otros países de Latinoamérica en donde también trabajaste?

—Mirá… Yo soy más argentino que el dulce de leche. Amo a mi país, pero lamentablemente en el único lugar en el que vivo con miedo es en Argentina. En Sinaloa nunca tuve ningún problema, porque tuvimos un trato extraordinario. Vengo de dirigir a Sol de América de Paraguay y nadie me tocó nada, fue un año fantástico. Me encantaría decir todo lo contrario y decir que en Argentina estamos bárbaro, pero por desgracia vivimos con mucha incomodidad.

Luis Islas
El ex arquero fue compañero de Pelusa durante sus días en los Emiratos Árabes Unidos y México (Foto: Jam Media/Getty Images) (Jam Media/)

¿Cómo fue tu convivencia con Maradona en Dorados?

—Fue algo único. A Diego lo quiero mucho (todavía lo menciona en presente como si el Diez siguiera con vida), aunque mi relación con él siempre fue laboral, ya sea compartiendo planteles, siendo campeones del mundo, dirigiendo o como rivales. Fueron años que disfruté mucho. Si bien tuve una gran satisfacción de estar a su lado, también tuve una enorme responsabilidad, porque lo que genera Diego no lo genera nadie. Lo que mueve es imposible de describir. Gracias a Dios se nos dieron los resultados. Yo vivía el fútbol a mi manera y él, como entrenador, a su manera. Lo veía feliz, y eso era lo máximo. Ver a Maradona feliz era cumplir con mi misión. Todo el día estábamos juntos trabajando y hablando de cómo mejorar el equipo. Haber compartido tanto tiempo con él fue un placer. Me parece que es una tontería definirlo como jugador, porque todo el mundo sabe que fue el más grande de todos. Pero para mí fue el más grande de todos por su humildad, su simpleza, por su inmenso corazón… Fue el número uno. Tenía una calidad de brindarse al 100% por el otro. Sé que lo he despedido físicamente y que no le podré dar más alguno de esos abrazos que nos dábamos cuando hacíamos un gol. Igualmente siempre va a estar en mi vida porque lo recordaré siempre.

Fueron casi sus últimos años de Diego en México. Si bien después vino a Gimnasia, ¿vos cómo lo notabas cuando estaban allá y cómo te cayó que su muerte haya llegado a sus 60 años?

—Estaba en Paraguay cuando me enteré de esa triste noticia. Si bien estaba trabajando en Sol de América, seguía todo el fútbol argentino. Y quería que a Gimnasia le fuera bien, porque quería que a Diego le fuera bien. En mi mente tenía al Maradona con el que había trabajado en los Emiratos y en México, donde estábamos felices y él estaba lúcido. Y te soy sincero: cuando lo veía por televisión en el último tiempo, no lo notaba bien. No era el Diego que estaba trabajando conmigo en los últimos años. Lamentablemente uno estaba lejos y estaba en otro equipo. Creo que todo el mundo se dio cuenta de que no andaba bien…

Y durante toda esa convivencia que estuvieron en el extranjero, ¿cuántas veces te reclamó esa tapada en la que le sacaste el gol de rabona cuando él jugaba para Newell’s y hubiera significado una de sus últimas obras?

—Vos sos muy bueno, porque Diego no te reclamaba nada… ¡Te puteaba de arriba abajo! (risas). Me decía: “¿Cómo me vas sacar esa rabona?” Y yo le decía que estaba defendiendo el arco del más grande, y me puteaba de nuevo… Era un monstruo. Yo le decía cosas lindas, “Diego yo te la tapé, pero hasta el día de hoy me duele la espalda por el amague que me pegaste”, le respondía. Acomodaba todo para que él estuviera bien. Él era muy feliz con cosas muy simples ¿Nosotros qué hacíamos? Comíamos un asadito, él se tomaba sus cervecitas o algún Cinzano y yo lo acompañaba con gaseosa light. Íbamos al entrenamiento, el equipo ganaba, nos abrazábamos, gritábamos… Cuando terminaban los partidos yo terminaba hecho mierda, esa es la realidad, y él terminaba bailando con los jugadores. Yo lo disfruté muchísimo y le dí todo.

¿Delegaba mucho en vos?

—Sí, mucho. Diego tiene la grandeza de los número uno. Lo digo y me llena de emoción. Un día me agarró la cara con firmeza y como él es mucho más chiquito que yo, levantó la mirada y me dijo: “Vos sos mis ojos”. Cuando me tiró eso me temblaron las piernas, y le respondí: “No Diego… acá estamos los dos trabajando”. Y me repitió: “¡Vos sos mis ojos!”. Que el más grande te diga eso te demuestra la confianza que me tenía ¿Sabés lo que era para mí? Después por suerte se daban los resultados y me sentía muy orgullosos de poder brindarle lo que él necesitaba en ese momento. No tengo otra palabra para recordar esa etapa que no sea felicidad.

También lo disfrutaste en su mejor versión, cuando estuvieron juntos en México con Bilardo. Si bien atajaba Nery Pumpido, vos fuiste parte de esa hazaña…

—Mirá, insisto en que hablar de Diego futbolísticamente me parece absurdo, porque era algo extraordinario. A mí los goles contra Inglaterra, que todo el mundo ama y recuerda, no me sorprendieron porque él los hacía en cualquier momento. Cuando uno menos lo esperaba, te demostraba que tenía esa facultad y esa capacidad que sólo tienen los número uno. Lo que siempre remarco de él es que era uno más. Siendo lo que era, venía y comía con nosotros, entrenaba a la par del resto… En ese Mundial yo era el más chico de todos, y cuando terminaba cada práctica él se quedaba pateando tiros libres y yo me quedaba atajando. Le pegaba a 50 pelotas y yo volaba de un palo a otro. Cada tanto me decía “hijo de puta, no te puedo hacer un gol”, y por ahí yo escuchaba que la red hacía fiuuuu, lo que significaba que me la había clavado al ángulo. Todo eso lo disfruté al máximo. Era un equipazo en todas sus líneas, pero tenía a un Maradona de otro planeta. Fue una consecuencia a un trabajo que ese equipo se haya consagrado campeón del mundo. Fue algo que se buscó a pesar de las críticas, porque cuando salimos de Buenos Aires, Bilardo era muy criticado. Recuerdo que nos juntamos en la gira previa, en el complejo del club América, el grupo se hizo muy fuerte en todo aspecto y se logró lo soñado.

¿Y el mayor dolor se produjo en Estados Unidos, con el doping y la eliminación en octavos de final?

—Esa Selección volaba… Ganaba y gustaba. Era un equipazo que si no pasaba lo que pasó, no tengo ninguna duda de que salía campeón o llegaba a la final. Lo tengo muy claro porque ni Italia, ni Brasil eran superiores a nosotros.

Basile dijo públicamente que fue Havelange el que dijo que Argentina no podía ganar el Mundial…

—Yo no puedo decir nada, porque no tengo ninguna certeza. Lo único que tengo claro es que estábamos muy bien desde el punto de vista anímico, físico y futbolístico. Estábamos muy unidos y controlados. Se habían dado las condiciones perfectas hasta que un día aparece el doping… No puedo opinar, porque uno no es médico y no sabe esas cosas. Después se dijo que hubo un masajista que cometió un error, pero no puedo acusar a nadie. Lo único que sé es que Diego estaba impecable. Se había preparado de una manera extraordinaria para ese campeonato.

Fue un golpe anímico que no pudieron reaccionar y se sintieron en las derrotas con Bulgaria y Rumania…

—Teníamos la cabeza en otro lado. El equipo lo sintió mucho. Habían tocado al número uno. Esa concentración y ese equilibrio, con ese cuerpo técnico fantástico que teníamos, se nos fue de eje y se notó en los últimos resultados.

Luis Islas
Maradona le explica a Islas cómo debe achicar los espacios en el arco de la Selección ante la risueña mirada de Ruggeri Foto: The Grosby Group

Pasaron 28 años para que Argentina volviera a ganar un título, y vos estuviste en aquella Copa América de 1993 ¿Cómo seguiste este torneo que ganó la Selección de Scaloni?

—Escuchá lo que te voy a decir: ¡FE-LIZ! ¡FE-LIZ! ¿Sabés por qué? Porque sabía que había muchísima gente, incluso parte del periodismo, que estaba esperando que la Selección no funcione para criticar duramente al cuerpo técnico y a los jugadores. De eso no tengo dudas. Fue una felicidad absoluta porque había (y hay) un gran plantel de futbolistas que están metidos y comprometidos con este proyecto. También porque vi a un cuerpo técnico que fue muy castigado, pero que tenía las cosas claras. Entonces, yo deseaba que Argentina sea campeona para que se silencien esas voces ¡No sabés cómo disfruté ese título! Hacía años que no tenía tantas ganas de ver a una selección argentina campeona de nuevo, porque sabía que se venía una ola de críticas. Es un equipazo, que seguramente nos dará un montón de alegrías más en el futuro.

Recientemente terminaron los Juegos Olímpicos de Tokio, pero vos estuviste en los de Seúl en 1988, ¿qué recuerdos tenés de aquella participación?

—Fue hermoso. Si bien nosotros estábamos concentrados en un hotel a las afueras de la Villa Olímpica y no teníamos una convivencia con el resto de los atletas, era muy lindo cruzarse con los deportistas de basquet, hockey, voley, tenis… Son días en donde se unen todos los atletas del mundo y también podías estar cerca de los mejores del planeta como Ben Johnson, Steffi Graff o la propia Gaby Sabatini. Es muy raro que estén todos juntos por unas semanas. Lo que más recuerdo es el aguante que nos hicieron los muchachos del vóley (NdA: fue la selección que ganó el bronce con figuras de la talla de Hugo Conte, Daniel Castellani, Waldo Kantor y Carlos Weber, entre otros). Era toda una delegación como si fuera el mismo equipo.

¿Y te acordás de alguien en particular que te haya llamado la atención?

—Cuando veíamos a los yugoslavos, los rusos o los norteamericanos del básquet y a los que participaban de las pruebas de atletismo no podíamos creer el físico que tenían. Nos preguntábamos de dónde habían salido esos monstruos ¡Eran esculturas!

Y ese equipo integrado por Comas, Alfaro Moreno, Miguel Russo, Monzón, Fabbri y Hernán Díaz, entre otros, quedó afuera con Brasil…

—Y las transmisiones las hacía Marcelo Tinelli (risas). Pasaron muchos años. Parece que fue en otra vida, pero nos tocó defender la camiseta argentina y lamentablemente no se nos dio.

A lo largo de tu carrera tuviste a grandes entrenadores, ¿qué adoptaste de cada uno?

—A la hora de trabajar, me refiero a la metodología y no al sistema, creo que Bilardo fue el técnico que más me aportó. Carlos tenía eso de formar con línea de tres, de cuatro, con dos o tres puntas, con un cinco solo, con doble cinco… Analizaba mucho al rival y te preparaba muy bien para cada partido. Hoy como entrenador intento ir por ese lado. Obviamente que tuve a grandes entrenadores como el Pato Pastoriza, el Coco Basile, Enrique Meza, que es un mexicano que me encantó, pero en el 2013 me fui al Real Madrid para conocer a Mourinho y también me dejó muchas cosas. Era ese plantel que tenía al Pipita Higuaín, a Di María y a Cristiano Ronaldo. Y me dio muchos conceptos que hoy me sirven para ejecutar en el día a día. De todos modos, creo que el mejor de todos fue Bilardo, y fue el que más me enseñó.

¿Cómo fue ese encuentro con Mourinho? ¿Qué consejos te dio?

—Estuve 10 días en donde compartimos muchas comidas. Me llamó la atención, porque todo el mundo decía que era muy duro con sus jugadores y que tenía un carácter muy fuerte, pero cuando lo conocí me di cuenta de que tenía una relación excelente con sus dirigidos. Los futbolistas lo adoraban y eso me llegó mucho. Dije: “¡La puta madre!” Pensaba que era un tipo muy duro por los prejuicios y entendí que no había nada de eso. Cuando veía los entrenamientos no podía creer la estructura de trabajo que tenía. Además, los lugares son fantásticos, desde el complejo deportivo hasta la indumentaria que utilizaban. Uno aprendió mucho en ese tiempo al lado de la calidad de esos deportistas. Creo que me potenció mucho como entrenador.

Recién dijiste que el mejor fue Bilardo, y también estuviste con él en dos ediciones de la Copa América antes del Mundial de Italia, ¿te arrepentís de haber renunciado a la Copa del Mundo de 1990?

—Para mí fue el mejor, pero creo que ahí se equivocó. Yo en ese momento estaba atajando en el Logroñés y había sido elegido el mejor arquero de La Liga de España. Cuando me convocó, me dijo que el primer partido del Mundial no lo iba a jugar y eso me quitó la ilusión. Hoy como entrenador, si hubiera estado en su lugar, no convocaría a los jugadores diciéndoles si van a ser titulares, sino que armaría una lista para después tomar las decisiones. Creo que fue un error, porque él sabía que yo ya no era el pibito del 86 con 18 o 19 años. Ya tenía un recorrido importante en Europa y preferí no ir a lo que hubiera sido mi cuarto Mundial (NdA: también hace referencia al juvenil de 1983 en México).

Y en esto que hablamos al principio de la adaptación, Logroño es un pueblo muy chico, ¿cómo fue tu vida durante esa temporada?

—Yo estaba con Alzamendi, porque Ruggeri ya se había ido. Me habían dado un sexto piso frente a Las Gaunas (el estadio) y a unos 6 kilometros tenía las sierras que eran increíbles. Fue una tranquilidad hermosa antes de volver a Independiente.

Y en el Rojo viviste una de las etapas más gloriosas del club.

—Es que ese equipo fue fantástico. El club, la historia y la camiseta roja furiosa está tatuada a fuego en mi vida. Es el lugar que amo y el escudo que quiero volver a tener en mi pecho. Sé que va a pasar, porque en algún momento llegará esa oportunidad, pero hoy mi presente es Sol de Mayo, donde estamos felices por ganar el clásico y pelear por el ascenso. Como no sé lo que pasará en el futuro, doy lo máximo en el presente.

Te noto convencido de que en el futuro vas a dirigir a Independiente.

—Es el club que amo, pero tendré que seguir esperando. Ahora estoy contento porque Julio (Falcioni) está haciendo muy bien las cosas. Lo que pasará mañana es algo que estoy esperando y están esperando los hinchas.

Luis Islas
Luis Islas es uno de los últimos ídolos del club de Avellaneda

Históricamente Independiente era una de las potencias del continente y en los últimos tiempos no logra afianzarse en la pelea por los títulos, ¿sentís que hubo un quiebre en la historia del club?

—Hoy veo a un grupo de jugadores y a un cuerpo técnico que están dando el máximo de sus posibilidades. Les deseo lo mejor, pero lo que veo de afuera, lo que escucho y lo que leo, es que la parte de la dirigencia no me gusta nada. Hay una realidad: la Comisión Directiva no es buena, porque para mí Independiente es una familia. Las cosas salían bien cuando los utileros, los socios, los médicos, los dirigentes, los juveniles, los jugadores, el cuerpo técnico, los hinchas y todos los que son parte luchan por el mismo objetivo. Hoy eso no pasa. Y me parece que Independiente no se merece eso. Por esa razón, cuando el socio tenga la posibilidad de ir a votar, deberá pensar en manos de quién deja el club.

¿Sos optimista o creés en las dificultades que se puedan generar ante un posible cambio?

—Soy sincero y cero político. Para mí Independiente es otra cosa: es el hincha, el socio, la historia, la camiseta… Cuando yo entro al club se me infla el pecho de alegría y de emoción. Pero en el último tiempo esto no pasa. Hoy respeto la decisión que tomaron los socios en las últimas elecciones, pero creo que en el futuro deben pensar quiénes son los que están gestionando a la institución. Es fundamental analizar el presente, para que los resultados se den mañana.

Y capaz en ese momento te encuentres dirigiendo a Independiente.

—Ojalá. Ese día será una jornada fantástica e inolvidable. Cuando vuelva me voy a emocionar mucho, porque tengo claro lo que es Independiente. Esa es la gran diferencia que uno le marca a cualquier otro, porque conozco el club, sé interpretar a su gente y tengo un sentido de pertenencia que me prohíbe fallarle al hincha.

Tan relacionado estás con el Rojo que protagonizaste una publicidad en la que hay una linda cargada a Racing.

—(Risas) Siempre fui muy respetuoso y no tengo nada en contra de Racing. Jamás dirigiría ahí por respeto al hincha de Independiente, pero lo de la gente de Cinzano me pareció una humorada que forma parte del folclore del fútbol. Tiene picardía, no hay agresividad y está muy bien pensada. Me encantó hacerla y estoy dispuesto a hacer algo parecido en el futuro.

Y justo contra Racing te pasó lo mismo que vivió Peter Shilton con Maradona en el Mundial, ¿qué siente un arquero cuando le convierten un gol con la mano?

—Está bien la comparación, pero hay una diferencia muy grande: la de Diego no la vio nadie y hasta el día de hoy Bilardo insiste en que fue con la cabeza. La del Turco García la vieron todos los que estaban en el estadio, salvo (Juan) Bava y (Javier) Castrilli. Fue muy alevosa. Lo de Diego fue una picardía que se bautizó como La Mano de Dios y la del Turquito, a quien considero un monstruo y adoro, fue descarada y terminó diciendo que fue la de Castellani. Me acuerdo que cuando hizo ese gol, nosotros fuimos directamente a encarar a los árbitros, pero ese día se ve que tenían que ponerse los anteojos negros.

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