Cuentos y relatos – Marca de un pasado: un rayo cruzó el cielo, firme en su estallido

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Un nuevo morador llegó al pueblo. Un hombre de rasgos duros, de alta estatura, un poco corvo por esa razón, rubio, su piel un poco colorada. Su esbeltez le daba un porte de señor respetable, educado, respetuoso, pero esquivo y desconfiado.

Él desconfiaba de las personas y todo era raro en su accionar. Pero se le respetaba.

Le molestaban mucho la luz y los ruidos fuertes. Él huía a todo es. En cierta forma, creo que todos sentían lo que le sucedía, desde luego era muy comprensible.

Una noche, Roque (que así se llamaba este señor) caminaba alrededor de la plaza y de pronto se desató una tormenta con mucho viento y truenos; los relámpagos parecían tocar la tierra, y la gente vio al buen hombre cómo, cubriéndose la cabeza con ambas manos, corría con desesperación, corría, tropezaba, volvía a correr hasta llegar a su casa, encerrarse y no verlo salir por varios días. Querían ayudarlo, pero primero debían saber de su tormento.

Una tarde, un niño lo vio entrar a la Capilla, y lo siguió con la intención de buscar su amistad. Roque se arrodilló y comenzó a hablar en voz alta. Claro, el niño, por no interrumpirlo, se arrodilló en el banco de atrás y escuchó a medias lo que Roque balbuceó, pero entendió, sí, entendió lo que ese hombre sufría, y se retiró lentamente. Y calló.

Sus padres vieron que la actitud de su hijo cambiaba. El niño cabizbajo y triste se dirigió a la escuela, una y otra vez. Quería visitar al hombre, pero no se animaba decirles a sus padres, ni tampoco llegar hasta esa casa ¿Qué le diría? ¿Y si no le gustaba que le hicieran preguntas? Solo quería ayudar.

Pero en otra noche de tormenta, el niño cruzó la calle para acompañar a Roque, sin embargo, Roque no estaba. Fue entonces a su casa y habló con sus padres y les contó, quería que salieran a buscarlo, pero Roque nunca más se vio.

Pasaron unos meses y en la escuela dos de sus compañeros tuvieron una diferencia, y comenzó la pelea, y este niño les dijo: “La violencia enferma el alma de los hombres, comienza muy de a poco pero cuando está, es muy grande y ya no hay como enmendarlo, nada justifica dañar a otro porque lo único que se consigue es soledad, confusión y muchos miedos”.

Todos quedaron asombrados, y su maestra le preguntó por qué había dicho algo tan de adulto, cuándo lo pensó y por qué. El niño no contestó, se fue a su casa recordando lo que Roque confesó en la capilla y pensó que nunca se lo diría a nadie. Roque era un buen hombre, pero la vida le jugó una mala pasada, y en las noches de tormenta se preguntaba por él. Y las tormentas eléctricas comenzaron a asustarle…

 Norma Morell

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