Estela de Carlotto, a siete años del primer abrazo con su nieto Ignacio: “Con él también regresó mi hija Laura”

Ignacio y Estela el 5 de agosto de 2014, el día de la presentación del nieto 114: un abrazo que esperó 36 años (NA)
Ignacio y Estela el 5 de agosto de 2014, el día de la presentación del nieto 114: un abrazo que esperó 36 años (NA)

El rumor había comenzado a correr la mañana del 5 de agosto de 2014. Un susurro que circulaba y se expandía entre pasillos de Tribunales, de redacciones de medios, en oficinas de gobierno. “Apareció el nieto 114. Y es el nieto de Estela”, eran los mensajes que volaban de celular a celular. Casi al mismo tiempo, Estela de Carlotto escuchaba la novedad en el despacho de la jueza María Romilda Servini. La habían llamado a su casa de La Plata y le pidieron que viaje, urgente, hasta Buenos Aires. La jueza le dijo: “Tengo una linda noticia para darte: es tu nieto”. Unas horas más tarde Carlotto se juntó con toda su familia, la de sangre y la de Abuelas de Plaza de Mayo, y confirmó en una conferencia de prensa lo que ya se festejaba en las calles como un triunfo en un Mundial. “Yo lo que quería era no morirme sin abrazarlo”, soltó ella ante cámaras y micrófonos de todo el mundo, con una sonrisa que no le entraba en la cara, bajo un estado de emoción y alivio inconmensurables.

Fue en agosto también, pero el día 24 del año 1978, cuando un policía de una comisaría bonaerense de Isidro Casanova le comunicó que su hija Laura estaba muerta, después de nueve meses de secuestro. Los terroristas de Estado la habían capturado en Capital Federal, embarazada de dos meses y medio. Estela sabía que había un nieto. Por eso cuando el policía le dijo lo que le dijo, ella preguntó qué hicieron con el bebé. Y esa pregunta se mantuvo durante 36 años, tomó cuerpo, se hizo lucha, se transformó en símbolo, en pañuelo. Guido, como Laura lo había nombrado antes de ser asesinada, debía estar en algún lado. Guido y otros tantos nietos buscados, necesitados, reclamados, que habían sido robados, entregados, apropiados y a quienes les habían mutilado su identidad.

Ignacio Montoya Carlotto Estela Carlotto
Ignacio y Estela en julio, en el cumpleaños de Claudia

Todavía vibra en su cuerpo, en sus manos, en sus labios, la alegría de aquella tarde. Estela recuerda las palabras de la jueza Servini y vuelve a sentir los movimientos de su alma cuando vio y abrazó por primera vez a Ignacio, en la casa de su hija Claudia, un día antes de que lo conociera el resto del mundo. “Mi nieto tan querido, tan buscado. Me costó 36 años de caminar junto a mis compañeras. Cada nieto que encontramos era un triunfo de todos. Yo tenía mucho optimismo y siempre estaba pensando cuándo tendré la dicha de verlo, de conocerlo, de todo lo que lo he soñado. Y pasó”, sonríe Estela en una charla con Infobae, horas antes del festejo que repite desde 2015.

“Yo celebro. Cada 5 de agosto para mí es celebrar también que volvió Laura. Con él regresó mi hija, hay gestos, formas y actitudes que son de ella, del hijo. Tenemos cada más linda relación”, cuenta con el tono que cualquier abuela usaría para hablar de su nieto.

Claudia Carlotto, titular de la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad, hija de Estela, hermana de Laura y tía de Ignacio, recuerda que fue un shock la noticia de aquel día de invierno de hace siete años. María Belén Rodríguez Cardozo, por entonces presidenta del Banco Nacional de Datos Genéticos, debía avisarle a ella, por razones de orden institucional, del resultado del ADN de Ignacio pero fue al juzgado de Servini, que llevaba la causa judicial por el secuestro y la muerte de Laura.

Ignacio es hijo de Laura Carlotto y Walmir Oscar Montoya: su madre dio a luz en cautiverio y luego fue asesinada durante la última dictadura militar
Ignacio es hijo de Laura Carlotto y Walmir Oscar Montoya: su madre dio a luz en cautiverio y luego fue asesinada durante la última dictadura militar

La preocupación de la Conadi, que suele ser hermética con la información de los nietos restituidos tanto como de quienes están buscando su identidad, era que Ignacio se enterara por los medios a partir de una filtración involuntaria en Tribunales. Hubo estrés e incluso algunos cruces de palabras fuertes de Claudia hacia Servini porque ella sentía que las circunstancias la obligaban a tener que alterar el protocolo y comunicarle la novedad a Ignacio, que estaba en Olavarría, por teléfono. No sólo que era hijo de desaparecidos, sino que era su sobrino, el nieto de Estela.

Claudia recuerda que mantuvo la frialdad circunstancial para decírselo. Ignacio, que ahora la llama su “vicemamá” le asegura que le hablaba nerviosa. “Estábamos todos tan emocionados, tan nerviosos, locos, creí haber conservado la compostura porque lo llamé como a cualquier otro chico después de que mi mamá me llama desde el despacho de Servini, ella estaba en una situación de extrema felicidad y extremo estrés”, relata Claudia.

Claudia estaba en Buenos Aires. Así que fue hasta la sede de Abuelas y con sus hermanos, algunos hijos y sobrinos y otros referentes de la organización llamó a Ignacio. “Hice el papel de la directora de CONADI los primeros cinco minutos. ‘¿Hola, Ignacio?’ y él ‘Sí, soy yo’. Y le dije ‘Bueno, yo soy directora de Conadi, Claudia Carlotto y tengo que comentarte que han llegado los resultados de tus estudios de ADN y te llamo por teléfono porque sé que vivís lejos, pero esto lo hago personalmente. La verdad que quisiera comentarte que el examen dio positivo, que sos hijo de desparecido’”.

Entonces a Ignacio le salió una onomatopeya. “Epa”, le respondió. Y Claudia siguió: “Además tengo que darte la información de que sos el nieto de Estela, y además sos mi sobrino”. En Abuelas todos escuchaban la conversación agarrados de las manos. Algunos lloraban, otros contenían las lágrimas.

“Pero caramba”, respondió Ignacio y pidió “un ratito”.

“Todos estamos queriendo verte, llamame”, cerró Claudia. Y a las pocas horas Ignacio Montoya Carlotto llamó y avisó que al otro día iba a conocerlos. Todo lo que pasó luego es sabido. La foto de abuela y nieto abrazados, mejilla con mejilla, con la misma sonrisa, los flashes, las lágrimas, las tapas de los diarios. El mundo hablaba de este reencuentro, igual a los 113 anteriores pero diferente.

Fue tocar el cielo con las manos. Mi hermano Kibo (Guido), dijo ‘siento como si me hubiera tragado de suavizante Vívere’”, ríe Claudia, y amplía: “Después de todo era poco posible que lo encontremos. Es mucho trabajo pero es algo que uno pensaba, si lo íbamos a encontrar, si vivía, si estaba en el extranjero. No es solo conocer a un sobrino. Él era el pródigo, el perdido, el que todos buscamos todo el tiempo”.

Ignacio nació el 26 de junio de 1978, fue apropiado y entregado a una familia de campesinos en Olavarría (Guille Llamos)
Ignacio nació el 26 de junio de 1978, fue apropiado y entregado a una familia de campesinos en Olavarría (Guille Llamos) (Guillermo Llamos/)

El 6 de agosto Claudia, sus hermanos, sus hijos y sobrinos y Estela se juntaron en una casa familiar en Gonnet. “Desde el día que lo vi lo quise con el alma”, cuenta la tía, dos años menor que Laura, que hoy tendría 66. Pero el proceso no fue el mismo para los Carlotto que para Ignacio, un pianista criado en el campo cuyo nombre, historia y rostro de repente conocía todo el mundo.

Para Ignacio fue un trabajo profundo y doloroso asimilar la nueva identidad, la nueva vida, un pasado que se acoplaba al que había tenido durante 36 años en una ciudad del interior bonaerense donde todo el mundo lo conoce como Pacho.

“En el nombre se juega mi concepto de lo que entiendo es la construcción de mi identidad. Una decisión mía, una postura. Primero una cuestión casi de costumbre. Soy Ignacio, qué va a hacer. Yo me autopercibía Ignacio y me resultaba muy extraño cambiarlo, no así el apellido. Era algo que podía pasar cuando lo veía escrito ‘Montoya Carlotto’”, explicó el hombre, nacido en cautiverio en junio de 1978, padre de una niña de 5 años, en una entrevista hecha el mes pasado con Ernesto Tenembaum y María O’Donnell. Para Ignacio, llamarse Guido era una carga, una decisión que podía tapar todo lo anterior.

“Estela me dice Pacho, como me dicen mis amigos. Y está bien para mí también. Sabía que era muy fuerte para Estela. Le dije ‘llamame como quieras’. Ella me dice ‘no te voy a llamar como vos no quieras, te voy a llamar como vos quieras’. Y nos pusimos de acuerdo”, contó Ignacio, quien en una breve charla con Infobae explicó que hay dos fechas en las que prefiere mantener un bajo perfil supremo: el 5 de agosto y el 24 de marzo.

Me dolió un poco porque es el nombre que le puso la madre, en la pancita era Guido. Pero lo respeté. Respeto el cariño que le tiene a los que lo criaron, lo criaron bien dentro del delito que cometieron”, comenta Estela.

“Ella no entendía que no pudiera aceptar el nombre que le puso su madre pero lo fue entendiendo y Pacho fue muy inteligente porque hizo un gran esfuerzo para que mi mamá entendiera”, agrega Claudia.

Ignacio sabe que ser el nieto de Estela es una gran responsabilidad muy difícil de llevar. Por las expectativas que genera esa posición, ha confesado que siento que nunca va a estar a la altura, impactado por la “reverberación” que antes no tenía su presencia.

Estela y Laura, abuela y mamá de Ignacio
Estela y Laura, abuela y mamá de Ignacio

“Enterarte a los 36 años que tus padres no son tus padres de esa forma. Hay otros padres que no conocés y querés hacer una relación afectiva que no podés. Relacionarse con su familia, y la cuestión pública, la presión de ‘ser Guido’, de ser algo. Eso no estaba en mis planes”, le dijo a CNN Español Montoya Carlotto.

Hubo un tiempo en el que a Ignacio le resultó difícil emparejar la idea de que los padres que lo criaron podrían ir presos por su apropiación. Vivió la paradoja de que era inevitable que Estela los denunciara a la Justicia y la recuperación de su identidad. “En esta historia hay demasiados dolores. Tengo que entender que a todos les duele algo. Es una tragedia que nos pasó por arriba. En ese sentido no hay un final feliz, hay una convergencia, vemos cómo salimos, con lo que tenemos a manos. Ya demasiado pasó. Hay cosas que no se pueden evitar. No se puede evitar el camino de la Justicia”, consideró Ignacio, quien tuvo que aprender a relacionarse con sus padres biológicos muertos, asesinados, desde otro lugar: conocerlos sin el velo de la trascendencia pública, conocer las personas detrás del símbolo.

Para Estela también fue movilizante. El día que se anunció la recuperación del nieto 114 se juntó gente en la sede de Abuelas de manera espontánea. Tuvo que salir al balcón a saludar. En un viaje al País Vasco, la mujer que la trasladaba en la silla de ruedas que usa para moverse en las distancias impersonales de los aeropuertos le preguntó a Estela a qué se dedicaba, cuando ella le dijo que era la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo la mujer frenó la silla y se puso delante de su cara. “¿Usted es la abuela de Guido?”, le preguntó con un grito. Nieto y abuela fueron recibidos por la ex presidenta Cristina Fernández, invitados a Ecuador por Rafael Correa y al Vaticano por el Papa Francisco.

Ignacio junto a sus abuelas biológicas Estela, Hortensia y su tía Claudia
Ignacio junto a sus abuelas biológicas Estela, Hortensia y su tía Claudia

Pacho está seguro que volvería a pasar por el momento de la inquietud junto a su pareja Celeste, de llevar sus datos genéticos a la Conadi, de saber que es quién es, a pesar de toda la revolución interior y exterior que provocó. Claudia y Estela ven en Ignacio rasgos de los Carlotto. Estela dice que se parece físicamente al padre, Walmir “Puño” Montoya (25 años, desaparecido en 1977, cuyos restos fueron identificados en 2009), pero también a ella, y que tiene cosas del carácter de Laura, su mamá.

“Yo estoy para mimarlo, para abrazarlo, escucharlo, respetarlo completamente. Es bueno saber que los encuentros llegan”, dice Estela, que a sus 90 años defiende la costumbre de cocinarles a sus hijos, nietos y bisnietos, entre los que está Lola, la hija de Ignacio y Celeste, la niña que llegó hace 5 años para, de alguna manera, cerrar un círculo.

“Lola es increíble, con sus preguntas inocentes y la explicación amorosa de sus padres se encargó de acomodar todo”, dice Claudia, a quien la niña la llama TAM, por Tía Abuela Madrina. Lola les pidió a sus padres que le pongan en su habitación un retrato de sus abuelos Laura y Puño.

La bisabuela se enternece cuando aparece Lola en la charla. “¡Sí! Los saluda a los abuelitos. Eso lo logró Pacho. Es un proceso y él ha sido la víctima, como lo hemos sido todos”, comenta Estela, que suspira y con el aire exhala su satisfacción: “Estoy muy feliz y muy orgullosa de estos siete años. Ignacio es bueno, es una buena persona, un excelente músico. Con su llegada yo rejuvenecí 20 años, tengo la alegría de la familia completa. Esa búsqueda del amor”.

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Fuente: InfoBae

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