Cuentos y relatos: Cuidado con las palabras

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Imagen: Daniel Colombo.

Todo lo que comienza, siempre tiene un fin. En este caso, las palabras mal empleadas.

Cierto día, conversando con un “señor”, se instaló en nuestro diálogo el tema campo-ciudad. Y bueno, las tan nombradas diferencias salieron a relucir. Claro, el campo marca una diferencia con la ciudad.

Este buen señor, decía que nuestros antepasados se fueron del campo a vivir a la ciudad porque estaban cansados de pisar bosta, de tener que bombear para sacar agua, y, que en la ciudad, con solo abrir una canilla, etcétera, etcétera y nombraba otras comodidades referidas al “confort”.

Desde luego, como buena campesina y conociendo la vida de campo, le expresé que los niños del campo reciben otra educación, ni mejor ni peor, distinta.  Fuimos creciendo con una cultura del trabajo, del respeto, de los sentimientos. Eso se aprende en la casa (sabiendo que otros fueron los motivos para “dejar” el campo).

Y esto vino al caso para que pensara: ¡Qué lejos quedaron las familias unidas!, la mesa de los domingos. Creo que todo se disolvió como un castillo de arena.

Despacito, los hijos comenzaron a ir de vacaciones solos o con amigos (no necesito aclarar cómo era años atrás). Después los estudios; algunos, los menos pudientes, se quedan en el país y otros, parten a otros países en busca de futuro, y tengo que reconocerlo. Pero las familias se desarman, y cuesta habituarse a estar solos antes de tiempo.

Por eso digo que a veces las palabras mal empleadas duelen y digo porque los dolidos, las tragamos. Una persona adulta, medianamente sabe cómo se vive lejos de los afectos. Yo solía observar a papá, sentado, pensativo, e imaginaba que extrañaba mucho su terruño, solo él sabía cuánto.  Hubiese sido muy cruel decirle que “ahora era mejor”.

Pero como siempre digo “no hay mal que por bien no venga”; aquél diálogo me dio lugar a expresarme en papel, y por prudencia, las respuestas que pude dar en ese momento, me las guardé.

                    Norma Morell

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