El día que Napoleón se rindió a los ingleses y fue engañado: en vez de ir a Estados Unidos, su destino fue morir en una isla perdida

Napoleón Bonaparte
Napoleón Bonaparte demoró en aceptar que ya todo estaba perdido y decidió abdicar en favor de su hijo, decisión que no fue respetada. Comenzaba a pagar el precio de la derrota.

En su despacho, mientras despotricaba contra sus oficiales por los incomprensibles errores cometidos en los campos aún humeantes y sembrados de cadáveres de Waterloo, Napoleón recibió la noticia que nunca hubiera querido escuchar: lo obligaban a abdicar. Demoró menos de un día para convencerse, aunque de mala gana, que era la salida que le quedaba. “He hecho por Francia todo lo que he podido”, dijo resignado. Proclamó a su hijo bajo el nombre de Napoleón II y esperó que las Cámaras designasen un regente. “Deseo que mi abdicación pueda traer la felicidad a Francia, pero no lo espero; mi abdicación deja al Estado sin jefe, sin existencia política. Recomiendo mi hijo a Francia; espero que ésta no olvidará que solo por él he abdicado. También he hecho este gran sacrificio por el bien de la Nación: sólo con mi dinastía puede ésta ser libre, dichosa e independiente”. Pero el Parlamento y los borbones tenían otro proyecto en mente, que lejos estaba de perpetuar su dinastía.

Los planes del derrocado era irse a Norteamérica. Pretendió que el gobierno pusiese una fragata a su disposición. Pero el ninguneo que intuía en París lo hizo caer en la cuenta que no estaba en posición de exigir y que el gobierno lo quería lo más lejos posible. Debió alejarse de la capital del país y se refugió a doce kilómetros de París en la Malmaison, la finca de 60 hectáreas que su esposa Josefina había comprado en 1799 y que tan buenos recuerdos le traía. Josefina era cinco años más grande que él, tenía dos hijos y viuda de un marido que había sido guillotinado por los jacobinos. Allí había fallecido en mayo del año anterior cuando Napoleón ya se había divorciado de ella y se había casado con la archiduquesa María Luisa, con el fin de buscar descendencia.

Durante dos días caviló sobre qué hacer. Cuando preguntó quién lo acompañaría a lo que imaginaba un exilio del otro lado del Atlántico, salvo un par de fieles, solo recibió evasivas.

Waterloo
En Waterloo, Bonaparte sería definitivamente derrotado por una importante coalición de países.

Cuando se enteró que el enemigo estaba a las puertas de París se ofreció ponerse al frente del ejército no como emperador sino como un general más para defender el país. “Prometo, a fe de soldado, de ciudadano y de francés, partir para América, a fin de terminar en ella mi destino, el mimo día en que haya rechazado al enemigo”, rogó Napoleón quien había pasado en el campo de batalla la mayor parte de sus años de gobierno. Como respuesta le exigieron que se fuera. El gobierno francés le comunicó que ponía dos fragatas a su disposición y le prometió obtener pasaportes del duque de Wellington, los que nunca llegarían.

El 1 de julio de 1815 Gebhard von Blücher, comandante en jefe de las fuerzas prusianas en Waterloo -que lo despreciaba especialmente- había ocupado Versalles. Deseaba capturarlo vivo o muerto.

En Estados Unidos imaginaba cultivar la tierra y armar su regreso triunfal a Europa. En su entorno le advirtieron que obligarían a los norteamericanos a entregarlo. El respondió que en ese caso iría a México. Y si no fuera bien recibido había aventurado radicarse en Caracas o en Buenos Aires. La cuestión más apremiante era escapar de los ingleses.

Josefina
Josefina de Beauharnais, la primera esposa de Napoleón. El emperador decidió divorciarse porque no le dio descendencia. Ella moriría en 1814.

Sin embargo, creía que ellos lo tratarían de acuerdo a su jerarquía, porque Inglaterra “es grande, noble y generosa”. Pero no podía darse el lujo de caer prisionero en su propio país.

Su esposa María Luisa ya había ido a su país con el hijo de ambos. El 29 de junio, antes de partir de la Malmaison les dijo adiós a los suyos y tuvo un tiempo para pasar por la habitación donde había fallecido Josefina. Luego se despidió de su madre, se vistió con un pantalón azul, una levita marrón, botas de montar y un sombrero redondo de ala ancha. El, que siempre había cuidado hasta el detalle su imagen pública y que contrataba a los mejores retratistas, deseaba pasar desapercibido. Aún no lo sabía pero se iba para siempre.

En una calesa cerrada tirada por cuatro caballos, se dirigió a Rochefort, frente a la costa atlántica, donde se ilusionó con embarcar hacia el otro lado del mundo. Pero el pasaporte no llegaba. Y las alternativas se sucedieron. Por qué no abordar ese bergantín que estaba a punto de zarpar con una carga de aguardiente. Había otros dos barcos listos para hacerse a la mar y hasta se sondeó a un capitán danés. Le sugirieron escabullirse en una corbeta francesa que estaba anclada cuarenta kilómetros al sur. Desechó todas las ideas y perdió un tiempo valioso.

Malmaison
El castillo de Malmaison fue donde Napoleón se refugió los últimos días que pasó en Francia, antes de partir hacia el puerto de Rochefort, de donde esperaba viajar a Estados Unidos.

Algunos militares incondicionales lo instaron a ponerse al frente de un ejército. Contarían con la división de Emmanuel de Grouchy, más diez mil hombres acantonados en Bourdeos, además de dos batallones al mando de Michel Brayer. Pero Bonaparte estabas cansado. Intuyó que ponerse al frente del ejército desencadenaría una guerra civil. “No quiero oír hablar más de política; quiero el reposo, quiero ir a América”.

Pero entre tantas idas y vueltas, el buque inglés Bellerophon, de 74 cañones entró en la rada de Rochefort. Y bloqueó el puerto.

En Inglaterra, debatían qué hacer con él. Algunos querían tomarlo prisionero y fusilarlo inmediatamente, opción que se descartó; dejarlo ir a Estados Unidos tampoco fue una opción.

Frederick Lewis Maitland, el capitán del Bellerophon recibió de Napoleón las siguientes líneas: “Alteza Real, víctima de las facciones que dividen mi país y de la enemistad de las más grandes potencias de Europa, he terminado mi carrera política, y vengo, como Temístocles, a buscar amparo en el hogar del pueblo británico. Me pongo bajo la protección de sus leyes, que reclamo de Vuestra Alteza Real, como del más poderoso, más constante, y más generoso de mis enemigos”. Como respuesta al portador de la carta, el capitán respondió que “Napoleón recibirá en Inglaterra todas las consideraciones debidas a su persona; nosotros somos generosos y democráticos”.

Frederick Maitland
Frederick Maitland, el capitán del Bellerophon fue ante quien Napoleón se entregó, pensando que obtendría asilo y que no se convertiría en un prisionero.

Y con esas palabras, sin un documento firmado, Napoleón confió y en la mañana del sábado 15 de julio de 1815 subió a bordo vistiendo su uniforme. “Vengo a ponerme bajo la protección de su príncipe y sus leyes” le dijo al capitán Maitland quien, luego de tenerlo como pasajero, confesaría que nunca había conocido a una persona tan simpática y agradable. Le cedió su camarote. El marino dejó unas interesantes memorias “La rendición de Napoleón”, en donde narra detalles de la permanencia del corso en el Bellerophon.

El 24 de julio el Bellerophon entró en Torbay, en Devon y se le comunicó la peor noticia: no podría desembarcar ni continuar viaje a los Estados Unidos. Al día siguiente partieron hacia Plymouth. Permaneció a bordo hasta conocer el pronunciamiento del gobierno inglés. Mientras tanto hablaba solo con aquellos marineros que le respondían en francés. A partir que un marinero había arrojado una botella con el mensaje de que Napoleón estaba a bordo, cientos de embarcaciones rodearon la nave, solo para verlo. El emperador derrocado se recluyó en su camarote y solo se dejaba ver de a ratos. En una oportunidad, cuando lo descubrieron en el puente de la nave, los curiosos descubrieron sus cabezas en señal de respeto.

Al cuarto día de su llegada, recibió un pliego del gobierno inglés, en el que le comunicaban que no podían dejarlo libre porque podría peligrar la paz en Europa. Se decidió restringir su libertad personal y que para ello sería conducido a la isla de Santa Elena. Se le permitió designar, como sus acompañantes, a tres oficiales, un médico y una docena de asistentes.

Napoleón Bonaparte
Longwood House, la granja que debió ser acondicionada para alojar a Napoleón y a sus acompañantes en la isla de Santa Elena. Allí moriría el 5 de mayo de 1821.

Fueron en vano sus protestas. Que se habían violado sus derechos, que se había entregado voluntariamente, que no era un prisionero de Inglaterra, sino su huésped. Que si todo era parte de una trampa se obró contra el honor “y degrada su pabellón”, que había recurrido al país contra el que había hecho la guerra durante veinte años a pedir asilo bajo la protección de sus leyes.

Los ingleses le confiscaron su equipaje y su dinero y durante diez días permaneció a bordo en la rada en Plymouth. A principio de agosto lo pasaron a la fragata Northumberland y se puso proa al Atlántico. Era un prisionero.

Su destino era la isla volcánica de Santa Elena, ubicada casi a mil millas de la costa de Angola y más del doble de la de Brasil. La idea de alojarlo en el medio del Atlántico fue de Robert Jenkinson, Lord Liverpool, primer ministro británico. Escapar era imposible. Para Bonaparte no era un lugar desconocido ya que en el pasado había pensado en tomarla para cortarle el paso a los ingleses.

Apenas desembarcó en Jamestown, Napoleón comprendió todo. El sabía lo que era estar exiliado en una isla, como fue la de Elba, pero Santa Elena era distinto. Lord Henry Bathurst, secretario de Guerra y Colonias, fue el primer encargado de su seguridad y custodia, ocupaciones que se tomó con especial celo por el rencor que sentía hacia él. Luego esa tarea le correspondió al implacable irlandés Hudson Lowe, quien le haría la vida imposible.

A los que lo acompañaban les confesó de su error por haber confiado en los ingleses, y que hubiera preferido morir a ser encerrado en esa isla horrible.

El que había sido dueño de Europa ahora sí había sido derrotado para siempre.

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Fuente: InfoBae

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