Liebig, el pueblo que llamaban “la cocina más grande del mundo”, se derrumbó y hoy quiere ser un shopping a cielo abierto

Liebig
La fábrica, un gigantesco matadero donde «sólo se desperdiciaban los mugidos». En 1922 se llegaron a faenar 216 mil cabezas de ganado vacuno.

“Liebig nunca fue Liebig”, dice una vecina en una tarde de sol mientras se sienta en la antigua estación de tren, planteando un enigma histórico que a pocos parece importar en la rutina pueblerina de silencio, sosiego y ecos de ladridos de perros.

A diez kilómetros de Colón, la vedette del río Uruguay, y a 330 kilómetros de Buenos Aires, en la entrada de Liebig asoma una chimenea y luego ladrillos, galpones gigantes, máquinas arrumbadas. Para el visitante ocasional se asemeja a la geografía perfecta de un pueblo fantasma, a la vera de la ruta. Al ingresar a Pueblo Liebig, la pequeña comarca parece seguir atada a su lejano esplendor de la célebre fábrica de extracto de carne cerrada a fines de los ´70. Pueblo Liebig, hoy con dos mil habitantes, era literalmente una criatura de la planta. Y, a 45 años de su derrumbe, todavía se siente como si un manto melancólico y letal cubriera las viejas casonas con patio y jardín.

Pero Liebig no había sido Liebig. Tierras vírgenes que, antes del desembarco de la fábrica, en 1903, se remontan al último cuarto del siglo XIX, poco después de que Urquiza fundara Villa Colón, actual ciudad cabecera del departamento. Allí existía un saladero llamado “O’ Connor” y luego renombrado como “Colón”, con un pequeño poblado en su órbita, el mismo que hoy recibe a los turistas cuando visitan las ruinas de un fenómeno único en la región, el que empezó en otro país, aquel que rebosaba de haciendas, saladeros y estancias.

Y entonces aparecieron los barcos frigoríficos, que permitían exportar la carne sin salar, y el famoso extracto de carne, que inventó un tal Justus von Liebig, químico alemán, y que permitía encerrar la potencia alimenticia de la carne en una lata. Los ingleses le compraron la patente e instalaron sus factorías por el mundo, en su expansión capitalista. Fundaron la Liebig’s Extract of Meat Company Limited. Y en el norte de Entre Ríos, a la vera del Uruguay, lo bautizaron Pueblo Liebig. Una ironía del destino: el químico alemán jamás pisaría el suelo entrerriano.

Liebig
El químico alemán Justus Von Liebig -que inventó el extracto de carne- tuvo su moneda simbólica en el pueblo que lleva su nombre, y en el que jamás estuvo.

“La cocina más grande del mundo”. Así lo nombraban los medios, considerando que hasta la década del ´50 en el frigorífico se faenaban 1.500 animales por día. La producción, en rigor, nunca paraba: entre el día y la noche pasaban 3.500 obreros. En poco tiempo, con la incorporación de los últimos adelantos tecnológicos, se llegó a la primera producción de extracto de carne y corned beef (carne enlatada). De forma paralela, se concretó la primera zafra con 60 mil cabezas de ganado vacuno y para 1922 alcanzó el récord histórico con 216 mil. “En Liebig lo único que desperdiciamos son los mugidos”, se decía en aquella época. Al extracto de carne, la producción principal, se sumó la elaboración de fertilizante orgánico a partir de los desechos de los animales.

El pueblo fue creciendo a pasos agigantados. Todo parecía idílico, como salido de un cuento que prometía armonía y prosperidad. Las casas de los obreros y los chalets de los directivos, el almacén, el consultorio médico, un centro comercial, la biblioteca, el correo y la escuela. Rápidamente se convirtió en la única comarca con desagües cloacales, algo novedoso para la época. En la zona de “los chalets” se construyó el “Mess”, una hostería para hombres, usada por lo general por empresarios, y la “Casa de Visitas”, una residencia de lujo donde, entre otros, estuvo el Príncipe de Gales cuando recorrió Argentina en 1925.

Además, se levantaron el Lawn Tennis y el Golf Club, lugares de esparcimiento para los directivos de la Liebig’s. Era una postal moderna en medio de los pueblos pequeños agrícolas y ganaderos del Litoral. Y así como las ganancias se hicieron portentosas, surgieron luchas gremiales para conseguir mejoras salariales y laborales, al tiempo que la empresa contrató abogados y policías pagos -los serenos- para coartar cualquier intento de protesta.

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El monumento al corned beef en la plaza de Pueblo Liebig. Esas latas son «el prócer» del lugar sin dudas.

Todas las comunidades aledañas vivían de la empresa, incluso uruguayos, cruzaban el río para ir a trabajar. Había una proyección internacional y, en efecto, miles de soldados en la Primera Guerra Mundial fueron alimentados con las latas de Liebig, por su gran cantidad de proteínas y vitaminas -de hecho, el inventor alemán, Justus Liebig, lo había creado como medicina: a los que estaban débiles de salud, en principio, les daba una cucharita del extracto de carne-. Tres muelles fueron construidos para ese fin: desde la fábrica, que tenía salida exclusiva al río, se embarcaban directo hacia Europa.

A diferencia de otros pueblos de provincia en el país, donde a lo largo del siglo XX empresas foráneas se habían afincado siendo especies de “pueblo dentro del pueblo” por sus colosales instalaciones, allí directamente la fábrica creó el pueblo. Se armó como si fuera el dibujo de una flecha, con los dueños y los gerentes en un lado, los barrios de obreros en otro, y en el medio la antigua manga, donde los animales desfilaban por todo el pueblo y terminaban en el frigorífico. Sangre, tripas y grasas: un descomunal matadero como maquinaria del progreso.

Ahora es la hora de la siesta en Liebig, el cielo está nublado y Gonzalo Vizental, de 35 años, llega con su camioneta a la puerta del enorme complejo donde funcionó el frigorífico. En el pueblo lo conocen como el dueño, y en rigor vive en donde se hospedaba la antigua gerencia. Saluda estrechando la mano y luego abre un candado de la entrada, enrejada con un cartel que reza “Prohibido pasar. Propiedad Privada”.

-Pasen, no tengan miedo -dice, vestido de entrecasa y con barbijo en boca, ante un par de perros que se acercan desde todos los costados.

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Gonzalo Vizental, a quiene llaman «el dueño», quiere reconvertir el lugar y hacerlo un centro cultural y turístico sobre el río Uruguay.

No hay vista panorámica que alcance a abarcar todos los galpones. La dimensión es colosal y el óxido le da un color anaranjado a las instalaciones, carcomidas por el paso del tiempo. Una especie de quieta y desmesurada presencia.

Entusiasta y atropellado, Gonzalo comenta que tiene varios proyectos para reactivar la fábrica, aunque no necesariamente como el antaño frigorífico. Ya había probado con algunos, como un Paintball que creó en la zona de la manga, pero no dio resultado. Luego puso un restaurante al lado de la fábrica y la pandemia lo frenó. Dice que en la actualidad alquila un par de galpones para que funcionen como aserraderos, bajo un mínimo de movimiento de camiones.

Camina a paso lento, cuenta la historia de su padre Juan Carlos Vizental y de su familia, los últimos -y actuales- propietarios de la ex fábrica Liebig. Un cementerio de turbinas, dínamos, calderas y paredes con humedad yacen a cada lado de lo que fueron los antiguos comedores de hombres y mujeres, el taller de herrería o el de carpintería, porque Liebig era un emporio que se satisfacía a si mismo.

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La costanera sobre el río Uruguay. Desde allí, directamente, los productos se embarcaban a Inglaterra.

Vizental y Compañía, de capitales argentinos, era competencia directa de Liebig por el dominio de los frigoríficos. En 1978, sin embargo, tuvieron la posibilidad de comprar las acciones de los ingleses -que habían cambiado el nombre de la firma a FRICOSA- ante el retiro de los anglosajones en un mercado que ya no los consideraba pioneros. Pero no pudieron hacer demasiado: el predio había perdido habilitaciones y conseguirlas era muy costoso. Los Vizental usaron las cámaras frigoríficas para guardar mercadería y el puerto para la entrada y salida de navíos. Algunos galpones para producir hojalata para sus latas de conserva. Y no mucho más. Al poco tiempo, lo cerraron.

-Queremos vincular el espacio del frigorífico con un centro multicultural. Visitas guiadas por la fábrica, la creación de un museo, un paseo de compras, un patio de comidas. Y un circuito turístico sobre la costanera, son 350 metros de acceso al río. Es decir, una suerte de shopping a cielo abierto en un lugar tranquilo y seguro -cuenta Gonzalo, uno de los herederos de la empresa Vizental, que más allá de la pandemia proyecta inaugurar esas actividades para este año.

Un pedazo de Inglaterra en medio de la pampa argentina, al borde del río Uruguay. Liebig como excepción. Algo curioso, porque en otros pueblos cercanos la inmigración había provenido de otras zonas de Europa, predominantemente piamonteses, franceses y suizos, tal el caso de San José, la primera colonia agrícola-ganadera de la región. Es la impronta, dice Gonzalo Vizental, que el proyecto intentará recuperar como paseo turístico.

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El arco de una de las posadas obreras de Liebig, que llegó a emplear a 3.500 trabajadores.

Gonzalo invita a pasar a una oficina desolada y fría donde se sienta en un sillón, frente a una computadora. El nombre que piensa para su centro multicultural es “La Fábrica”, como una suerte de vuelta a los orígenes. El proyecto está acompañado por funcionarios locales en un pueblo que recién hace dos años empezó a ser municipio. Ahora buscan defender el patrimonio histórico con la declaración de Pueblo Liebig como bien de Interés Industrial Nacional, además de resguardarlo como monumento arquitectónico. “La riqueza de Liebig está ligada directamente con la historia del frigorífico. Por eso queremos ser uno de los puntales del turismo histórico en la región”, dice María Jesús Caviglione, coordinadora de Turismo de la Municipalidad de Pueblo Liebig, quien acompaña esa tarde a Gonzalo en la recorrida por las ruinas.

Salvo por unos pequeños movimientos de sus habitantes, el resto de Liebig parece adormecido, recostado en una prolijidad que al mismo tiempo no deja de ser una imagen del tedio. Uno puede recorrer en soledad calles y plazas, detenerse ante las fachadas de las casas y reencontrarse con la postal de auge y decadencia de su historia. En la plaza principal, frente a una iglesia, se encuentra el monumento al Corned Beef, una lata gigante que representa el mayor símbolo de la comarca. Entre árboles y el aire fresco del Litoral, parece un tótem que cuida de las generaciones con aura sagrado.

A un costado, un panel con la inscripción “Pueblo Liebig” dice: “Recostada sobre el río Uruguay, Liebig seduce a disfrutar de la playa y la naturaleza. Liebig´s Extract of Meat Company Limited fue el punto de origen de la localidad que hoy en día sorprende con su extraña organización urbana. Se trataba de un importante frigorífico, creado a raíz del descubrimiento del modo de conservación del extracto de carne por parte del químico alemán Justus Barón von Liebig. Fue en 1903 que el frigorífico de capitales ingleses adquirió el saladero O´Connor e inició la producción de extracto de carne y corned beef. Y fue también por aquellos años que la empresa programó la construcción de la localidad. Actualmente, la curiosa estructura física y social con la que se engendró Pueblo Liebig constituye un atractivo turístico sin igual. Pueblo Liebig es un municipio del distrito Segundo del departamento Colón en la provincia de Entre Ríos, República Argentina. Se dispuso que se convierta en municipio a partir del 11 de diciembre de 2019”.

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Luis Areguati, ex obrero de Liebig, desempolva un viejo álbum de fotos. En el pueblo, hoy de 2.000 habitantes, hay nostalgia por un pasado luminoso.

Nadie duda que si hubo un momento de esplendor fue en la Segunda Guerra Mundial, cuando la demanda de alimentos en los países centrales creció de forma ostensible. Terminado el conflicto bélico, sin embargo, el pronto ocaso. “¿Se puede describir el ascenso y la caída de un país contando sólo la historia de sus vacas y de la industria que enlata su carne?”, es la pregunta que subyace de una crónica de Martín Caparrós sobre Liebig en su libro “El interior”. Hoy casi el cincuenta por ciento de sus pobladores está jubilado por la fábrica y gran parte vive de la actividad avícola. El municipio otorga asistencia social, pero da poco trabajo. “Hay una actividad turística pujante, contamos con 11 alojamientos y unas 130 plazas habilitadas, que para el pueblo es muchísimo”, dice María Jesús Caviglione, entre el canto de los jilgueros.

Ángela Bottene tiene 81 años. A su lado se encuentra Luis Areguati, de 85. Están por cumplir 58 años de casados. Luis es nacido y criado en Liebig. “Empecé a trabajar en 1958, era joven. Mi abuelo y mi padre también pasaron como obreros por el frigorífico. Trabajé en la oficina de personal, cada uno tenía su chapita que pertenecía a la empresa para marcar la entrada y salida. Eran jornadas de ocho horas. Luego me trasladaron al sector de jubilaciones. Como no me gustaba estar en la oficina, empecé a ser chofer. Iba a Buenos Aires, dos veces por semana, en una estanciera. Una vez llevé a la señora del gerente en tiempo récord. El camino era todo de ripio, y luego en balsa desde Zárate a Capital Federal”, rememora Luis, sentado en su casa donde muestra fotos viejas de la fábrica.

Dice que la fábrica les daba las casas aunque eso no los convertía en propietarios. “Todo iba bien hasta que el pueblo se vendió”, larga espontáneamente, porque el pueblo, para ellos, era la fábrica.

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Uno de los chalets donde se alojaba el personal jerárquico.

Ángela cuenta que trabajaba en el sector de latería. “Los ingleses fueron buenos con nosotros. A fin de año nos daban pintura para que remodelemos nuestra casa”, dice. La fábrica tenía una circulación incesante, con barcos que llegaban y partían de los tres muelles hacia Europa, y un plantel de trabajadores estables y otros golondrinas que arribaban de todas partes del país. Liebig, además de cisterna y usina eléctrica -en su momento desde allí se proveía al pueblo y hoy sigue pasando con el agua, desde una planta potable ubicada en la empresa-, hasta llegó a tener un equipo de fútbol, uno de los primeros del país, y un salón que servía tanto para festejos como para representar obras de teatro o exhibir películas.

“Con el cierre nos quedamos marchitos. Me compré un camioncito y me dediqué a ser transporte por mi cuenta. Pero siempre se extrañó la fábrica, los compañeros, el ruido de las máquinas, la vida ahí adentro. Era como una ciudad aparte”, cuenta Luis. “Cuando cerró, había que hacer cualquier cosa”, acota Ángela, nostálgica, a la vez que atiende un teléfono fijo y habla con sus hijos. “Éramos todas mujeres en esa sección. Íbamos apilando chapitas, manejábamos el horno. Un trabajo lindo”, rememora luego, sobre su rol.

“Ese pasado es el que buscamos recuperar para que Liebig salga del rincón del olvido”, dice María Jesús Caviglione y saluda a Ángela y Luis, mientras unos jóvenes pasan en moto, un tanto indiferentes a la memoria del pueblo. Entonces la pareja se despide desde la puerta de su casa, debajo de las gruesas copas de los paraísos; en su sonrisa ligeramente triste permanece lo que se perdió.

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Fuente: InfoBae

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