Mario Massaccesi: “El periodismo me salvó de todas las maneras que una persona puede salvarse”

A los 24 años, Mario Massaccesi decidió mudarse de Río Cuarto a Buenos Aires, cuando lo echaron en una misma semana de tres trabajos. Ya instalado en la ciudad, su primer empleo fue en el Instituto Nacional de Servicios Sociales para Jubilados y Pensionados (actual ANSES), en la Secretaría de Coordinación Interior.

A los 33 años, luego de sufrir y superar una pesada carga, decidió renacer. Su experiencia personal lo llevó a escribir el libro Soltar para ser feliz, que hoy ya está en su quinta edición. En noviembre saldrá su segundo libro.

A sus 54 años, pasando el momento de mayor plenitud y felicidad de su vida, habló con Infobae de su transformación, de su trabajo en las cárceles de mujeres, sobre lo que más le cuesta soltar a los hombres y de la incertidumbre que significa vivir en Argentina.

—¿En qué momento de su vida está?

—54 años. Y en el momento de mayor plenitud, mayor felicidad, después de trabajarla durante muchos años. Me di cuenta de que la felicidad también se trabaja, que hay que alimentarla todos los días. A mí me da risa que hay gente, digo risa en el buen sentido, que dice: “Estoy mal”. Y yo le pregunto qué hace para estar bien. “No, nada”, me responden. “Ah, ¿entonces cómo querés estar bien si no hacés nada para estar bien?”. Para estar bien hay que hacer cosas. Y se pueden hacer muchas cosas todo el tiempo. Me llevó veinte años de trabajo de todo tipo. Y todos los días hago lo que dijo Julia Cameron, la autora de El camino del artista, que es muy interesante. Ella recomienda esto de tener un encuentro con vos mismo. Puede ser mental, puede ser espiritual, puede ser al corazón, puede ser hacerte un buen desayuno, comerte una buena tostada. Si todos los días tenés un encuentro con vos mismo, aunque sea un instante, hacerlo consciente, gratificarte por el milagro de estar vivo, eso se va retroalimentando y cuando te querés acordar tenés una fortuna dentro tuyo, que no cotiza en la Bolsa, que no está en el banco, que no depende del dólar blue, que no depende del afuera.

—¿Cuándo eligió el camino a su felicidad?

—Cuando estaba harto de estar mal. Cuando estaba harto de estar cansado. Cuando el dolor me pesaba mucho. Dolores que venía acarreando de una infancia que no fue feliz. De una adolescencia que fue un infierno. De una juventud que no disfruté. De una libertad al venirme a Buenos Aires que no era tal. Y a los 33, ahora tengo un 33 tatuado, fue el momento en que dije: tenemos dos vidas. La primera es la que nos da nuestra mamá cuando llegamos al mundo; la segunda es cuando te das cuenta de cómo querés vivir. Y ese es el nacimiento propio. Esa es la posibilidad que tenemos de renacer, de nacer por nosotros mismos a la vida que nos merecemos, a la vida que queremos.

—¿Por qué se mudó de Córdoba a Buenos Aires?

—Me vine de Córdoba hace 30 años, porque no tenía trabajo. Con lo cual fue como una especie de patada invisible que me eyectó de mi ciudad donde, en una semana, me quedé sin tres trabajos. Yo en mis pagos, en Río Cuarto, trabajaba en un diario, en radio y hacía un micro muy chiquito en la tele. Y de un día para el otro: híper inflación de Alfonsín, crisis, desocupación, pobreza, año 89. Me quedé sin los tres trabajos y me tuve que venir. No me gustó lo que pasó, pero lo vi como una oportunidad para hacer algo distinto en un lugar distinto, porque me ofrecieron un trabajo acá en Buenos Aires y yo dije: “Es el momento de la libertad”. Pensé que me iba de mi ciudad y en Buenos Aires iba a poder ser y hacer todo lo que, en una ciudad acotada, no podía. Pero después me di cuenta de que la verdadera libertad es la libertad interior. Que la libertad no depende del afuera. Que cuando ejercés tu libertad interior de ser, hacer, sentir, como vos querés, es auténtico. Hay una coherencia. A veces fallamos, porque somos seres humanos, pero cuando hay una coherencia entre esto que soy y esto que hago, se duerme con la conciencia tranquila.

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(Fotos: Gastón Taylor)

—¿Por qué se le hizo fácil?

—Porque no tenés que estar dibujando nada, no tenés que estar careteando nada, no necesitás ningún tipo de disfraz ni armadura para defenderte, ni ningún tipo de escudo. Yo, durante muchos años, usé el disfraz, invisible, por supuesto, del payaso. Esto de estar siempre bien, de mostrarme hacia afuera contento, aunque me desgarraba por dentro. Un payaso sin nariz, pero un payaso que con chistes desviaba conversaciones para no comprometerme con ciertas cosas. Y llegó un momento en que me cansé de ese disfraz. Hay un momento en el que vos decís: “Muchas gracias por los servicios prestados, fuiste muy funcional, me serviste en un tiempo para defenderme, para protegerme, para cuidarme porque no sabía cómo hacerlo, pero ya no te necesito. Ahora tengo otros recursos y otras herramientas dentro de mí y no me tengo que defender de nada”.

Durante mucho tiempo usé el disfraz de pasayo, aunque me desgarraba por dentro

—¿De qué sentía que se tenía que defender?

—De muchas cosas. De la mirada ajena, que me jodía mucho. De los prejuicios de los otros y de los juicios míos, yo me decía cosas espantosas sobre mí mismo. Por situaciones que no había generado y no era responsable ni culpable de nada. De la vergüenza que me daba. Del miedo. De la culpa. ¿Tenés hasta las ocho de la mañana? Sigo (risas). Es una cárcel que construimos dentro nuestro cuando vivís en ese lugar. Por eso siempre digo que el periodismo me salvó de todas las maneras que una persona se pueda salvar. Me salvó, porque me permitió hacer algo. Me permitió ser alguien. Me permitió conectarme con mundos que de otra manera no hubiese podido conectarme. Me permitió viajar, que me encantaba. Me permitió soñar. Los sueños son los que te sacan de ese lugar.

—¿Qué fue lo que más le costó reiniciar cuando decidió nacer por segunda vez?

—Darme cuenta de que yo no había generado nada de lo que me había pasado, entonces no me tenía que hacer responsable de nada. Al no hacerte responsable de eso te sacás una carga de encima. Pero sí había un compromiso hacia adelante, que era hacerme responsable aquí y ahora, definir qué quería que pasara por mi vida. Entonces, me saqué la carga de encima y me fui por el desafío, que era saber qué quería hacer de mi vida. Y yo quiero ser feliz. A mí lo único que me interesa en este momento de mi vida es ser feliz. Trabajar, por supuesto. Viajar, por supuesto. Ser solidario, me gusta mucho la solidaridad, por supuesto. Pero si no hay una cuota grande de felicidad en todo lo que hago prefiero no hacerlo.

Lo único que me interesa de mi vida es ser felíz

—¿Cómo nació Soltar para ser feliz?

—El libro Soltar para ser feliz se publicó en noviembre y ya va por la quinta edición. Son quince capítulos que hicimos con Patricia Daleiro, que en parte es lo que nosotros hicimos con nuestra vida. Patricia es psicóloga, es máster coach, fue mi profe de coaching en la escuela donde estudié, y nos aliamos, primero, yendo a las cárceles a hacer conversatorios con las presas. Hemos ido con un grupo que se llama Justicia Restaurativa a la cárcel de Los Hornos, donde están las presas con sus bebés, y a la Cárcel de Florencio Varela, al pabellón donde están las presas trans que han cometido delitos. Esto empezó con conversatorios en forma de círculo. Empecé yo, pero cuando vi que eran tantas mujeres, yo hay cuestiones del mundo femenino que por naturaleza no conozco y no las voy a entender nunca, como ser mamá, por ejemplo, entonces la llamé a Patricia y ella se sumó. Ahí nació Soltar para ser feliz, nació en una prisión, porque nos dimos cuenta de que hay mucha gente que nunca cometió un delito, que nunca fue a una comisaría, que no tiene una denuncia, pero está presa hace muchos años y no puede salir de ese lugar de encierro donde se encuentra. Empezamos a hacer talleres en distintos puntos del país y fueron la materia prima del libro.

Entrevista-a-Mario-Massaccesi
Mario Massaccesi en entrevista con Infobae

—¿Qué encontramos en el libro?

—Algunas cosas se caen de cajón como soltar a los hijos, o soltar el pasado, o soltar el miedo, pero después empezaron a aparecer otros capítulos, por ejemplo, soltar a la mala madre que creo que soy. Muchas mujeres que, 45, 50, 60 años, juzgan que no han sido una buena madre por determinadas circunstancias que han pasado con sus hijos, y se quedan estancadas en ese lugar sin siquiera chequear qué opinan sus hijos de su rol de mamá.

—¿Cuáles son los problemas que más le cuesta soltar a los hombres?

—A los hombres, el miedo. En general, vienen con mucho miedo y mucha angustia. Los hombres no se animan a llorar, porque nos dijeron y nos educaron con que los hombres no lloran. Como si llorar fuera un pecado o un delito. Entonces, en general, los hombres para llorar piden perdón. ¿Perdón de qué? Se van a llorar al baño para que no los vean sus familias. Es como que el hombre no se permite ser vulnerable. Y es hermoso que te pase, esto de estar como una hojita al viento, porque ahí se pone a prueba tu fortaleza. Después hay algo a lo que no le damos tanta pelota, que es el capital social. ¿Cuál es el capital social que has generado a lo largo de tu vida? La gente que está a tu lado para cuando vos lo necesitás. Para que puedas pedir ayuda. Para que te puedan sostener. Eso se llama capital social. Hay gente que tiene un capital social gigante, millonario. Millonario en almas, en seres humanos. Les pasa algo y siempre tienen a alguien que los está socorriendo, porque hicieron un buen trabajo. Y hay gente que vive aislada, que vive desde la desconfianza, creyendo que todo el mundo los va a engañar.

Mario Massaccesi con Mariana Dahbar

—¿Cómo influyó este cambio en su profesión?

—Mucha gente me dice que estoy distinto. Y yo creo que soy el mismo solo que ahora me permito mostrar una parte, que, por miedo, vergüenza, culpa, estaba más escondida. Yo mostraba más al profesional y no tanto al ser humano. Siempre fui un toro trabajando porque me encanta laburar, amo esta profesión, y siempre prioricé al periodista. Ahora tal vez como ya estoy mucho más liberado, me parece que está bueno esto de hablar desde otro lugar, desde la persona, el ser humano, Mario, Marito. La gente nota eso, yo me doy cuenta por lo que me dicen. Incluso compañeros de trabajo. Los otros días un camarógrafo, Carmela, me agarró en la calle, estábamos con el barbijo, dos de la mañana, cuando yo termino el noticiero, y me dice: “¿Cómo puede ser que te conozco desde hace 20 años y ahora estás más joven que hace 20 años atrás?”. Le dije que es porque estoy bien yo. No es que vos me ves distinto, yo estoy distinto.

—¿Cómo tomó su familia está nueva versión de usted re-parido?

—Re-parido, me gustó esa. En vez de Massaccesi recargado, Massaccesi re-parido. Yo tengo la mejor familia del mundo. Yo soy solo, milito en la soledad, porque ahora me animo a decirlo. Durante mucho tiempo ser el solterón de la familia…

Yo soy solo, milito en la soledad y ahora me animo a decirlo

—¿Le pesaba mucho ser solterón?

—Ahora lo digo en voz alta y mucha gente me dice: “Qué bueno que lo decís en voz alta, porque me siento menos sola o solo en esto de: pero ¿cómo?, ¿no te casaste? ¿no tenés novia? ¿no tenés novio? ¿no tenés novie?”. Viste que ahora se agregó el inclusivo. Y mucha gente: “Ay, pobrecito, un tipo tan lindo como vos, tan inteligente”. A ver, ¿los inteligentes no pueden estar solos? ¿La gente linda no puede elegir el camino de la soledad?

—¿Soltar es una obligación?

—No. Y no necesitamos soltar todo. Soltar es una opción entre tantas opciones que tenemos en la vida. Y es una opción para pasarla bien, para ir hacia adelante sin negar lo que te pasó. Pero, por lo menos, ya que vivís cosas, ir más liviano, sin cargas, flexible para llegar de manera más enérgica hacia ese lugar que querés llegar. Todos tenemos sueños, y muchas personas los han perdido y tal vez está encajado ahí en esa carga que traen que no pueden soltar.

—De todas las noticias que tuvo que dar, ¿cuál fue la que más lo marcó?

—Cromañón. Ese día llegué a las cinco de la madrugada, cuando todavía era un revuelo ahí frente al boliche. Y lo que más me impactó fue no saber qué pasó con la persona que amás, que querés o que forma parte de tu vida. El no saber dónde está alguien nos somete a un vacío que es una tortura tremenda, porque no podés completar, no podés hacer un duelo, pero a la vez estás obligado a hacerlo distinto, algo que encima no nos enseñaron. No hay una escuela. No hay un aprendizaje. No es algo que esté dentro de nuestras perspectivas o que lo pensemos como una posibilidad.

—Hablando de la palabra incertidumbre, ¿cómo ve al país?

—Incierto. Pero está dentro de un mundo incierto, entonces estamos todos en la misma. La incertidumbre siempre existió. Ahora es mucho más evidente con la pandemia. Es mucho más, te diría, como visual. Ahora, siempre vivimos en la incertidumbre. Creemos o tenemos la fantasía de que vivimos en la seguridad. Y sabemos que no, porque nadie sabe lo que nos va a pasar dentro de un rato, mañana o la semana que viene. Hace algunos días todos nos sorprendimos con la noticia del diagnóstico de Esteban Bullrich. Nunca sabemos lo que nos puede… Nos impacta por eso. La pandemia es una cuestión de salud que ha matado a miles de personas, que sigue enfermando a mucha otra gente y que ha dejado a mucha gente en otra enfermedad tremenda, la pobreza. Si esas no son razones suficientes para sentarse en una mesa el tiempo que sea necesario, más allá de las diferencias, y buscar objetivos en común; si una pandemia, la cantidad de muertos, la cantidad de contagiados, un sistema sanitario saturado, la cantidad de gente sin laburo, la cantidad de pobres que hay, si esos no son motivos para que dejemos de lado las diferencias y vayamos por un propósito en común, estamos fritos.

Mario Massaccesi con Mariana Dahbar

—¿Qué es el ego?

—El ego es no mostrarte como sos. Es buscar esos disfraces que te tapan, tapan lo que verdaderamente estás siendo. Hay que tener mucho cuidado con el ego porque nos hace vivir en un mundo de mentira. Que los demás no tienen la culpa eh, lo generamos nosotros. Hay gente que vive creyendo que es lo que no es. Y lo que los otros consideran, ni siquiera consideran que es.

—En la televisión y en especial en los periodistas, ¿cohabita mucho ego?

—Sí, claro. Uno de los egos que yo veo es pretender tener la razón en todo. Yo no hablo de otros periodistas porque me parece que esta es una discusión interna y está buenísimo tenerla, pero también es cierto que hay gente que antes de que las cosas sucedan ya tienen la razón. Y después cuando vos hacés un chequeo te das cuenta de que lo que decían que tenían razón no ocurrió. Y en eso tenemos que ser muy cuidadosos. Estamos en una carrera donde queremos anticiparnos a lo que pasará. Y la Argentina es un país, a diferencia de cualquier país del mundo, donde no sabemos lo que nos va a pasar mañana. Donde un cura al que nadie le daba pelota puede ser papa. Donde una piba desconocida se convierte en reina. Donde una presidenta, o ex presidenta, que todos veían como en el fin de su carrera política elige a un candidato y ella se convierte en vicepresidenta. Donde quienes creían que iban a ganar la elección la perdieron. Y la que se perfilaba como candidata a presidenta, porque sostenía una buena gobernación en la Provincia de Buenos Aires perdió por goleada. No estoy diciendo que esté ni bien ni mal, estoy diciendo que Argentina es un país incierto. Vivimos en la incertidumbre constante.

—¿Cuál es su relación con el Presidente, lo conoce?

—Sí, claro que lo conozco. He viajado en la época de Néstor Kirchner como presidente, en la previa y cuando finalmente fue elegido; hice varios viajes con ellos. Incluso estuve en la casa de Cristina dos o tres veces cuando era candidato a presidente. Pero, últimamente, le he escrito y a mí no me contesta. Se ve que no estoy en su radar (risas). Sobre todo, porque hubo dos viernes a la hora del noticiero en el que ocurrieron cosas de gran impacto, una fue su diagnóstico de coronavirus y la otra la muerte de Mario Meoni, entonces, como no había otro noticiero al aire, en ese momento, le escribí preguntándole si era posible tenerlo al aire, pero no. La primera vez habló con Bonelli, compañero que estaba trabajando con nosotros, y la segunda no. Lo que no sé es si me clavó el visto, porque yo no me fijo en esas cosas.

—¿Cómo lo ve hoy?

Por momentos tiene raptos de lo que él dice que es y hace, y por momentos se pierde. Y no debe ser fácil, porque está en un lugar con gente que, previo a las elecciones y antes de la fórmula presidencial, se decían de todo. Es como una especie de rompecabezas que se armó para las últimas elecciones y ganaron. Y en ese rompecabezas es lógico que haya diferencias y muy fuertes, y debe haber, supongo, pedidos, ofertas, presiones, enojos, berrinches. Debe haber de todo. Como en todos lados. Yo creo que cuando Alberto Fernández gana en cuanto a la aceptación en general, es cuando tiene un discurso más conciliador. Cuando une y no desune. Cuando integra y no se pone bravo. Y creo que le resta, esto chequeado con gente que trabaja con él que se lo dicen, cuando se pone bravucón y prepotente. Me parece que si él entiende esto tiene muchas chances, hacia adelante, de conciliar.

—¿Qué cree que le cueste soltar al Presidente?

—Yo creo que a Alberto le cuesta, a ver, no he charlado con él. Te lo estoy diciendo como periodista y como espectador. Creo que a Alberto le cuesta soltar el peso que le genera que Cristina lo haya elegido. Lo haya puesto en ese lugar. Es como que cada tanto necesita, no es devolverle favores, pero es… ser condescendiente de ese lugar que le dio ella ¿sí? Y que él aceptó, por supuesto. Lo que pasa es que no sabemos cuáles son los términos y condiciones del acuerdo, nunca lo sabremos. Con lo cual creo que puede soltar esa cosa, que tiene parte del oficialismo, que es echar la culpa afuera y no hacerse responsable de muchas cosas; yo creo que estaría un poquito más relajado. Pero hay que ver cómo es el tema interno.

Mario Massaccesi con Mariana Dahbar
(Gastón Taylor)

—Para finalizar, ¿algún sueño por cumplir?

—Yo cumplí todos mis sueños. Todos. Y estoy viviendo en un momento en el que la vida me sorprende. Hace algunos años, en el 98, me hice un mapa con todo lo que yo quería que me pasara. Y lo tengo guardado, por supuesto, lo muestro en mis talleres o en mis clases, sobre todo cuando hago con estudiantes. Y cuando abro la cartulina hoy todo se cumplió. Muchos me dicen: ”Bueno, ¿vas a hacer una próxima cartulina?”. Y digo: “No, prefiero que ahora sea una hoja en blanco”. Porque eso es vivir en la incertidumbre. Por supuesto que tengo sueños, tengo viajes pendientes, tengo cosas que quiero hacer, eso seguro. Pero dejo que la vida me sorprenda. Ya no estoy atado a lo que quiero que pase.

Agradecimiento a Vitrum Hotel por la locación.

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Fuente: InfoBae

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