La visión de un país distinto: anticipo del libro “Mi Camino”, de María Eugenia Vidal

Maria Eugenia Vidal libro Mi Camino
Maria Eugenia Vidal y su libro «Mi Camino»

La visión de un país distinto

El poder aleja, pero no cambia a las personas, solo desnuda cómo son. Algo parecido ocurre con el manejo de la crisis del COVID-19, que ha expuesto a los países y la verdadera capacidad de respuesta de sus liderazgos, sus sistemas sanitarios y sus economías. La pandemia no generó nuestros problemas, pero los dejó a la vista y los profundizó.

Es una crisis que muestra el lado B de la política, ese costado que la gente no siempre puede ver: la dimensión humana de quienes gobiernan, que incluye desde las actitudes más altruistas hasta los comportamientos más miserables para sacar ventajas políticas. Y es un buen recordatorio de la diferencia que existe en todo el mundo entre los sistemas democráticos y los sistemas autoritarios. En Argentina, todo esto pone un debate sobre la mesa: ¿qué tipo de líderes vamos a elegir en los próximos años? ¿Vamos a elegir figuras paternalistas, autoritarias, que muchas veces se colocan en el límite de lo antidemocrático y no hacen más que repetir la historia, o vamos a fortalecer los liderazgos moderados, que buscan el consenso, que son más cooperativos y que quieren dar respuestas reales?

Frente a la incertidumbre, el miedo y los fracasos repetidos, los dirigentes también podemos elegir un camino autoritario, dogmático y verticalista o un camino que salga por arriba de la crisis con la fortaleza que puede dar el consenso de la mayor parte del sistema político. La crisis del COVID-19 confirmó que en la política argentina y en el mundo se va plantear cada vez más esta dicotomía. Puede pasar que al final se consoliden las visiones autoritarias, o quizás esto sea una oportunidad para asumir su fracaso y dar nacimiento a otro tipo de liderazgos. Yo elijo el segundo camino. Quiero pensar que somos muchos los que vamos a elegirlo, porque en el camino del autoritarismo las respuestas nunca son sustentables y, más grave todavía, nos obligan a resignar nuestras libertades.

Es cierto que todavía hay una respuesta frágil del liderazgo político a este desafío. Por un lado, gran parte del gobierno y algunos representantes de la oposición son líderes verticalistas, endogámicos, a los que les cuesta abrir el juego, escuchar, cambiar. Están acostumbrados a plantear y a ganar la política en términos de conflicto. Para ellos, la cooperación es una imposición, no una vocación.

Esto no plantea un juicio de valor de mi parte sobre ellos como personas; simplemente creo que están formateados en la no cooperación, en el prejuicio, en la confrontación. Quizá ni siquiera se deba a que no quieren cooperar: simplemente, no saben cómo hacerlo. No tienen incorporada esa lógica y sienten que cada paso en función del diálogo y del encuentro con el otro es debilidad.

Gran parte del gobierno y algunos representantes de la oposición son líderes verticalistas, endogámicos, a los que les cuesta abrir el juego, escuchar, cambiar

No representan el liderazgo innovador y cooperativo que es necesario para que nazca un nuevo sistema, y no se debe a que tengan una mirada ideológica u otra. Simplemente, es una vieja forma de concebir y de hacer política.

Pero también hay cada vez más dirigentes en la política argentina, tanto en el oficialismo como en la oposición, que estamos cansados de esto, que nunca nos sentimos cómodos en esta posición, que nos damos cuenta de que este no es el camino, que tenemos una mirada menos prejuiciosa y que no asumimos que el otro nunca va a hacer algo bueno por la gente y que nos quiere destruir solo porque se ubica políticamente en un lugar distinto. Cuando en política se puede aceptar que el otro quizá también quiere algo mejor, lo que nos diferencia ya no es la confrontación por la confrontación, sino la visión del país, la capacidad de generar diálogo, de superar situaciones de crisis, de innovar y de armar buenos equipos, de producir resultados.

La irrupción del COVID-19 también opera sobre esto: quizás en Argentina vuelva a afianzarse la política de la confrontación, quizá vayamos hacia un esquema más moderado y cooperativo, o quizá se instale una situación de anomia y de fuerte cuestionamiento a la política, que es un riesgo real, producto de tantos años de crisis económica y de desilusión con el sistema.

Los cambios en política son lentos a menos que la sociedad provoque una ruptura, y por eso, el estilo de liderazgo cooperativo puede demorar años en consolidarse. Incluso puede que, antes de que eso ocurra, se desarrolle una fase autoritaria aguda, pero estoy convencida de que el autoritarismo no se tolera durante mucho tiempo. El autoritarismo no dura para siempre. El autoritarismo no da respuestas ni mejora la vida de nadie. En algún momento, el autoritarismo se agota, y por eso confío en que tarde o temprano, la moderación y el estilo cooperativo de liderazgo van a terminar por instalarse en Argentina.

Pero lo que hagamos los dirigentes políticos no es indiferente para que esto pase. Hay que entender que no es tiempo de mezquindades ni de especulación personal y que cada uno de nosotros tiene que decidir qué posición va a tomar y qué mensaje quiere transmitir. Hoy más que nunca tenemos la responsabilidad de definir en qué creemos y dónde vamos a pararnos. Yo ya decidí dónde quiero pararme: quiero ser parte de la generación que supere la grieta. Porque la grieta nos trajo hasta acá, y no es lo que nos va sacar adelante.

A mí no me desvela el poder. El 10 de diciembre de 2019 cumplí un ciclo en mi vida política. El fin de mi período de gobierno en la provincia y, prácticamente al mismo tiempo, la crisis del COVID me pusieron en un lugar en el que puedo elegir dónde y con quiénes quiero estar, y en este proceso también elijo no volver a acompañar posturas de las que no estoy convencida, aun cuando eso suponga que en mi espacio político no estén todos de acuerdo. Quiero ser fiel a mí misma y a lo que creo.

Quiero ser parte de la generación que supere la grieta. Porque la grieta nos trajo hasta acá, y no es lo que nos va sacar adelante

Por eso, hoy no dudo en plantar bandera en mi posición y hablar abiertamente en los debates internos cuando algo no me representa. No lo hago desde un lugar combativo ni de especulación personal ni de pelea interna, sino desde la convicción de lo que estoy dispuesta a ceder, y lo que no. No es una posición autoritaria, al contrario, creo en un liderazgo que no se guíe por dogmas ni busque imponer una mirada única.

La idea de que hay una sola manera de hacer las cosas bien, un solo camino, una sola forma de gobernar siempre me incomodó, en la vida y en la política porque limita la libertad. Uno puede tener valores claros y ordenadores, que no se discuten, pero las estructuras tienen que ser flexibles, no pueden ser mecanismos que someten y nos convierten en prisioneros.

Es cierto que, si Juntos por el Cambio quiere cambiar Argentina, el primer requisito es la unidad. Es una exigencia del 41% que nos votó. Pero si algún dirigente cree que esos votos tienen nombre y apellido, se equivoca: ese 41% votó a Juntos por el Cambio y a lo que representábamos. Votó una manera de ver el país y votó determinados valores y eso, lejos de ser un cheque en blanco, nos pone en un lugar de responsabilidad.

El voto es un mandato para hacer aquello que representamos: defender las libertades, un sistema judicial independiente, la igualdad de oportunidades y la posibilidad de ponernos de pie con nuestro propio esfuerzo. Pero con la unidad no alcanza. Si queremos ser un espacio que supere el 41%, no hay que escandalizarse con el hecho de que haya miradas distintas.

Si Juntos por el Cambio quiere cambiar Argentina, el primer requisito es la unidad. Pero con la unidad sola no alcanza

La unidad no es uniformidad. La unidad no es unanimidad. Puede haber unidad en la diversidad y podemos compartir los mismos valores aun con miradas diferentes sobre determinados temas, y hay herramientas democráticas para saldar las diferencias internamente. Claro que no se puede construir con todos.

Siempre hay límites, pero entre todo y nada tiene que haber algo, y la situación del país es lo suficientemente difícil como para creer que se puede solucionar en soledad, sin otros.

juntos por el cambio lousteau, ferraro, larreta, bullrich, morales
(juntos por el cambio)

Por eso, hay ciertas formas de hacer política y de construir espacios que ya no me convocan. Quiero escapar de esta actitud tan común en quienes están en el poder, sean del espacio que sean, de echarle la culpa al otro: la culpa es de los bancos y las empresas, la culpa es de Estados Unidos, la culpa es de Macri, la culpa es de Cristina. La culpa siempre es de alguien más: ese es un lugar en el que me siento profundamente incómoda y que no quiero volver a transitar.

Sé que la política tiene momentos difíciles, pero tiene que ser para mí un lugar donde me sienta cómoda con mis valores. Quizás esto me haga minoritaria en algunos momentos y mayoritaria en otros, pero no es lo que me preocupa. Me importa qué tipo de país estoy contribuyendo a construir, no qué cargo voy a ocupar. No dejé de tener vocación política, pero la tengo en el marco de un sentido. ¿Qué quiero decir con esto? Que lo relevante no es si voy a ganar o perder la próxima vez, sino que todo aquello que yo haga contribuya a la construcción real y factible de un país diferente.

Esa visión de país consensuada y dialogada no va a ser cien por ciento mía, pero prefiero una visión de país que sea realizable, aunque represente la mitad de lo que pienso, que una visión del país plenamente mía que funcione como la rueda de un hámster, girando todo el tiempo sobre su propio eje, sin moverse de lugar, sin avanzar nunca. Yo prefiero avanzar de verdad y pagar los costos de hacer las cosas por convicción y con un sentido real de transformación, y no me siento sola en esto. Somos muchos los que pensamos de esta forma.

La culpa es de Macri, la culpa es de Cristina. La culpa siempre es de alguien más. Yo quiero escapar de esa actitud tan común en quienes están en el poder

Somos muchos los que nos dimos cuenta de que no se puede avanzar en soledad y de que no vamos a ningún lado desde la confrontación, el desprecio y la ventaja del corto plazo. Muchos los que estamos hartos de décadas de ir por el mismo camino y chocar, una y otra vez, con la misma pared. Muchos a los que nos convoca la acción, no la pasividad, y la acción no siempre es confrontación; la acción es aporte, es compromiso, es acompañar, es poner el cuerpo. Muchos los que creemos que el país necesita personas con otra mirada, con una visión diferente del país, y que nos preguntamos cuántas más crisis y traumas tenemos que atravesar como sociedad para cambiar el rumbo. Muchos los que estamos construyendo el triunfo de los moderados.

El método es el consenso

Ante esta crisis, podemos elegir hacer más de lo mismo y resignarnos a que las cosas pasen, tal como lo hemos hecho durante décadas, o podemos ver una oportunidad para tomar un camino diferente. No un atajo. Un camino de cambio para los próximos diez o veinte años. Un camino que garantice una transformación profunda y en serio del país. Yo creo que el método para esta transformación es el consenso. Una Argentina diferente es, para mí, una Argentina con un rumbo consensuado. Que nos permita hacer una revisión profunda y tener un diagnóstico colectivo común y, a partir de ahí, asumir un compromiso claro sobre lo que hay que hacer, no esta semana ni el mes que viene ni el año en curso ni de acá a la próxima elección, sino lo que hay que hacer en las próximas décadas.

Somos muchos los que estamos construyendo el triunfo de los moderados

Ese consenso es también lo que nos va a permitir cumplir tres tareas que considero impostergables. La primera es dejar de discutir las reglas de la democracia y la república. No podemos estar reescribiendo todo el tiempo las ideas de Alberdi. No son las reglas más perfectas del mundo, pero son las que siguen garantizando nuestra libertad, y aquí hay valores y principios que no son negociables. No se negocia un Poder Judicial independiente. No se negocia que todos seamos iguales ante la ley. No se negocia la libertad de expresión.

No se negocia el derecho a la propiedad. No se negocia una Corte Suprema independiente del poder de turno. No se negocia la democracia y no se negocia la libertad, porque no son solamente un valor en sí mismas: son una condición necesaria para el progreso.

Con la misma firmeza hay que avanzar en los cambios sobre la cultura del poder en Argentina. Sobre un sistema político que se alejó de la gente y que goza de privilegios insostenibles e inaceptables, un sistema que parece decirles a los ciudadanos que los esfuerzos siempre les tocan a ellos, y no a los que hacemos política.

Hay que dejar de discutir las reglas de la democracia y la república. No podemos estar reescribiendo todo el tiempo las ideas de Alberdi

La segunda tarea tiene que ver con definir un modelo económico sustentable.

Hoy tenemos el mismo Producto Bruto Interno de 1975. Somos un país pobre con crisis cíclicas. No podemos seguir cambiando las reglas cada vez que cambiamos de gobierno ni generar expectativas en cada elección sobre mejoras inmediatas en la calidad de vida de los argentinos para luego volver a decepcionarlos. Es necesario de una vez que acordemos cuál es el camino para que el país vuelva a crecer y cómo vamos a evitar una nueva crisis que nos decepcione y vuelva a empobrecernos.

Finalmente, tenemos que redefinir prioridades y abandonar un Estado donde todos –el gobierno nacional y los gobiernos provinciales y municipales– hacen todo y donde todo es prioritario. Hay algo que aprendí de forma contundente en la provincia: aprendí que lo difícil no es elegir qué hacer, sino decidir qué postergar, y que tener el 50% de los votos sirve para ganar una elección, pero no para gobernar.

Para construir esta visión de país diferente y poder concretarla, una cuestión que parece obvia, pero la política se resiste a entender, es que no alcanza con que nos elijan democráticamente cada cuatro años. Esto no da el poder ni la capacidad de transformar profundamente porque siendo gobierno hay que representar al 100% de los argentinos, y para eso hay que hacerlo con otros.

Hoy tenemos el mismo Producto Bruto Interno de 1975. Somos un país pobre con crisis cíclicas

No alcanza con reunir los votos que hacen falta en el Congreso para sacar nuevas leyes. Esos votos tienen que ser el reflejo de un consenso real, no el resultado de una negociación coyuntural. En 2017, durante nuestro gobierno, el Congreso votó una reforma a la fórmula previsional mientras estaba rodeado de policías y la Plaza del Congreso era destruida. Días antes, se había votado un consenso fiscal acordado con todos los gobernadores, algo que no se lograba desde la década de 1990. Ambas iniciativas naufragaron el primer año del nuevo gobierno: no había consenso real ni convicción sobre ellas, solo acuerdos de coyuntura.

Por eso ya no creo en un país definido por una sola fuerza política. La experiencia de los últimos años muestra que es muy difícil de llevar adelante una visión de país sin este consenso. Y una visión existe para llevarla adelante, si no, es un dogma o una postura intelectual, y para eso está el mundo de las ideas, no el gobierno de los Estados.

Por eso, cuando sostengo que el método es el consenso, no es un consenso oportunista mediado por cuántos fondos irán a cada provincia en el siguiente ejercicio, sino uno construido sobre la convicción de que el único camino es compartir hacia dónde vamos ir mas allá de quien gobierne. No es imposible. Hay que dejar de lado los egos y los afanes de protagonismo y hablar con quienes representan a diferentes sectores aún cuando piensen distinto. Otros países de la región, como Uruguay, Chile o incluso Perú, aun con graves crisis institucionales, lograron hacerlo.

Sin embargo, las dos fuerzas políticas que en este momento pueden gobernar el país siguen teniendo un núcleo de dirigentes que no creen en esto y que se sienten más cómodos en la lógica binaria y la posición confrontativa: llevamos doce años de kirchnerismo, cuatro años de macrismo, uno más de kirchnerismo; son diecisiete años de confrontación permanente en los que hemos involucionado en el consenso para ir cada vez más hacia una arena electoral donde elegimos el camino más fácil. Donde todos quieren ganar y gobernar diciendo simplemente que el otro es malo.

Ya no creo en un país definido por una sola fuerza política

En este contexto, el consenso no va a surgir naturalmente. Solo va a ser posible por dos vías: la necesidad –y la necesidad hoy la plantea la crisis económica en el contexto de la crisis del COVID-19– o la presión social. Es decir, los dirigentes van a ir hacia el consenso si la sociedad pide consenso o si no quedan más opciones.

La buena noticia es que el consenso tiene cada vez más votos. La grieta rinde cada vez menos. Eso pasó en 2015, cuando le propusimos a la sociedad “unir a los argentinos”. La cultura de poder del kirchnerismo, que confrontaba, buscaba culpables y agobiaba con la cadena nacional, estaba agotada. La gente nos votó porque estaba cansada de las formas autoritarias y quiso ponerles un límite después de doce años. En 2019, el kirchnerismo ganó porque nuestro gobierno no alcanzó a dar las respuestas económicas que la gente esperaba, pero también tuvo que prometerle a la sociedad que no era los mismos de siempre, que habían vuelto moderados y que no iban a ejercer el poder de la misma forma. Fue otra muestra del avance del consenso: Cristina Kirchner tuvo que recurrir a alguien aparentemente más conciliador para ganar la elección. Con ella no alcanzaba.

Las dos fuerzas políticas que en este momento pueden gobernar el país siguen teniendo un núcleo de dirigentes que se sienten más cómodos en la lógica binaria y la posición confrontativa

Esto, de algún modo, es un avance, pero no es mérito del sistema político, sino de la gente, que empieza sentir hartazgo en la lógica binaria. ¿Por qué tengo la esperanza de que esta vez podemos definir un nuevo camino para Argentina?

¿Por qué creo que vale la pena intentarlo? Porque este consenso no solo es posible; es necesario y hasta diría que es inevitable.

Primero, porque las crisis son siempre dolorosas, pero también son momentos en que las sociedades están dispuestas a hacer grandes cambios. Hay debates que en contextos normales no se darían, pero que en un contexto de crisis pueden ser posibles. En segundo lugar, porque la sociedad está apoyando el consenso y valorando a los líderes que generan diálogo y acuerdos. Los argentinos tienen conciencia del hartazgo que produce encontrarnos siempre en el mismo lugar y hoy nos piden moderación.

Por supuesto que la postergación es una posibilidad. Ganar tiempo pateando los problemas hacia delante y tratar de llegar lo mejor posible a la siguiente elección. Pero ya lo vivimos, y es evidente que los problemas no se resuelven solos. Otra alternativa es la radicalización. En ambos espacios hay voces extremas, y si esas voces se convierten en protagónicas, van a encontrar un relato conceptual perfecto para defenderse, pero ninguna respuesta concreta a ninguno de los problemas que tenemos. La tercera opción es reconocer estos problemas y esta realidad que duele y generar un consenso inteligente.

Si los dirigentes políticos no lideramos este proceso de cambio, inevitablemente la gente nos va a llevar a ese lugar o va a elegir a otros que puedan hacerlo.

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Fuente: InfoBae

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