“No dormí por 7 años”: la historia de Graciela y la cicatriz que la dictadura le dejó tras la peor noche de su vida

Graciela cicatriz dictadura
“No dormí por siete años”: la historia de Graciela y la cicatriz de la dictadura

En 1976 Graciela tenía 22 años y estaba cursando su segundo año de la carrera de Odontología en la Universidad de Buenos Aires. Estudiaba de noche porque durante el día trabajaba. “Ese 24 de marzo, se suspendió todo menos el partido de fútbol. Estábamos con un amigo en el comedor de la facultad, preocupados pensando qué iba a pasar, pero la mitad de los alumnos estaban festejando los goles. Y eso me mató por dentro”, cuenta al recordar el último golpe de Estado.

Graciela trabaja desde los 14 años. Su papá era un obrero y nunca pudo tener una buena relación con su madre. Siempre anheló irse del país porque su núcleo familiar estaba desarticulado. “Quería escapar de la Argentina porque quería encontrar una realidad, otra vida. Me hubiera gustado irme de otra forma, eso seguro”.

Ahora Graciela tiene 67 años y vive sola en las Islas Canarias, en un pueblo ubicado en el medio de la montaña. Nunca usa su nombre completo y tanto su correo electrónico como su cuenta Facebook tienen un pseudónimo. Hoy, 45 años después, aún se le quiebra la voz en diálogo con Infobae al recordar cuando irrumpieron en su casa de Caballito en medio de la madrugada, dejándole una cicatriz difícil de sanar.

– ¿Qué pasó esa noche?

-A las 3 de la mañana suena el teléfono. En ese momento compartíamos la casa con mis padres, ellos vivían en el piso de abajo y yo con mi marido, Chiqui -del que muchos años más tarde me divorcié-, en el cuarto de arriba. Atiende mi madre y nos despierta para avisarnos que era el hermano de Chiqui, avisando que un grupo de militares había pasado por su casa buscándolo.

-¿Ustedes sabían por qué lo buscaban?

-A él lo entregan en Tienda Harrods. Creo que ya no existe en Argentina, ¿no? Allí fue donde nos conocimos. Él trabajaba en el sótano y yo arriba, en atención al cliente. Pero para ese entonces, ya habíamos renunciado. Aparentemente, esa semana habían tirado una bomba panfletaria dentro de la tienda. Esas que en vez de tirar confetis, tiran miles de panfletos al mismo tiempo. Desde Harrods llamaron a la policía y ellos, al indagar, preguntaron quién podría ser y los empleados de ahí dijeron que él había sido representante sindical del partido comunista. Pero, no, no había sido.

Graciela cicatriz dictadura
Graciela nunca usa su nombre completo y tanto su correo electrónico como su cuenta Facebook tienen un pseudónimo

-¿Qué ocurrió después del llamado?

-Yo me volví loca. Él me decía que no iba a pasar nada, que no me preocupara. Pero claro, su hermano había dado nuestra dirección porque estaba asustado. Entendible. Al rato tocan el timbre. Abre mi viejo. Sólo tengo la imagen de ver varias personas intentando entrar a la vez por la puerta de la cocina gritando: “¿Dónde están las armas?¿Dónde están las armas?”. Nosotros no teníamos armas, ni cerca. La parte del partido a la que Chiqui pertenecía no había tomado las armas.

-Ahí empezó la peor noche de tu vida.

-Sí, a él lo llevan a la habitación y a mi me dejan en la cocina. A mis padres y a la hermana de mi mamá que vivía con nosotros en ese momento se los llevan al comedor. Escucho que empiezan a romper telas y de golpe, me vendan los ojos. A partir de ahí, ya no podía controlar nada. Ni emocional, ni visualmente. No hablaba, solo lloraba. Lloraba y preguntaba por mi marido. “¿Dónde están las armas?”, me volvieron a preguntar. Y yo les decía que no teníamos. Lo único que recuerdo es las manos que tenía enfrente, a las que veía agarrar cosas, porque se llevaron todo: la cafetera, la licuadora, la guitarra, las nóminas del aguinaldo, mi ropa… Me tapaban la nariz, me quitaban el aire para que les de información que realmente no tenía. Uno me pegó una hostia, una piña, que me dejó sin habla.

-¿En qué pensabas?

-Yo estaba acojonada. Tenía 22 años. No entendía nada porque nunca había estado en nada. Lo máximo que había hecho era estar en una manifestación como estudiante. Nunca estuve detenida, ni dentro de un patrullero. En un momento revisaron mi bolso y escucho que uno le dice al otro “él es del Partido Comunista, pero esta es de Odontología, es una boluda”. Porque en ese momento, los de Odontología tenían fama de estar en la pavada, era una “carrera cara” que pagaban mamá o papá. Toda gente de dinero, menos los que estudiamos a la noche, que teníamos que pagarnos los estudios.

-¿Lo volviste a ver o escuchar esa noche?

-No. Yo suplicaba que me llevaran con él porque estaba profundamente enamorada. Pero siquiera escuché cuando se lo llevaron. Me pasaron de habitación y me sentaron con mi padre. “No se quiten los tabiques porque en cuanto se lo saquen, les volaremos las cabezas”, gritaron. Yo solo sabía que estaba con mi papá porque lo olía y estiraba la mano para agarrarlo fuerte. Pero de golpe dejamos de escuchar. Y mi papá me dice: “Nena, me voy a sacar la venda”. Yo le rogué que no lo hiciera porque tenía miedo que nos maten, pero él se la sacó. Y le costó muchísimo convencerme para que me la sacara. “Jamás te pondría en riesgo. Te prometo que no hay nadie”, me dijo con la voz quebrada. Me quité la venda y Chiqui no estaba. Se habían llevado una parte del teléfono y quedamos incomunicados.

"Ibas en el colectivo y cuando estabas llegando a la Plaza de Mayo, veías que algunas madres empezaban a ponerse los pañuelos en la cabeza" (REUTERS/Agustin Marcarian)
«Ibas en el colectivo y cuando estabas llegando a la Plaza de Mayo, veías que algunas madres empezaban a ponerse los pañuelos en la cabeza» (REUTERS/Agustin Marcarian) (AGUSTIN MARCARIAN/)

-Pero fuiste con tu padre a hacer la denuncia a la comisaría…

-Automáticamente, caminamos hasta ahí y nos tomaron declaración. Yo no paraba de llorar. Se sabía que la policía estaba entongada, pero con la denuncia después podías hacer el habeas corpus.

-¿Lo hiciste?

-Sí, una abogada del Partido Comunista nos explicó lo que teníamos que hacer. Fuimos a un juzgado y un señor, que estaba encorvado en su máquina de escribir, iba redactando mi declaración. Cuando terminó, levantó la vista para darle el papel a la abogada y tenía los ojos llorosos. “Es una nena”, le dice a ella, quebrado, como diciendo “mirá lo que está pasando”.

-¿Y después volviste a tu casa en Caballito?

-No. Fue lo primero que me preguntó mi padre cuando salimos de la comisaría. Y yo le dije que a la casa no podía volver, que quería irme a lo de Alicia, mi mejor amiga de la facultad, en Merlo. Le toqué el timbre y apenas abrió la puerta la miré a los ojos y le dije “se lo llevaron a Chiqui”. “Pasá Negra”, me respondió ella. Y me quedé ahí porque necesitaba contención. Mi viejo venía todos los días desde su trabajo en el centro hasta el oeste para contarme si había novedades.

-¿Había novedades?

Pocas. Una noche, el padre de Alicia me acompañó a una especie de centro de detención, donde me dieron una lista para que busque el nombre de mi marido, para ver si estaba ahí. Y cuando me dan el papel, las filas eran interminables, ahí fue cuando me di cuenta, que no era un caso aislado.

¿Y cuándo aparece?

Siete días después. Lo tenían en la Escuela Mecánica de la Armada. Un día, cuando llegó mi padre, la madre de Alicia empezó a gritar. Yo estaba adentro y se me paró el corazón porque pensé que lo habían matado. Y cuando salí por la puerta, estaba él. Bajó del auto súper flaco agarrado a mi padre. Lo habían dejado en un parque de la Ciudad, con los ojos vendados. Como pudo, se quitó la venda de los ojos, paró un taxi y se subió. “¿Me podés llevar a tal calle? Ahí me van a dar el dinero para pagarte el viaje”, le dijo a tachero. “Sí, flaco, subite tranquilo”, le respondió. Todo el mundo ya sabía lo que estaba pasando y no te preguntaban nada.

Desaparecidos- dictadura militar argentina
«Todo el mundo ya sabía lo que estaba pasando y no te preguntaban nada»

-No se hablaba por miedo…

-Exactamente. Argentina atravesó la última dictadura con una sociedad cómplice, pero por miedo. Todos sabíamos lo que pasaba. Los que lo vivimos y los que no. Los que lo tuvieron cerca y los que lo tuvieron un poco más lejos. Todos conocíamos algún caso, más viviendo en la Capital Federal. Ibas en el colectivo y cuando estabas llegando a la Plaza de Mayo, veías que algunas madres empezaban a ponerse los pañuelos en la cabeza. Y eso lo veían todos los que trabajaban en el centro. ¿Y cómo funciona? Vos lo vivís, te quedás con una imagen, una idea, una sospecha. Llegas a tu casa y lo comentas, aunque no te lo cuenten en la televisión, ¿entendés? Se sabía. Yo en la calle me he quedado petrificada más de una vez, viendo cómo se llevaban a las personas de los pelos a las salidas o entradas de las bocas del subte.

-¿Cómo siguió tu vida?

El después fue puro miedo. Yo no dormí en siete años por esa noche. Recién conciliaba el sueño a las 5 de la mañana, que era cuando empezaba a amanecer. Dormía dos horas, hasta las 7 que tenía que ir a trabajar. Tenía mi mesita de luz repleta de libros, cigarrillos y frutas, porque me la pasaba leyendo toda la noche.

-¿Buscaste ayuda?

-Sí, fui a terapia con una mujer que nunca supe su nombre. Me llegó su contacto de boca en boca. La psicología, como ya saben, era complicada en esa época. Quedamos en un bar a las 7 de la tarde, no me voy a olvidar nunca. Estábamos saliendo del invierno. Entré y apenas me senté en la mesa me dijo: “Te voy a dar 10 sesiones pero no nos vamos a volver nunca más. Vas a aprender a vivir en el miedo porque el miedo está allí afuera y tienes que aprender a enfrentarlo”, que por supuesto, no fue nada fácil.

-¿Chiqui dejó el partido?

-Le pedí que no volviera. Él era súper militante pero también salió tocado de eso, con miedo. Se mantuvo alejado y se lo agradecí toda la vida, porque yo tenía terror de que se lo volvieran a llevar. Además, a los años yo quedé embarazada y tuvimos a mi único hijo, Gerardo. No quería que nadie estuviera en riesgo.

-Apenas termina la dictadura, emigraste a España. ¿Cómo fue ese proceso?

-Sí, nosotros, habíamos acordado -como pareja- que apenas se terminara la dictadura, nos íbamos, a donde se pudiera. En realidad, yo quería irme desde el día que Chiqui apareció. Pero él no quería irse “como un delincuente” y yo lo entendí. En 1983, con la vuelta de la democracia, me fui. Sola, con un pasaje de ida y 40 dólares en la mano. Nada más. Llegué, alquilé la habitación más barata que encontré. Trabajé dos meses y les mandé dos pasajes para traer a Gerado y a Chiqui conmigo. No fue nada fácil pero quería darle a mi hijo la vida que a mí me hubiera gustado tener. Fue duro, pero no me arrepiento. Recuerdo que a los dos días de llegar, tuve que ir al Ministerio de Educación a validar mi título de odontóloga. Era un edificio hermoso, antiguo, ubicado sobre la Gran Vía. Al entrar, pido indicaciones a un policía. Y mientras subo las escaleras anchas de mármol, tiran un saco de correos desde el segundo nivel, directo a planta baja. Al escuchar el estruendo que hizo al golpear el piso, me quedé totalmente petrificada. El policía, que había oído mi acento argentino, se acercó y me miró a los ojos: “No pasa nada, tranquila, acá no pasa nada”, me dijo y me volvió el alma al cuerpo.

La historia de Graciela en medio de la dictadura
La historia de Graciela en medio de la dictadura

-Hoy en día, ¿cómo convivís con el recuerdo de esa atroz experiencia?

-Hoy no soporto la violencia. No aguanto ninguna situación violenta ni injusta. Aprendí a vivir con el miedo porque hay heridas que no se borran.

-¿Volviste a Argentina?

Creo que en el ´88 fue la primera vez. Esperé a tener el visado español. Yo entraba a Argentina como española. Me daba terror entrar con el DNI argentino. De hecho, en uno de mis viajes, estábamos viendo la televisión en la casa de mi amiga Alicia y dijeron que había un posible golpe de estado en Paraguay. ¿Lejos, no? Pero esa noche, agarré el pasaporte y “dormí” con él debajo de la almohada. Se me nublaba el juicio porque sentía que no estaba segura cuando tocaba tierra Argentina.

-Y nunca pensaste en volver definitivamente…

Jamás. Le tengo fobia. Adoro a muchas personas de allí, las extraño, el paisaje me parece único en el mundo, pero no. No quiero volver.

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Fuente: InfoBae

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