Entre los grandes: cómo es “Biggie: I got a story to tell”, el documental de Netflix sobre The Notorius B.I.G.

La figura de The Notorius B.I.G, Biggie Smalls o simplemente Biggie ha sido recurrentemente abordada para analizar uno de los grandes karmas de la música pop estadounidense: el conflicto entre raperos de la costa este y la costa oeste, dos facciones que escalaron su rivalidad hasta llevar al hip hop a sus horas más trágicas.

Entre septiembre de 1996 y marzo de 1997, Tupac Shakur y el mencionado Biggie fueron asesinados tras años de amenazas cruzadas y tensión latente. Sus muertes marcaron un punto de quiebre en la historia de un género nacido en Nueva York y asimilado posteriormente en otras zonas del país (y el mundo), con California como el otro gran polo de desarrollo creativo. Tanto Shakur (nacido en Nueva York pero identificado con Los Ángeles) como Smalls (de Brooklyn) estaban destinados a ser leyendas pero se convirtieron en mitos a muy corta edad. Al momento de sus crímenes, tenían 25 y 24 años respectivamente.

Ese contexto histórico, que todavía es central para entender la evolución del hip hop y su expansión global en el último cuarto de siglo, ha sido revisitado una y otra vez en producciones audiovisuales que indagan en dos de los artistas más influyentes de su generación. Sin embargo, Biggie: I got a story to tell se centra en la biografía de Christopher “Biggie Smalls” Wallace de una manera completamente novedosa.

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Producido en conjunto por la madre del rapero, Violeta Wallace, y Sean “Puff Daddy” Combs (su “descubridor” y socio discográfico en Bad Boy Records), el documental gana su lugar de “imperdible” desde las bases mismas del proyecto. Se trata, en rigor, de la primera producción en torno a la vida del influyente rapero que es autorizada por su entorno más cercano.

Además, la presencia de su crew, los Junior M.A.F.I.A., y de varias personas fundamentales en su historia aporta el condimento biográfico y emotivo que implica desentrañar la vida de una figura mítica en pequeñas anécdotas, descripciones y recuerdos. En definitiva, testimonios que ayudan a pintar un cuadro más completo del personaje que exhibe sus “sueños hechos realidad” en videoclips fastuosos como Juicy o Big Poppa.

En ese sentido, Biggie: I got a story to tell ahonda en la relación de Wallace con su barrio, con sus raíces jamaiquinas, con el menudeo como forma de vida y con su musicalidad exultante. Inteligente, dotado expresivamente, impulsivo, buscavidas, sin nada para perder. Cada uno de esos conceptos forma parte de una personalidad fascinante, que también habla por cuenta propia a través de un importante registro documental que incluye entrevistas a fondo y material filmado como “diario visual” por uno de sus mejores amigos y miembro de su equipo, D-Roc.

Ese acceso a la vida íntima y a las contrariedades de un genio, que en cierto momento tuvo que elegir entre seguir vendiendo drogas o dedicarse 100% a la música (Sean Combs lo certifica), ayuda a ver ese otro costado que muchas veces queda oculto detrás de la fama y la ostentación. Lo que sustenta, también, el recorrido para alcanzar todo aquello que un joven afroamericano nacido en una zona compleja de Nueva York deseaba idílicamente.

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En paralelo, la película recuerda (y destaca incluso con inserts animados) el carácter virtuoso de Smalls como rapero, o como cantante de R&B que descubrió su habilidad para rimar y la explotó al máximo.

Si muchas veces cuesta entender qué es efectivamente eso a lo que llaman flow, escuchar a The Notorius B.I.G. haciendo freestyle o construyendo futuros éxitos ayuda a entender ese concepto cabalmente. Su capacidad melódica, la influencia de la percusión y el jazz en su ritmo expresivo y su forma de combinar palabras y formas de decir hacen que toda esa artesanía vocal parezca sencilla, casi como una extensión más de su persona.

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Nuevamente, el testimonio de amigos y mentores barriales profundiza en esa habilidad y la pone en contexto. “Es imposible saber de qué planeta del rap salió este tipo”, dice Combs al momento de describir lo que pasó por su cabeza al escuchar el demo que lo encontró con el artista que lo impulsaría definitivamente como ejecutivo en la industria musical. En esos términos se habló y se sigue hablando de Biggie, un dotado que brilló al máximo en apenas dos álbumes, Ready to Die (1994) y Life After Death (1997, editado semanas después de su muerte).

Buena parte de ese material se escucha en Music Inspired by Biggie: I Got a Story to Tell, un reciente compilado que da cuenta de todo aquello que se retrata en el filme y traza una línea musical que refuerza el imaginario que describe a Smalls como una leyenda del hip hop. Aunque es un desprendimiento netamente comercial del documental, este greatest hits también es un recordatorio de una carrera que pudo ser todavía más emblemática pero chocó de lleno contra el sinsentido.

24 años, dos discos para la historia y una colección de canciones con vigencia imperecedera. “¿Se imaginan todo lo que hubiera hecho ese tipo si no estuviera muerto?”. La pregunta incontestable aparece casi automáticamente cuando empiezan a rodar los créditos.

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