Se estrena “La cima del mundo”: el retrato íntimo del ascenso de una cantante

Trillado en su vertiente espectacular, el camino al reconocimiento puede resultar sensible, encantador y melancólico desde una mirada íntima. Es la inversión que trasluce en La cima del mundo, filme de Jazmín Carballo que retrata a la artista local Anastasia Amarante en su iniciación al mundo musical y su llegada al ciclo televisivo La voz argentina.

La joven cantante pop entrena su voz, se maquilla y asiste a pruebas decisivas en su crecimiento, que la cámara sigue de cerca desde este lado del escenario: así prevalecen los chats y los traslados en auto, la escolta tan severa como afectiva de su madre, las idealizaciones y las inseguridades, la potencia del presente y el miedo al futuro. Lo que late de fondo no es el Londres de Amy Winehouse, sino Córdoba y Villa Allende, paisaje reconocible y de límites concretos que tiñe de complicidad al filme. 

La directora de Los besos conoció a Amarante en 2015, cuando ayudó en un videoclip. Pronto quedó fascinada tanto por el magnetismo de ella así como por el lazo estrecho con la madre y el reflejo que la artista le devolvía de su juventud cordobesa (hoy Carballo está radicada en Buenos Aires).
“La cima del mundo” sigue a Anastasia Amarante en su carrera (foto: Puenrtes de cine)

Influida por la consigna de filmar un día en la vida de una persona a partir de un taller con los directores Rodrigo Moreno y Juan Villegas (cuya Victoria comparte similar premisa), Carballo comenzó a registrar la rutina de Amarante. El proceso duró más de dos años y el resultado es La cima del mundo, que casualmente finaliza justo antes de la visibilidad de su protagonista en el reality La voz argentina: la “cima del mundo” no es más que el vértigo desbordante del anhelo a flor de piel.

“Algo de su deseo de ser cantante me sedujo, en ese momento no lo sabía, quizás fue algo más inconsciente, el darme cuenta vino con los años –reconoce Carballo–. Quizás hay un espejo ahí, tal vez me habita una cantante escondida y vi en ella la posibilidad de proyectarla. Me intrigaba mucho la singularidad del vínculo con su mamá, lo que hereda, lo que intenta hacer de manera diferente, lo que descubre en ella como único”.

¿Qué sería la “cima del mundo” para Anastasia? “Es algo que está buscando y viviendo, no sé si está tan definido. Quizás en la película se ve una meta, pero siento que ella está viviendo el proceso y lo que eso trae. Vivir alimenta la obra, y viceversa. Cuando se viven nuevas cosas una se abre a nuevos territorios como si se aprendiera otro idioma, se puede ver lo que antes era invisible por más que estuviera delante. Y a ella la veo transitando ese crecimiento. Una nunca deja de crecer. La cima del mundo para el personaje de la película tal vez sea diferente a la que puede ser para ella hoy en su vida real. A mí me gusta pensar que esa cima del mundo es el vínculo entre ella y su madre, un lugar donde habitar y desde donde construir y construirse. No un más allá, sino un más acá. No algo que ir a buscar, sino que develar desde adentro. Creer que hay que llegar a un lugar que está fuera de nosotros para sentirse bien es ilusorio; el lugar somos nosotros mismos, somos un oleaje infinito”, responde la directora.

Actitud exploratoria

–¿Cuánto interviniste en el proceso del filme? ¿Qué captaste o buscaste?

–Por más que tenga espíritu documental, siempre la consideré ficción. Es la manera en la que me gusta filmar, estar en actitud de explorar y la posibilidad de que la cámara sea otro personaje. La mayor intervención se dio en el proceso de montaje, selección y recorte del retrato. Al principio, fue: voy a filmar todo, voy a seguirla y que ella me conduzca. Más que buscar fue un movimiento de preguntar, escuchar, proponer y recibir. En esa etapa se abrieron zonas que quedaron totalmente afuera del corte final. Inicialmente quería, por ejemplo, que el novio de ella de ese momento apareciera, pero él no quiso, entonces incluimos a un actor amigo mío. Más tarde me enteré de que al novio real le dio celos y amagó con aparecer. Ya en el segundo y el tercer año iba con mayor decisión a filmarlas a ella con su mamá, y propuestas más claras: escribir una carta, contar un sueño, hacer una llamada, cantar, ensayar o grabar una canción.

La directora Jazmín Carballo (Foto prensa de “La cima del mundo”)

–¿Por qué hiciste especial énfasis en el vínculo de Anastasia con su madre?

–Fue inevitable. A medida que conocía y filmaba a Anastasia, conocía a su mamá, que es parte de su vida, y pude hacer mi propia experiencia. Comprendí que su narración estaba tejida de ficción, de su percepción de esa madre. Me pareció intrigante filmar lo que ella ve de su mamá cruzado con lo que yo percibo de ella. Me intriga cómo las personas desplegamos distintos personajes según el contexto y el vínculo en que estamos. También descubrí que yo tenía ganas de hacer una película con mi propia madre, pero ella no se deja filmar, así que hasta el momento no lo conseguí. Quizás el vínculo madre-hija me venía dando vueltas hacía rato.

–¿Existe un autorretrato tuyo desplazado en los conflictos de Anastasia?

–Me espejo mucho en Anastasia y veo en ella un poco a la adolescente que fui. Lo que atenta contra la fe en la profesión tiene que ver no tanto con el contexto, sino con el autoboicot y los jueces internos, por eso siento clave el autoconocimiento y el diálogo con ese juicio, mirarlos como personajes que habitan dentro. Y ese es un diálogo de toda la vida, para siempre. Algo de eso se ve en la película, las percepciones que a veces nos frenan y nos sacan de escena. La contracara del juicio a veces es protegerse, proteger una zona herida. En mi caso, la herida nace en la adolescencia con el bullying de mis compañeras de secundaria y después se transforma en mi parte juzgadora interna. Es algo muy profundo que se va sanando y renovando a medida que crezco, pero que me acompaña. Por suerte, existen la familia, los amigos, la psicología y el cine, para hacer alquimia.

La cima del mundo
Documental. Argentina, 2019. Dirección: Jazmín Carballo. Con: Anastasia Amarante y Cecilia Cavotti. Duración: 60 minutos. Plataforma: Puentes de Cine.

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