Postres famosos, fantasmas y el custodio de Madonna corriendo por la escalera: historias increíbles de la Confitería del Molino

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El antiguo salón de ventas, restaurado (Guadalupe Alonso)

Las fotos que atesora Héctor Brignole están amarillas. En una de ellas, tomada a principios del siglo XX, posa el batallón de pasteleros de la Confitería Del Molino cuando la dirigía Cayetano Brenna, uno de sus fundadores junto a Constantino Rossi en 1850, cuando aún no llevaba ese nombre. Prolijos, serios, casi todos lucen recios mostachos y están enfundados en uniformes blancos. Entre ellos, con los brazos cruzados, se encuentra su abuelo Juan Bautista Brignole, maestro pastelero. Ya trabajaba cuando estaban en el viejo edificio de Rodríguez Peña y Rivadavia. Y fue uno de los pioneros que encendieron los hornos del nuevo local, ubicado en la esquina de Rivadavia y Callao frente al Congreso de la Nación, el 28 de febrero de 1905.

Confitería Del Molino
La primera confitería Del Molino

“Cuando Brenna y Rossi inician su negocio, aún no existía la Plaza del Congreso. Era una zona de molinos harineros, y el nombre fue elegido para homenajear al de Lorea, el más importante de la zona. Era una zona de inmigrantes genoveses, muchos de ellos panaderos. Brenna, en cambio, era de Lodi, cerca de Milán y sus habilidades eran de repostero. Cuando se muda a Callao y Rivadavia en 1905, Rossi ya había muerto”, ilustra Mónica Capano, Asesora de Patrimonio inmaterial de la Comisión Administradora del Edificio El Molino.

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Pasteleros del Molino a principios del siglo XX. Brignola es el cuarto desde la izquierda en la fila del medio

Brenna, hoy, sería llamado un “emprendedor”. Y lo fue, un verdadero pionero de la pastelería criolla. Arrancó su negocio con el nombre de Confitería del Centro, y en 1866 mutó a “Del Molino”. Una vez instalado en Rivadavia y Callao convocó al arquitecto italiano Francesco Terenzio Gianotti para construir dos pisos más, la famosa cúpula y la nueva fachada. “Hizo uno de los edificios más emblemáticos del Art Nouveau en la Argentina. Y tardó muy poco en terminar, algo más de un año”, señala el arquitecto Guillermo García, asesor de Patrimonio Cultural del Congreso de la Nación, que está a cargo del Área Técnica de la Comisión Administradora Edificio del Molino. Esta construcción fue inaugurada el 9 de julio de 1916, para el Centenario de la Independencia.

Allí, dijimos, trabajó el abuelo de Héctor, que tiene 73 años y continúa la tradición. “Juan Bautista llegó al país allá por 1902. Era un inmigrante italiano de Borzonasca, un pueblo cerca de Génova. Al poco tiempo pudo traer a mi abuela, Ángela Monteverde, que era del mismo lugar, y a sus hermanos”.

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Pasteleros del Molino a principios de siglo

En 1919, Brignola tomó la decisión de independizarse y fundó la confitería El Progreso, en Santa Fe y Laprida, que hoy dirige Héctor. “Trajo muchas de las recetas de Del Molino. Es que en esa época, la tradición y los productos de la pastelería pasaban por ahí. Pero los hermanos de mi abuela, mis tíos, siguieron trabajando con Brenna. Mi abuelo se fundió con la crisis del ’30, pero mi padre y mis tíos pudieron reflotar el negocio. Ahora sigo yo junto a mis hijos y sobrinos. ¡Tengo sangre pastelera por todos lados!”.

Según Héctor, a Del Molino la hizo grande la calidad de la pastelería que imprimió Brenna. “Al principio la hizo con tradición italiana, pero luego mezcló sus productos con la escuela francesa y la alemana. El postre tradicional es el Leguisamo, pero tenían una serie con los nombres de los Papas, como Paulo VI y Juan XXIII y otros como Juana de Arco, el Imperial Ruso, el Milhojas…”

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Recetario de Zacarías Sáez de 1908

Sobre este punto, Mónica Capano añade que “Brenna, por sus habilidades, se empieza a hacer conocido. El Leguisamo lo hizo a pedido de Carlos Gardel, que era muy amigo del jockey y se transformó en un clásico. También el Imperial Ruso, cuya fama llega a Europa llevado por las familias de la aristocracia criolla. Allá lo llaman ‘El postre argentino’. Esto lo hizo en 1917, antes de la revolución bolchevique, en homenaje a los zares. En un catálogo decía ‘cortarlo con un cuchillo mojado para evitar que se desmorone, porque se desmorona el imperio’”.

En la opinión de Brignola, al estar ubicada frente al Congreso de la Nación, los vaivenes políticos no parecen haber sido indiferentes a Del Molino. “Para mí dejó de ser una gran confitería en la década del ’60, cuando derrocaron a Illia y cerraron el Congreso. Hasta ese momento cubrían todo: hacían fiestas, porque la fiambrería también era espectacular. Pero bueno, en aquella época todo funcionaba en la Argentina”. También revela un dato poco conocido: “Antes había cuatro o cinco monstruos en la pastelería. Del Molino, Los Dos Chinos, Steinhauser, El Gas… Y el dueño de El Molino en los ’50, Armentano, tenía también Los 2 Boulevares, en Santa Fe y Callao. Imaginate esa ubicación, ¡explotaba! Pero como ya la zona del Congreso no rendía tanto, en los ’60 a la plata que daba Los 2 Boulevares se la tragaba El Molino”.

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Libro de Del Molino, donde Cayetano Brenna esboza su historia

Para Capano, “Del Molino era un reducto del centro, pero nunca fue un lugar donde la alta sociedad se reunía a tomar el té. La élite iba a comprar productos o como mucho pedía un café. Se hizo más popular con el peronismo. En esa época hubo acceso a las clases populares para hacer la fiesta de casamiento o el bautismo, algo que antes no podían”.

Las historias que conoce María del Carmen Barbieri de la confitería son de esa época. Los lleva en el borde de los ojos, siempre a punto de rebalsar por la emoción con que habla de años más felices: “Papá se llamaba José Darío Barbieri. Trabajó en El Molino como primer pastelero desde 1949 hasta 1955. Yo era muy chica, tenía 3 años. Lo que sé me lo contó mi mamá. Nosotros vivíamos en San Antonio de Padua, y él iba a trabajar con saco,corbata, sombrero y portafolio. Era llamativo, porque el nuestro era un barrio de obreros, la mayoría albañiles. Se encargaba de hacer masas y tortas”

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Héctor Brignola, también pastelero, nieto de uno de los primeros trabajadores que tuvo Del Molino

La historia familiar de María del Carmen es común a la de tantos trabajadores de aquellos años. Su padre se crio en el campo, en Rojas. Eran muchos hermanos y siendo adolescente vino a probar fortuna a Buenos Aires, donde vivió con su abuelo en Chacarita, con su abuelo. Su madre, Antonietta Lizza, llegó de Italia sola pero con un conchabo asegurado como niñera. Después de la Segunda Guerra Mundial, muchos inmigrantes vinieron a buscar ‘la América’. Arribó el 20 de junio de 1947, Día de la bandera. “Cuando vió a toda la ciudad embanderada dijo ‘uh, como nos reciben los argentinos a los italianos’. Amaba a este país. Lloraba cada vez que escuchaba el himno”, cuenta María del Carmen.

A poco de arribar, Antonietta conoció a José y pronto se casaron. Enseguida, él consiguió trabajo en Del Molino. La mejor época: “Traía tortas y facturas. Recuerdo eso: las tortas forradas en fondant… ¡no se cómo no me saturé de comer cosas ricas!”,

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Una antigua carta de la Confitería Del Molino

Como dijo Brignola, la política siempre se metió en Del Molino. Esta vez fue el golpe de estado de 1955 que derrocó a Perón. María del Carmen coincide: “La política me sacó a mi papá. Él era peronista, y cuando fue el golpe se fue a expresar y lo llevaron preso. Estuvo en la misma celda con Hugo del Carril, contaba que le decían ‘vení, canta la marcha ahora’. Lo acusaron de hacer un sabotaje en El Molino, de haber puesto vidrio en el pan. Lo picanearon y estuvo detenido 15 días. Pero era inocente”.

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Pasteleros en el subsuelo de la Confitería Del Molino (Archivo General de la Nación)

Dice su hija que la acusación cayó por una coartada muy simple: su papá era pastelero, pero no sabía hacer pan. Eso lo salvó. Un abogado de apellido Saravia logró sacarlo cuando ya estaba en la cárcel de Devoto. “Pero no quedó bien psicológicamente. Después ya no volvió a trabajar a El Molino. Lo llamaron de otras panaderías, pero estaba un tiempo y se iba. Era un hombre muy sensible y cayó en una depresión”.

Antonietta falleció el 19 de julio de 1999. Casi cinco meses después, el 1 de diciembre, murió José Darío. “Fue de tristeza por lo de mi mamá -cuenta María del Carmen-. Pero a pesar de todo, me pone orgullosa que haya trabajado en Del Molino, aunque haya sido por corto tiempo”.

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Pasteleros de Del Molino creando una de sus magníficas tortas. (Archivo General de la Nación)

Más o menos por la misma época que Barbieri, entró a la confitería el catalán Antonio Sanchís Cañadell, que hoy tiene vitales 93 años. “Llegué al país en 1946, y al año siguiente entré a Del Molino. Vinimos a la Argentina con toda mi familia por culpa de un tío, Joan Domenech, que era el director artístico de Radio Belgrano, daba clases de publicidad y armó una agencia para enviar cajas con comida a Europa durante la guerra. Mi familia estaba bien, mi padre era jefe de la Westinghouse y tenía un taller de bobinado de motores. Vivíamos en un piso por la calle Mallorca en Barcelona, a tres cuadras de la Sagrada Familia. Y teníamos una casa de veraneo en Sarrañola… Pero nos echamos al mar porque mi padre era aventurero. Cuando llegamos al departamento de Alsina y Pasco que nos había conseguido mi tío, mi madre se puso a llorar por lo que habíamos dejado”.

Dice el hombre que su experiencia como pastelero lo ayudó a ingresar. “Venía de Casa Regueira, en la Rambla por la Plaza Cataluña. Hace tres años estuve y ya no existe. Hay un lugar de comidas rápidas”, cuenta. Su paso por Del Molino fue extenso. “Estuve por treinta y pico de años, hasta que quebró. Al entrar me quedé asombrado. Nada que ver con donde estaba trabajando. Brillaba todo, había limpieza, no me lo imaginaba. La gente me trataba muy bien”.

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José Darío Barbieri y su esposa Antonietta. Después del golpe del ’55, a José lo encarcelaron con una falsa acusación. Fue torturado y salió en libertad 15 días después

Sanchís se dedicaba sólo a dos tareas. Hacía un postre llamado Rubí (“había de frutilla o de durazno”) y a ornamentar los huevos de Pascua. “El postre que más se vendía era el Imperial Ruso, luego el Leguisamo y tercero el Rubí. Hacía 20 por día. A los huevos de Pascua los decoraba con chocolate y glasé. Pero tenía un compañero que era el mejor en eso, Pietrovito: les pintaba paisajes”.

Entre las anécdotas que atesora sobresale una: “En el año ’47, cuando entré, me llevaron por la sección de bombones y me contaron la historia de uno de los reposteros. Resulta que un día le contaron que a las cinco de la mañana, cuando él salía para trabajar, un amigo suyo entraba en su casa para verse con su mujer. Compró un revólver, un día se quedó cerca y los sorprendió. Al amigo le descargó todas las balas. La mujer desapareció y nunca más se supo de ella. Ya había salido de prisión, y trabajaba allí”.

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Distintas etiquetas historias de Del Molino

Antonio fue testigo de varios hechos que sucedieron alrededor de Del Molino y en sus salones: “Recuerdo la salida de Cámpora cuando fue presidente. Miraba hacia arriba y lo saludamos, y él respondió. También cuando vino un mediodía a tomar un café el que fue a la Luna (por Neil Armstrong)”. Pero también de su decadencia: “El problema fue que se hizo una venta fraudulenta, y un día nos echaron sin pagarnos un peso de indemnización. Por suerte enseguida conseguí trabajo en Minotti, una de las principales casas de chocolates, en la calle Florida”.

Capano resume esos años oscuros: “Muerto Cayetano Brenna alrededor de 1950, se hace cargo uno de sus yernos, de apellido Rocatagliatta. Era un hombre que tenía muchas actividades, como importación de autos, campos. Y explota la razón comercial. Esto produce altibajos. Nunca volvió al esplendor que tuvo con Brenna. En los ’70 aparece un personaje medio siniestro, Coria, al que relacionan con la Triple A. Vacía la empresa, algunos dicen que entró con armas y le dijo a la gente que se fuera. Por lo averiguado era un estafador, estuvo preso y ligado a Manubens Calvet. Ahí aparecen los nietos de Cayetano Brenna. Hacen una disco en el primer piso para fiestas de 15, ponen comida rápida. Desde lo edilicio, lo destruyeron”.

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Un casamiento en Del Molino en su época de oro

Las memorias de El Molino ya alcanzan a más de 100 años. Algunas llegan desde 18.255 kilómetros de distancia. Cuando María de los Ángeles Machado nació en 1977, su papá era el encargado del edificio desde un año antes. Vivió 35 años allí: mientras ella crecía, la confitería se apagaba. Su voz llega desde Sendai, Japón, donde reside desde hace ocho años con su esposo Koh, un bandoneonista que conoció en Buenos Aires mientras estudiaba ese instrumento y tocaba en una orquesta de tango. En nuestro país, ella era cosmetóloga y asistía a personas mayores. “Hoy soy ama de casa y vendo cosas por Internet. Tengo un hijo que va a cumplir 8 años, Keigo. Cuando vio cómo está la restauración me pidió ir a vivir allá. Es que está precioso ahora, nunca imaginé verlo así. Me hace feliz. Fue mi deseo desde que era chica”, cuenta con un tono de voz que -se nota- incorporó cierta cadencia japonesa al hablar.

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Antonio Sanchís Cañadell, maestro pastelero haciendo su postre Rubí. Trabajó 30 años en Del Molino

De su infancia y adolescencia, Ángeles recuerda que con sus padres y sus dos hermanos menores (Matías y Facundo) habitaban un departamento ubicado sobre la terraza. Y que su patio de juegos estaba coronado por la espectacular cúpula. “Mi papá tenía a su cargo la entrada de Callao 32. Teníamos una casita ahí arriba. La torre era mi castillo, mi lugar de juegos favorito. Me escondía ahí… A veces venía el encargado de la entrada de Rivadavia 1815, un esloveno llamado Milano Buga, y me traía algún juguete que me olvidaba. También tengo alguna caja de bombones que dice Del Molino, regalo de él. Las dos entradas se unían en la terraza”.

Manuel Ángel, su papá, se jubiló hace unos cuatro años y regresó a su país natal, Uruguay. Vive en Montevideo. Está separado de su madre, una entrerriana que trabajaba en AMSA, sobre Callao, se quedó en Buenos Aires. “Lo que más recuerdo -dice- eran las protestas en la Plaza Congreso, verlas desde la terraza. Del Molino es como una cápsula del tiempo, un observador mudo. Yo era muy chica y no entendía, pero vi cuando pasó el Papa Juan Pablo II, cuando asumió Alfonsín”.

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Antonio Sanchís al regresar al subsuelo donde trabajaba, hace unos años

Aunque muchas de sus memorias son dulces, Ángeles no puede obviar que le tocó ser testigo de la peor época del edificio. “Antes de los 90 estaba deteriorado pero no tanto. A partir del 95 ya era caótico. No tenía mantenimiento, si se rompía algo, en vez de cambiarlo lo clausuraban. Nosotros guardábamos cosas, ya sea mampostería o vitraux, por las dudas, por si en el futuro lo arreglaban. La hija del dueño, que era Edgardo Rocatagliatta, se llevó varias cosas. Pero se recuperó bastante para restaurar”.

En ese juego de claroscuros, algunas luminarias vio pasar por allí. “En el 91 o 92, los de la revista Humor filmaron un video. Recuerdo que era algo divertido, pero nunca pude conseguir ese corto, es como el Santo Grial (ríe). También filmaron un clip los de Locomía. Ellos fueron simpáticos”.

Pero sin dudas, el lugar más alto del podio se lo lleva Madonna, que en 1996, mientras filmaba Evita, grabó allí el video de su tema Love don’t live here anymore. Con ella no le fue tan bien como con los españoles. “Habían estado grabando todo el día. Con mi hermano y un amigo volvimos del colegio rápido y nos preparamos para ir a pedirle un autógrafo. Agarramos un cuaderno y una lapicera y bajamos por las escaleras sin hacer ruido. Escuchamos un rato detrás de una puerta y después pedimos permiso. Le fueron a preguntar y vi que con un gesto dijo que no, pero lo peor fue que nos mandó un guardaespaldas, un morocho como de dos metros. Nos sacó corriendo, nos empezó a perseguir por el edificio hasta que llegamos a la terraza y le dijimos que vivíamos ahí… No fue muy simpática”.

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Ángeles Machado y su marido Koh durante una visita a Del Molino. Ella es hija de quien era encargado del edificio y vivía en la terraza junto a la cúpula

Ella se fue a Japón en el 2012. El edificio ya estaba prácticamente cerrado. “Era algo triste, Nunca había plata para arreglos y se perdían cosas, las cañerías se rompían. Otro problema era que estaba abandonado y querían forzar las puertas para entrar. Había que dejar luces prendidas o vigilando”, recuerda sobre esa época sombría.

El Molino nunca fue sólo una confitería o un salón de fiestas. Había departamentos que se alquilaban. Y hasta la primera década de este siglo aún vivía gente allí. Ángeles las recuerda: “No eran tantos. En el segundo piso estaban la madre y la tía del dueño, tenían un patio andaluz. En el tercer piso vivía la señora Antonia Di Caro Caamaño, era la madre de un juez federal, Daniel Caamaño. Aunque de afuera parecía abandonado, adentro su departamento era un lujo: las arañas, los muebles Luis XV… En el cuarto estaban Carlos y Laura Antolín. Ella era artista plástica, él creo que hacía encuestas. Y los del quinto eran un grupo de estudiantes chilenos que eran hippies, pintaban todo con aerosol, pero buena gente”. Los que vivían ahí siguieron hasta que dejó de funcionar el ascensor. Para alguien mayor era difícil subir y bajar escaleras.

Madonna grabó el video de Love don’t live here anymore en Del Molino (Infobae)

Por supuesto, con un edificio enorme y semi abandonado, no tardaron en aparecer las historias de fantasmas. Dice Ángeles que “los chicos del quinto tuvieron una experiencia paranormal, con sombras y cosas que se movían de lugar. Se asustaron mucho y vinieron a pedirle auxilio a mi papá… Él les dijo ‘no soy exorcista’ (ríe). Yo sí recuerdo ver sombras y pensar que estaba papá o un hermano y llegar y no haber nada…”.

Entre ese grupo de estudiantes que ocupaba el piso 5 estaba Natasja Sas, que es austríaca y bailarina de tango. Hoy vive en Viena, donde un proyecto de danza llamado -no por casualidad- Tangomolino. “Vivir allí fue un gran regalo para mí, nunca lo voy a olvidar. Llegué con un chico alemán que conocí en una milonga y me quedé. Enseguida me hice amiga de una chica chilena llamada Luz. Era un edificio maravilloso, empapado de leyendas. Me contaron que el ascensor tenía el mismo diseño que el del Titanic. No se si es verdad, pero como era tan viejo, prefería no usarlo, aunque en realidad cuando me mudé ya no anduvo más, y ahí andaba con mi valija grandota subiendo cinco pisos yo sola”.

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La casa de Ángeles casa en la terraza de Del Molino

La memora de Natasja no se detiene allí: “Mi pieza era el living del departamento. El parqué era una exquisitez y las paredes tenían revestimiento. Había olor a madera. Se notaba que el constructor había sido un gran arquitecto por el diseño. Había balcones con vistas increíbles y detalles y ornamentos en todas partes. Las ventanas tenían colores y los baños azulejos pintados”.

Los detalles de ese momento de la historia de Del Molino y belleza decadente asoman en su relato: “Otra cosa que recuerdo es que viví en invierno. Y no cualquiera: decían que era el septiembre más frío en cien años. Yo estaba acostumbrada al frío de Austria, pero no a esa humedad helada congelaba las paredes. La puerta del balcón era de madera y en vez de parar el frío parecía invitarlo a entrar. Tuve que poner una frazada en las ranuras para resolver el problema. En el baño había un calefactor de agua que solamente funcionaba con algún truco que ya me olvidé. No sé de qué siglo era esa máquina pero hacía un ruido infernal cuando producía el agua caliente”.

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Natasja Sas, austríaca y bailarina de tango. Vivió en el quinto piso de Del Molino

Cuando la bailarina se alojó allí -fueron unos meses durante el año 2009- la confitería ya estaba cerrada. “Nadie podía entrar ahí. En lugar eso descubrí, en el ático, una máquina que era muy interesante, pero ni un amigo que era ingeniero sabía muy bien para qué servía. Hoy se que es el mecanismo que movía las aspas del Molino de la fachada. Cuando vuelva a Buenos Aires quisiera verlo porque lo llevo en mi corazón”.

Finalmente, los altos costos de mantenimiento hicieron imposible seguir adelante. Y en 1997, la confitería cerró sus puertas. Una esquina tan expuesta como la de Callao y Rivadavia se convirtió en un oprobio para la Ciudad. Finalmente, luego de ser vandalizado y correr peligro de derrumbe, la Ley 27.009 de 2014, declaró al inmueble “de utilidad pública y sujeto a expropiación, por su valor histórico y cultural”. Expropiado, el edificio pasó a estar a cargo del Congreso de la Nación.

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El salón principal de la confitería Del Molino después de su restauración (Guadalupe Alonso) (GUADALUPE ALONSO COM ADM EDIFICIO DEL MOLINO/)

Para la reconstrucción de su historia y la convocatoria de quienes trabajaron o vivieron en el emblemático edificio fue fundamental la labor del equipo de comunicación que conduce Elisabet Alí: “Las redes sociales nos resultan una herramienta unificadora del pasado y el presente, una herramienta de gestión, ya que los aportes muchas veces sirven también para recuperar faltantes arquitectónicos o desarrollar actividades”.

Restaurado casi en su totalidad y próximo a su reinauguración, Guillermo García explica que “el destino del edificio, según la ley, es recuperar la confitería histórica, que se va a concesionar y se destinarán distintos espacios a cuestiones culturales y promocionar artistas jóvenes”.

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Fuente: InfoBae

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