¿Civilización o barbarie? Un punto de vista sobre Hernán Cattáneo y su idea de “vivir afuera”

En la última semana, una entrevista a Hernán Cattáneo disparó una vez más un debate tan viejo como las divisiones propias de un país construido a partir de las cenizas de la colonización española (o el antiguo Virreinato del Río de la Plata). Una nación desarrollada a partir de diferentes olas migratorias y exterminios de pueblos originarios que, además, todavía hoy mantiene una fijación con el “afuera” para intentar encontrar el espejo ideal donde reflejarse.

“Yo siempre tuve la sensación de que a todos los argentinos, cuando nacen, el gobierno debería darles un voucher para que, en lo posible, antes de los 25, vivan afuera y experimenten lo que son otras sociedades. Todos los argentinos deberían tener esa posibilidad. Y que después vuelvan. Probablemente seríamos todos mejores argentinos y este país tendría un poco más de esperanza”, dijo el reconocido DJ en una parte de la charla con Infobae.

“Yo de joven fumaba, y tiraba el cigarrillo por la ventana, sin dudarlo. Llegué a Londres y era inaceptable. En menos de un año me civilicé”, añadió luego utilizando un término con una particular carga histórica en el contexto nacional por su relación con Domingo Faustino Sarmiento y su libro Facundo o civilización y barbarie en las pampas argentinas, en el que el “padre del aula”  planteaba la distinción entre unitarios y federales desde la antinomia progreso/salvajismo.

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Sucede que, en la lógica que exhibe Cattáneo en sus dichos -y en la de muchísimas personas que comparten ese sentido común-, “vivir afuera” es sinónimo de instalarse en Europa occidental o Estados Unidos, territorios asociados al llamado “primer mundo” y potencias internacionales que históricamente se han aprovechado de los recursos de regiones más desfavorecidas en el reparto de la riqueza global. Esos lugares “civilizados” son, en definitiva, ganadores de una puja para nada inocente, que ha incluido –y lo sigue haciendo- genocidios, conquistas, esclavitud e imposición de usos y costumbres.

En ese sentido, lo que transmite el DJ es un prejuicio de clase que comúnmente asocia “lo moderno” y “lo correcto” con aquellos valores eurocentristas que convierten a ciertas regiones del mundo en “mejores” (o más avanzadas) que otras. En distintos momentos de nuestra historia, España, Inglaterra, Francia, Estados Unidos o los países nórdicos han representado modelos a seguir para un país como el nuestro que, desde la periferia, reniega de su lugar en el mundo y muchas veces es vendido como el más “europeo” de nuestro continente. No es casual que Buenos Aires sea comúnmente llamada “la París de América del Sur”.

Por supuesto, las palabras de Cattáneo tienen mucho de verdad si se intenta ir más allá de ciertos conceptos que habilitan la polémica. Quien viaja y vive otras realidades se enriquece a partir de experiencias que en su propio terruño son imposibles por la diferencia existente entre raíces étnicas, patrones culturales y costumbres propias de cada lugar. El contacto con otras realidades lejanas es, sin dudas, una de las mayores potencias de la humanidad como especie. Y así lo ha sido históricamente de la mano de la migración.

No obstante, la consideración del DJ tiene que ver con un prejuicio arraigado en clases medias y altas de nuestro país, acostumbradas a poder vivir este tipo de experiencias a través de viajes de placer o trabajo, intercambios estudiantiles o, simplemente, aventuras más allá de nuestras fronteras. Claro que no hay nada de malo en ese tipo de oportunidades, pero pretender que todos los habitantes del país puedan acceder a ese privilegio es desconocer profundamente la complejidad de un país también atravesado por la desigualdad territorial y social.

Los dichos de Cattáneo son, entonces, prueba fehaciente de un sesgo histórico en el que el ser argentino está atravesado por la imposibilidad de desarrollarse del mismo modo que otras sociedades de avanzada en términos morales, políticos y económicos. Aunque es innegable el cúmulo de problemáticas y situaciones internas que han impedido que nuestro país se destaque entre las naciones más importantes del mundo, sería interesante pensar más allá de aquellas sentencias que sostienen la necesidad de encontrar, como bien planteaba la revista Barcelona desde su subtítulo, “una solución europea a los problemas de los argentinos”.

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En definitiva, la experiencia individual de Cattáneo, aunque válida y seguramente transformadora a nivel personal, no tiene sustento para representar un ideal de alcance nacional en un país en el que la pobreza es un flagelo instalado desde hace décadas y la desigualdad es una realidad que nos atraviesa en cada esquina.

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