ProHuerta, la experiencia de hacer tu propia quinta, comer lo que cosechás y “volver a la tierra”

Para la franja social más vulnerable, volver a la tierra puede ser un paliativo. Hacer la quinta, individual o comunitaria, es una alternativa para el autoabastecimiento de verduras y frutas frescas, una manera de cubrir parte de sus necesidades y enriquecer una dieta que de otra manera suele estar signada por los carbohidratos.

 

En eso está ProHuerta, el programa de realización de huertas diseñado, administrado y financiado por el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, e implementado desde lo operativo por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA).

 

El esquema de trabajo no es nuevo. Fue creado hace 27 años, pero la gestión actual ha decidido darle una vuelta de tuerca. Ya no cumple sólo con una función de asesoramiento, educación y otorgamiento de semillas e instrumentos de labranza, sino que impulsa la asociatividad de los interesados para que puedan abastecerse, pero también comercializar el excedente en el mercado.

 

Los números ayudan a tener una idea cabal de lo que es el programa. El mismo cuenta con 542 mil huertas en todo el país; 520 mil huertas familiares; 15 mil huertas en escuelas; 7.000 huertas en comunidades e instituciones; 7.500 promotores voluntarios; y 3 millones de personas beneficiadas por su participación activa.

 

El ProHuerta ha evolucionado con el paso del tiempo y a partir de la experiencia dejó de ser un instrumento de política que ayuda a hacer la quinta, para transformarse en algo mucho más grande y complejo. Como explica a La Prensa el ingeniero Diego Ramilo, coordinador nacional del plan, uno de los puntos clave pasa por “”asegurar la soberanía alimentaria””.

 

MANOS A LA OBRA

 

-¿Se perdió en la Argentina aquel espíritu de hacer la quinta en el terreno del fondo?

 

– En cierta forma las sociedades van perdiendo la oportunidad de producir sus propios alimentos. En Europa hay una vuelta a todo aquello que tiene que ver con cultivar las huertas, aunque más no sea en un pedacito de tierra. Acá parecería que no, que las mejoras vividas por la sociedad derivaron hacia el consumo en el mercado.

 

– ¿ProHuerta viene a reavivar esa llama?

 

– El programa va más allá y busca garantizar la seguridad y la soberanía alimentaria de la población que está en un estado de vulnerabilidad. Se trata de garantizarles los alimentos a aquellos que no lo tienen garantizado, a partir de la huerta con asesoramiento técnico. El programa, además, provee de los insumos necesarios. También se trabaja, como complementación de la dieta, en el aporte de proteína animal a través de la cría de pollos y gallinas ponedoras, y también se incorporan los frutales.

 

– El programa toma un cariz mucho más abarcativo.

 

– Se reconvierte hacia un programa de desarrollo rural integral. Tenemos proyectos especiales, donde prima el acceso al agua para uso integral. Hay en marcha 235 proyectos que permitirán el acceso al agua a casi 10 mil familias de todo el país. Las líneas temáticas tienen que ver además con la comercialización, educación, valor agregado, comunicación y energías renovables, entre otros aspectos.

 

-¿Desde dónde se diseñan los proyectos? ¿Es un esquema vertical o aceptan ideas surgidas desde grupos particulares?

 

– El Inta trabaja articulando con la sociedad, con los gobiernos locales y con otras delegaciones como la Secretaría de Agricultura familiar. La ventanilla de presentación es el Inta, pero se trabaja con recursos de Desarrollo Social de la Nación. De alguna forma el Inta viene a ser un mediador.

 

-¿El programa dio una vuelta de tuerca hacia la comercialización de los productos?

 

– Aquí hay un concepto clave: salimos de una cierta asistencia y empujamos a procesos de desarrollo que tienen que ver con comercializar los excedentes. Si estas personas logran excedentes y se organizan, pueden aportar a los mercados de proximidad. Por eso estamos trabajando también con lo que denominamos los Grupos de Abastecimiento Local (GAL). En algunos lugares del país los alimentos hacen un gran recorrido para llegar al punto de venta. Hay grupos de pequeños agricultores que hacen hortalizas y porque no tienen una estructura organizativa para vender en las ferias francas, no llegan. Hay 600 ferias francas, pero para completar este circuito hay que acceder al agua.

 

-¿Qué formato jurídico adoptan estos grupos a la hora de volcarse al mercado?

 

-Se puede disparar cualquier formato. Empiezan como grupos de hecho, con un presidente. Nosotros les facilitamos los procesos, no los imponemos. Si se asocian o cooperativizan, es una decisión de ellos. Lo que hace el Estado es darle soporte y, por ejemplo, financiarle el timbrado de todos los trámites para constituirse legalmente.

 

– ¿Cómo se accede al ProHuerta desde lo operativo?

 

-Tenenos una estructura territorial formidable, desde La Quiaca hasta Tierra del Fuego, y desde la cordillera hasta el Delta. Contamos con 377 unidades de extensión y en todas ellas el programa funciona. Los técnicos reciben a los interesados o los visitan en sus casas. Pueden retirar su bolsa de semillas y requerir asistencia técnica. También hay cursos permanentes.

 

– ¿Cómo es el nivel de demanda? ¿Están conformes con los números del programa?

 

– Los números son positivos, pero esperamos más. Estamos conformes con el salto que dieron las dos herramientas en las que estamos trabajando, que son los Grupos de Abastecimiento Local y los proyectos especiales. El resto ya está establecido. El proceso de inclusión se dio con estas dos nuevas herramientas, a través de las cuales hay 150 mil personas involucradas.

 

-¿Se adapta el trabajo a las características físicas de cada región?

 

– A partir de la organización del Inta hay coordinadores provinciales que articulan con los técnicos institucionales y así se delinean las estrategias. Desarrollo Social es el principal financista y el que diseña las políticas. Ahora se están comprando motocultivadoras para facilitar el proceso de preparación de los terrenos.

 

– ¿Qué rol juegan los promotores voluntarios?

 

– Tienen un rol clave, son el corazón del programa. A través de ellos, coordinados, las experiencias se multiplican por 20 o más, depende de la capacidad de sensibilizar en todo el territorio.