Cuántos litros de agua gastan los argentinos para vestirse, alimentarse y moverse

-La huella hídrica del argentino promedio es de 4400 litros, entre el consumo directo e indirecto. Radiografía de cómo se consume en el día a día un recurso cada vez más escaso. Los costos ocultos-.

 

El agua que sale de la canilla y uno elige gastar –o ahorrar– es solo una mínima parte de lo que realmente consume una persona. La mayor marca la deja el agua que no se ve correr pero se consume durante todo el día, que es la que va a completar la huella hídrica.

 

Cada mañana, uno utiliza entre 10 y 20 litros de agua para higienizarse. Cepillarse los dientes insume –en el mejor de los casos, es decir, si se cierra la canilla– medio litro de agua. Caso contrario, con el grifo abierto, pueden correr unos 10 litros. A esto se suma una descarga de inodoro, que consume entre 8 y 10 más.

 

Aunque no esté visible hasta poner una pava a hervir para el desayuno, los litros de agua que corren frente a los ojos pasan de ser decenas a cientos o miles mientras uno se viste y prepara la comida. “El 90 por ciento o más de la huella es cómo nos alimentamos o la ropa que usamos. Es lo más crítico, lo que genera mayor impacto”, explica Roxana Piastrellini, investigadora del Inahe-Conicet e integrante del grupo Clíope, con quienes elaboró un calculador de huella hídrica adaptado a los consumos argentinos. “El agua que se gasta en una tanda de lavarropas son 50 litros, un tercio de la que implica comerse dos tostadas con manteca”, ejemplifica.

 

La que se utiliza cotidianamente para ir al baño, preparar un mate o lavar la ropa es el agua directa. La huella hídrica se compone, además, por el agua indirecta, es decir, la que está asociada a todos los bienes y servicios que se consumen, como el riego que precisó el campo para su sembrado, fabricación de ropa, alimento de animales y traslados, entre otros.

 

En la Argentina, se consume un promedio de 500 litros per cápita diarios (variando según la región), es decir, cuatro veces más que lo aconsejado por la Organización Mundial de la Salud. Sin embargo, la huella hídrica que deja, en promedio, cada argentino por día no baja de los 4400 litros, según un reporte de la Unesco.

 

En principio, la ropa con la que uno se viste cada mañana ya generó un gasto de miles de litros de agua hasta llegar al placard. Para producir un jean, se necesitan 7600 litros; para una remera de algodón, 2700; para un par de zapatos de cuero, 16.000; y para un bolso de medio kilo del mismo material, 7500. Es decir, el agua que uno se pone en la ropa equivale, por lo menos, a la necesaria para llenar 15 piletas de lona medianas. “El origen también influye en la huella. Si es importada, el transporte asociado implica agua para fabricar el combustible o, si el algodón con el que se fabrica se produjo en una zona en la que hay escasez, entonces el impacto es mucho mayor”, aclara Piastrellini.

 

De todas formas, como la ropa se vuelve a usar, los litros se amortizan. La huella hídrica promedio del jean sería entonces de unos 21 litros, calculando más de 300 puestas; la de la remera, sería de 18, por unos 150 usos; la de los zapatos de cuero, de 53 litros, si se los calza unas 300 veces; y la del bolso, unos 19 litros.

 

Esta re-utilización no aplica, sin embargo, a la comida, ya que se consumen cientos –miles– de litros de agua de una y por única vez. Desayunar un café con dos facturas tiene 300 litros de agua asociada, o todo el agua que cabe en una bañadera. Le sigue un tazón de leche con cereales, que carga 296 litros al contador personal, y el té con dos tostadas con manteca, que representa 166, según datos del Grupo Clíope de la Universidad Tecnológica Nacional de Mendoza y Water Footprint Network.

 

Uno de los alimentos que más dispara el impacto de la huella es la manteca que, cada 100 gramos, agrega 500 litros de agua asociada a la comida, o sea, casi dos baños de inmersión. Entre las infusiones, el café es la que más litros consume, ya que se necesitaron 132 para que llegue a la mesa, contra los 27 de una taza de té o los menos de 7 litros del termo de mate que, si se comparte, divide aún más la huella. Si se endulza con azúcar, son 10 litros más. “Lo que marcará nuestra huella son los patrones de consumo”, analiza Bárbara Civit, investigadora del Conicet, especialista en Huella Hídrica. “Todo lo que necesite más del campo para producirse requiere más agua que otros productos. En los alimentos se ve, sobre todo, en lo asociado a la carne; en la vestimenta, lo relativo al algodón o al cuero”, plantea Civit y explica que, en la Argentina, la agricultura y la ganadería consumen el 79,5 por ciento del agua; los hogares, el 13 y la industria, el 7,5.

 

Así es que, cuando se importan y exportan alimentos, también entra y sale del país una cantidad de ‘agua virtual’ que se utilizó para producirlos. En la Argentina, la mayor cantidad entra y sale con el comercio de granos.

 

 

 

Huella personal

 

Camino al trabajo, viajar unos 30 minutos en auto naftero sin compañía implica 105 litros de agua ida y vuelta, huella que representa unos 26,4 litros si se viaja con otros tres. Ir y venir en colectivo, en cambio, significa unos 18,3 litros y viajar en subte reduce la huella a 8,1 litros.

 

Una vez en la empresa, además de la cantidad de recursos hídricos que se gasten, la huella va a depender de los materiales utilizados: una sola hoja de papel, por ejemplo, requiere de 10 litros de agua para su producción. Una resma, 5000 litros. Si se calcula que en una empresa se disponen de unos 30 paquetes, el gasto de hídrico general asciende a los 150.000 litros.

 

Otro gran impacto vuelve al comer. Un plato de carne con ensalada representa un consumo de 2390 litros de agua; un choripán, 1100 litros; un plato de pastas, 246 y un plato de porotos o lentejas, 90. “Generalmente, una persona omnívora va a tener una huella hídrica mucho más alta que un vegetariano. Cuando comés carne no solo tenés que considerar el agua que tomó la vaca, sino la que se usó para regar la alfalfa o el pasto que ella comió y luego la del frigorífico o del matadero”, plantea Piastrellini.

 

De vuelta a la casa, con ya miles de litros cargados al consumo personal, quedan más tareas de uso directo del agua, además de las comidas: lavar los platos consume 113 litros de agua sin cerrar la canilla; cerrándola, 33. A la hora de bañarse, los 60 litros que se gastan en la ducha implican mayor ahorro que los 300 de una bañadera llena. Sin embargo, Piastrellini advierte que la diferencia no es tan tajante: “El tiempo es lo que determina el consumo. Si estás casi una hora en la ducha –que mucha gente lo hace–, eso es mucho más impactante que darse un baño de inmersión”.

El uso racional del agua tanto directa como indirecta determinará, coinciden los expertos, el impacto de la huella que una persona deja sobre los reservorios de agua dulce. Según Global International Waters Assessment, el acceso a este recurso finito enfrentará “proporciones globales” para el 2020.

 

Con la escasez del vital elemento que atraviesa el planeta, no será solo cuidando cerrar el grifo –aunque también sea importante– cómo cada uno aporte mayormente a reducir sus miles de litros de consumo diario. “Hay que tomar conciencia del impacto que genera lo que comemos y cómo nos vestimos. Compartir el auto, usar más la bici, utilizar el agua de la pileta para el riego, utilizar materiales sintéticos y variar la dieta son algunas opciones”, aconseja Piastrellini.

(Fuente: Revista Apertura)