LA LIBERTAD DE CULTOS Y LAS SECTAS

En toda sociedad democrática, es fundamental garantizar a los ciudadanos profesar libremente la religión que deseen. La Constitución Nacional, en su Art. 2, establece que:”El gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano”. Sin embargo, en el Art. 14, concede el derecho a todos los habitantes a profesar la religión (o culto) que deseen. La separación entre Iglesia y Estado resultaría un tema arduo de abordar y no exento de controversia. Antes de la reforma de 1994, nuestra Carta Magna establecía como requisito para ser Presidente, que éste fuera católico. Con buen tino, los convencionales constituyentes decidieron eliminar esta exigencia que privaba a ciudadanos de bien, que nos fueran católicos, de acceder al más alto cargo que se pueda aspirar. Pero no se trata aquí se ahondar en una cuestión que politólogos o teólogos sabrán explicar mucho mejor. Lo que pretendemos, es saber discernir entre una secta y una religión. Una secta, como bien reza su nombre, es un grupo fundamentalista, que enajena al individuo, lo lleva a un estado de fanatismo en nombre de una determinada causa, y le quita la voluntad de decidir. En el contexto social en que vivimos, donde nos abruman las preocupaciones, los conflictos, la ausencia de vínculos estables y la mediatización que cada acto que hacemos, muchas personas que no encuentran consuelo para su aflicción o no hallan la manera de salir adelante económicamente, comienzan a concurrir a grupos que en apariencia son religiones, pero resultan ser sectas.
Y es entonces cuando a estos vecinos o amigos, que necesitan una solución urgente y no vislumbran la salida, suponen que una secta les logrará mitigar ese dolor y esa angustia. La realidad es que, lejos de ser así, los líderes espirituales o falsos gurúes persiguen un rédito económico, y poco les importa el bienestar de quien concurre ya agotadas todas las instancias. Es así como surgen falsos dogmas, como cualquier cosa que escuchan o ven por televisión los sensibiliza, como se cae en el fetichismo de suponer que un aceite o un reguero de sal puede ser un rito purificador. Nadie es quien para juzgar, no somos nosotros quienes vamos a hacerlo. Pero sí podemos afirmar que las sectas, que por cierto abundan en Lobos, despersonalizan al sujeto, lo vuelven un esclavo, y le quitan la posibilidad de relacionarse sanamente con los demás. La psicología y la psiquiatría no existen porque sí. Están para brindar respuestas desde el lado de la razón, no desde el misticismo. La terapia ayuda a dejar de ver el “medio vaso vacío” y empezar a ver “el medio vaso lleno”. Contribuye a elevar la autoestima del individuo y hacerle ver que es posible una salida, indagando en su propio ser. Por todo ello, cualquiera que tenga un familiar que padezca males de esta naturaleza, debe tomar como primera opción la consulta con un profesional. Hoy las terapias son cortas, dinámicas, y según la situación del paciente, en un corto plazo se pueden obtener buenos resultados. Y lo más importante, sabiendo que el dinero será invertido en salud y no en estafadores que lucran con la desgracia ajena.