UN VIAJE DE IDA

Estación Ituzaingó: Estaba sentado en el mismo vagón en el que viajaba todos los días, digamos que por cábala, esperando que el tren arrancara. Pero ese día sentí algo extraño, algo raro que me decía que tenía que cambiar de vagón o me pasaría algo malo; lo hice. El viaje fue tranquilo al comienzo, pero a medida que pasaban las estacione y la gente subía, el tren se llenó, parecía que iba a rebalsarse y reventar, inclusive vi personas que viajaban colgadas de las barandas en las puertas, las cuales no estaban cerradas. Yo miraba por la ventana las ciudades que cruzábamos, esos lugares que ya tanto conocía pero que nunca había visitado, porque no me animaba a bajarme y recorrerlos, siempre fui un chico introvertido, solitario, que se la pasaba encerrado en su casa y solamente hacía lo que tenía que hacer, lo justo y necesario como decía mi viejo. Las veredas, las calles, las casas, los negocios; todo me era familiar, todo menos el cielo, que comenzó a ponerse oscuro a medida que más y más gente subía al tren, pero pensé que era una tormenta como tantas otras. A esta altura ya habían algunos en el techo, que bailaban y saltaban cantando canciones para que se apurara a llegar a destino, se los escuchaba felices a pesar de donde iban ubicados. La verdad que si yo hubiera podido bajarme, lo habría hecho. Pero me era imposible, era tanto el apretujón de gente, que nadie se podía bajar. Todos teníamos que ir al mismo destino, al final del camino. Los únicos que podían bajarse eran los que estaban cerca de la puerta, pero justamente esos iban hasta donde terminaba el recorrido, así que todos habíamos quedado a su disposición. A mí no me gustaba mi nueva ubicación.  Encima estaba en el asiento que da al pasillo, por lo cual todos me golpeaban, me tocaban, me pegaban y hasta me insultaban, ni hablar de las conversaciones que tuve que escuchar. Me enteré que una señora estaba peleándose con el esposo porque le había descubierto un mensaje comprometedor en el celular. Que un anciano estaba sacando turno en un albergue transitorio. Que una mujer había perdido el embarazo de 2 semanas y recién se había enterado por celular. Todo eso delante de mis narices. Traté de mirar por la ventanilla a ver si divisaba algo para saber por dónde íbamos, pero no pude, hasta que finalmente una señora de proporciones más bien grandes, se corrió de la ventana y pude pispiar. Ramos Mejía leí en el momento que me asusté al ver el cielo que estaba cada vez más oscuro, las nubes estaban transformándose en un negro furioso, un negro nunca antes visto por ninguno de los que estaban en el tren, porque todos miraban sorprendidos cuando yo grité, ¡Miren el cielo! Quedaron boquiabiertos, estupefactos, algunos no volvieron más de ese estado de exaltación hacia lo nuevo, lo desconocido y terrible. Se escucharon truenos, rayos y una lluvia torrencial cayo de golpe, acompañada por piedras grandes, muy grandes. Los que estaban en el techo eran golpeados por los objetos contundentes y se precipitaban hacia el suelo, siendo pisados por las ruedas. Los cantos alegres se convirtieron en gritos y llantos de terror y de auxilio, pero nadie podía hacer nada, ni siquiera detener el tren que dejó de parar en las estaciones y tomó una velocidad indescriptible. Los vidrios se destrozaron, incrustándose en el cuerpo de los inocentes pasajeros que nada podían hacer para defenderse. Pasamos por Liniers, Villa Luro, Floresta y el final se acercaba cada vez más. Por primera vez en mi vida, no quería llegar, pero ya todos sabíamos cómo iba a terminar todo. Afuera todo seguía igual y la gente, previendo lo que vendría, se tiraba del tren, tratando de salvar sus vidas. Yo no sabía qué hacer, no gritaba, no me movía, no hablaba; estaba ahí, inerte, sin poder creer el espectáculo del que mis ojos eran testigos privilegiados. Las nubes se separaron al llegar a Flores, y un color rojo infierno apareció en el aire, el diablo en persona apareció allá arriba, en las alturas, riéndose de nosotros, riéndose de mí, que me había cambiado de lugar y era el culpable de todo el caos que estábamos viviendo. Me miró, sé que me miró y me guiño el ojo, todavía me parece verlo con esos dientes filosos, y con las garras apuntando hacia mi persona. Creo que lloré, pero no estoy muy seguro. Caballito ya había quedado atrás y los gritos comenzaban a cesar. A mí alrededor vi sangre, fuego, miedo, terror, aullidos, centauros. La tierra tembló, el tren también, al costado de la vía se abrieron grandes agujeros que se chupaban a las plantas, a los autos y a las personas que allí estaban. El cartel que decía Estación Once se acercaba, cerré los ojos y por primera vez en mucho tiempo recé. Todo fue en vano, el impacto duró menos de lo imaginado y la muerte se hizo presente.

Alvaro Nigro